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Un 'crucero' desde Alicante a Sidi-Ifni Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Manuel Jorques Ortiz
Escrito por Manuel Jorques Ortiz   
domingo, 20 de enero de 2019

Fuente: 24Kilates

Un “crucero” (por tierra y mar) desde Alicante a Sidi-Ifni (seis días de “placentero” viaje)

Unos familiares que acaban de llegar de un idílico viaje (según ellos) de un crucero navideño, de los que tan abundantemente surcan las aguas mediterráneas y cuya propaganda inunda todos los medios de comunicación, me han estado contando las excelencias de la travesía, la exquisita comida servida a bordo, el afable trato de marineros y oficiales del barco (incluso del capitán) y las amistosas relaciones con otros pasajeros, me ha llevado a buscar en mi "diario" del servicio militar y en la carpeta de notas de aquella época, el "crucero" que a los jóvenes de mi quinta nos regaló nuestro Gobierno allá por 1961, entre el 17 al 23 de Marzo, ambos días inclusive, y no me recato en contarlo detalladamente ya que, por irrepetible en la época que actualmente vivimos, forma parte de la historia de nuestro modelo de las infraestructuras del ejército de antaño y de las comunicaciones existentes, que tal vez les guste conocer a las generaciones actuales.

Los “quintos”, macuto al hombro, dispuestos para el “crucero” (Foto de CARMELO MEDINA)
Los “quintos”, macuto al hombro, dispuestos para el “crucero” (Foto de CARMELO MEDINA)

Con solo cuarenta y ocho horas de antelación recibí una convocatoria para incorporarme a filas el 17 de Marzo, a las ocho de la mañana, en el Cuartel del Regimiento de Infantería San Fernando nº 11 (hoy desaparecido) que entonces se hallaba enclavado en el barrio de Benalua, en donde tuvimos el privilegio de conocer a los que iban a ser nuestros "tutores" (un sargento y un cabo de Tiradores) durante el viaje hasta Sidi Ifni (algunos irían a El Aiún, como mi amigo Pepe Iniesta); en total éramos 114, según recuento que una y otra vez hicieron nuestros "pastores".

Después de facilitarnos un “petate” semejante a los de la marina, pero de color caqui, un plato de aluminio, cuchara y tenedor y una manta (la mía, nueva, a estrenar) y pasar horas y horas en el patio de aquel Cuartel ante las miradas burlonas de los soldados veteranos del Regimiento, sobre las siete y media de la tarde nos hicieron formar y “petate” al hombro y manta arrollada al cuerpo fuimos desfilando por las calles de la ciudad camino de la estación de RENFE, ante la expectación del pueblo llano que nos observaba con miradas entre tristes y burlonas. En los andenes estaban nuestros familiares para despedirnos y tras el enésimo recuento subimos a un viejo vagón de pasajeros que fue agregado a la cola del convoy (el expreso) dirección Madrid, que tenía su salida a las 21,30.

Como en el Cuartel se habían hecho las primeras aproximaciones hacia compañeros de la misma Unidad a la que estábamos destinados (Fuerzas de Policía de Ifni) en el vagón nos agrupamos cuatro iniciando un vínculo afectivo que 58 años después se mantiene intacto. Tomar posesión de pasillos, departamentos e incluso de los altillos destinados a poner los equipajes, así como de las ventanillas desde las que despedir a la familia (mi madre sufrió un mareo cuando el tren arrancó) e iniciarse los canticos y el buen humor, todo fue uno. Se iniciaba la aventura, empezaba la odisea que iba a cambiar nuestras vidas, a formarnos como hombres de bien (según se decía) y para los que sentíamos a España dentro de nuestros corazones, a “servir” a nuestra querida patria con las armas en la mano. Ignorantes de adonde y como nos llevaban, encaramos el “crucero” con buen ánimo, bravura que no decayó durante el viaje ni en el casi año y medio que permanecimos fuera de nuestros hogares.

Como todos llevábamos en los “petates” algunos alimentos facilitados por nuestras familias, sin desdeñar el chusco y la lata de sardinas que se nos dio para la cena, fuimos comiendo y bebiendo (pronto salieron a reducir las botas con buen vino), sin parar de cantar (¡Adiós con el corazón…! y reír, compartiendo chorizos, salchichones y quesos, con la fraternidad y el compañerismo que iniciado aquella noche ya no nos abandonaría… Después de tres horas de traqueteante ruta (para cubrir menos de 100 kilómetros) llegamos al que fue importante nudo ferroviario de La Encina (término municipal de Villena-Alicante y límite de la provincia colindante con la de Albacete) en donde se nos hizo bajar (otra vez a contar los 114 expedicionarios), desengancharon nuestro vagón que pasaron a una “vía muerta”, el expreso continuó con rumbo a Madrid y nosotros fuimos ocupando el andén de la estación a la espera (aquí empezó a sintonizar una emisora desconocida hasta entonces, llamada “Radio Macuto”) que informaba había que esperar a un tren especial militar que procedente de Barcelona traía a los reclutas catalanes y los de Castellón y Valencia. Bien cenados como estábamos y pese al “fresco” (por no decir frío, que los jóvenes no lo teníamos) fuimos desenrollando las mantas, poniendo los “petates” a modo de almohada y tumbados por los duros suelos más de uno pudimos dormir unas pocas horas reparadoras de las muchas emociones que el día 17 de marzo nos había deparado.

El tren, con tracción a vapor, en el andén de Alicante (Foto de Internet)
El tren, con tracción a vapor, en el andén de Alicante (Foto de Internet)

Todavía en los "brazos de Morfeo" (como se dice en la literatura cursi), medio aturdidos, se empezaron a oír los chirridos metálicos del llamado tren especial militar al frenar, las maniobras para volver a enganchar nuestro vagón, el nuevo recuento de los 114 alicantinos, y la reanudación del viaje en la oscuridad de la noche. Eran algo más de las tres de la madrugada del día 18. Hacía seis horas que habíamos salido de Alicante y tan solo habíamos avanzado cien kilómetros de un viaje que se calculaba (siempre existe algún superlisto) en no menos de mil setecientos; obviamente la velocidad no iba a ser mareante, ni mucho menos.

El suelo de este andén fue nuestra cama la primera noche de “mili” (Foto de Internet)
El suelo de este andén fue nuestra cama la primera noche de “mili” (Foto de Internet)

Nuestro tren paró en Albacete un par de horas después (eran las cinco de la madrugada), con un andén repleto de vendedores de navajas (compré una, pues carecía de cuchillo para cortar el pan o los embutidos) y “radio macuto” nos informó de que iban a enganchar otro vagón con reclutas procedentes de la provincia de Murcia (¿o fue en Alcázar de San Juan dónde se nos sumaron los “murcianos”?). Ignoraba entonces de que en ese vagón viajaban los que años después serían mis grandes e íntimos amigos Paco Susarte Molina y Victoriano Gracia Manzano, ambos médicos con la Carrera terminada, destinados a Tiradores de Ifni.

¡Ya es completamente de día! El tren va frenando lentamente, la “gente” se va desperezando; los durmientes tendidos por los pasillos se incorporan y las conversaciones se reanudan ¿Dónde estamos? Sin duda (lo dice un agudo observador) en el nudo ferroviario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Hay maniobras con el convoy hasta dejarlo en una apartada “vía muerta”; nuestro sargento (algo menos “elegante” que cuando salimos de Alicante, pues su uniforme está arrugado y algo sucio) y el cabo tirador, empiezan a dar órdenes de bajar del vagón con el plato de aluminio a modo de “armamento”. Los 114 de siempre (se nos vuelve a contar) nos unimos por primera a los otros cientos de jóvenes como nosotros que descienden a su vez de los vagones del largo tren militar. Los “listillos” afirman que somos casi un millar.

La antigua estación de tren de Albacete (Foto de Internet)
La antigua estación de tren de Albacete (Foto de Internet)

En desordenado “orden” (salve sea la paradoja) nos encaminamos hacia un vasto descampado en el que hay unas hogueras y media docena de “perolas” (es la primera vez que oímos ese vocablo) humeantes custodiadas por soldados (rancheros, dicen que se llaman) que cazo en mano nos van echando en nuestros platos (otros llevan lo que se denomina “marmita”) un líquido de color incierto que puede ser (o no) el café con leche de un sobrio desayuno, pues no hay nada para “mojar” (lástima que en mi petate ha quedado un paquete de galletas maría que mi diligente madre ha puesto allí). Beberse aquel brebaje con rapidez (entona en este frío amanecer mesetario), desentumecer las piernas, charlar con los ya “amigos de toda la vida” (los futuros “policías” Jaime Juan Cremades, Antonio Jalón Candela e Ismael Monzón Jara); interesarnos por la identidad de otros que pululan a nuestro alrededor, ocupan los pocos minutos que se nos han dado para esta parada del tren al que volvemos (a nuestro vagón); un nuevo recuento (el sargento y el cabo son muy meticulosos en este aspecto). Nuevas maniobras ferroviarias, enganche de otra locomotora y reanudación del “crucero” rumbo al Sur. Alguien informa (¿radio macuto?) que nuestro destino es Málaga. El “listillo” de siempre (se llama Pepe López, es alicantino, y gran aficionado a los ferrocarriles) nos informa con la mayor suficiencia de que hay una distancia a recorrer de 400 kilómetros. Son, en el momento de arrancar el tren, algo más de las ocho de la mañana de este 18 de marzo.

Cuatrocientos kilómetros no son demasiado, nos dijimos, muy soportables para jóvenes animosos como nosotros, pese a viajar en unos vetustos vagones por cuyas ventanillas entraban ráfagas de humo y carbonilla procedentes de la locomotora que no era un vehículo demasiado rápido.

Las “perolas”; sirven para líquidos y sólidos; son todo terreno (Foto archivo propio)
Las “perolas”; sirven para líquidos y sólidos; son todo terreno (Foto archivo propio)

La primera etapa del viaje hacia el sur de la Península concluyó en Espeluy (provincia de Jaén, a 189 kilómetros de Alcázar) en donde, tras rebasar los andenes de la estación se apartó al tren (otra “vía muerta”) y bajamos todos los futuros soldados, armados de platos, marmitas y cucharas, para la comida que el ejército nos tenía preparada en otro amplio descampado, con más perolas, otros “rancheros” (tan sucios de uniforme como los del desayuno) que repartieron dos chuscos de pan por barba y con sus cazos fueron distribuyendo una especie de potaje con habichuelas, garbanzos, patatas y lentejas, ni bueno ni malo, pero caliente; de “segundo” una lata de sardinas y de postre plátano o manzana. El suelo como mesa y silla en el que fuimos ingiriendo el condumio, la cuchara (gran compañera durante toda la mili) inició su impagable labor de ayudar a nutrirnos y pese a que no se nos facilitó bebida alguna pudimos remojar el gaznate gracias a que las botas de vino todavía no estaban agotadas.

Otro rato de charla con los ya inseparables compañeros (nos vamos intercambiando nuestros currículos), tomar el sol paseando por el inhóspito terreno al que nos han apartado, y a la voz de mando del sargento nos agrupamos, el cabo nos vuelve a contar y subimos nuevamente a nuestro vagón, tal como hacen los otros centenares de jóvenes en los suyos. Y el tren se pone nuevamente en marcha. Pepe López nos dice que ahora hemos de pasar por Bobadilla para llegar a Córdoba (unos 100 km.) desde donde directamente bajaremos a Málaga (182 km.), el destino final del “crucero terrestre”. Alguien hace “números” para replicar a Pepe López (el “listillo”) que de Alcázar de San Juan a Málaga habremos recorrido 471 kilómetros, 71 más de los que nos había anunciado. La verdad es que todo era un puro cachondeo; la dificultad no provenía de la distancia sino de la lentitud de aquel tren; de las inesperadas paradas “en medio de la nada” para dejar pasar a otros convoyes preferentes; a que nadie daba ninguna información creíble (salvo las noticias de “radio macuto”), que el vino de nuestra bota se había terminado; que los asientos de madera empezaban a moler nuestros jóvenes riñones y que el ruido, el traqueteo, los “perfumes” que emanaban de nuestros cuerpos sin lavar, no te dejaban conciliar algún pequeño sueño ni reconcentrarte en recuerdos pasados ni en anhelos futuros… Y en estas que llegamos a Córdoba (es un decir) por cuya estación pasamos de largo, nos arrumbaron durante un tiempo en una vía apartada sin que se nos permitiera bajar y ya mediada la tarde-noche emprendimos el “vuelo rasante” hacia Málaga.

Estación de Espeluy (Foto de Internet)
Estación de Espeluy (Foto de Internet)

Ya no hay más paradas. Nuestro tren se adentra en la oscuridad del crepúsculo que va haciéndose más y más intensa; pasamos por algunas desiertas estaciones de mortecinas luces y no existen perspectivas de que se nos de cenar decentemente (en Bobadilla, durante una breve parada, soldados de Intendencia han repartido bocadillos de mortadela); las provisiones traídas desde nuestras casas se van agotando y el “socorro de marcha” que se nos dio en Alicante (doce pesetas) aunque lo conservamos porque no lo hemos podido gastar, no sirve para nada en este lento tren. Paciencia, a enrollarte en la manta en el rincón en que has podido acurrucarte, a oír a los que todavía tienen ánimos (y fuerzas) para cantar… Son más de las doce de la noche (ya es el día 19, San José, que además este año cae en domingo) cuando el convoy se detiene definitivamente ¡Hemos llegado al final del trayecto terrestre del “crucero”! ¡Estamos en Málaga!

La estación de Córdoba de la que pasó de largo el tren militar (Foto de Internet)
La estación de Córdoba de la que pasó de largo el tren militar (Foto de Internet)

Nuevo descenso del vagón del que nos despedimos con verdadero agrado, formación a la voz de mando del sargento, recuento de los 114 por el cabo (en los demás coches parece que se actúa de igual forma) y el contingente de los casi mil reclutas iniciamos un camino oscuro por una zona que está delimitada por un alto muro y tras pasar y repasar callejas y plazas desembocamos en la del Cuartel de Capuchinos. Sería más de la una de la madrugada cuando llegamos a ese inmenso caserón, de varias plantas, aunque a los expedicionarios se nos habían reservado los bajos, concretamente las cuadras en donde, mal que bien, tuvimos que pasar la noche en el suelo cubierto de paja, sin desdeñar los “confortables” establos de los que se posesionaron los más rápidos o más listos. Y a dormir, liados en nuestras mantas, con las tripas protestonas por el prolongado ayuno; a esperar el amanecer en el primer cuartel que conocemos (todo es primerizo para nosotros), en el que, por ser festivo, nos dice el cabo, no tocarán diana a las siete, aunque nosotros tendremos que madrugar para asistir a la misa dominical y después trasladarnos al Hospital Provincial para examen médico (“radio macuto” informa que el embarque será mañana, lunes 20) Cuartel de Capuchinos (Málaga) (Foto de Internet)

Cuartel de Capuchinos (Málaga) (Foto de Internet)
Cuartel de Capuchinos (Málaga) (Foto de Internet)

Como quiera que la religión católica exige a sus creyentes que quieran comulgar deben estar en ayunas y teniendo en cuenta (a mayor abundamiento) de que los exámenes clínicos a los que nos someterán los médicos también es conveniente que nuestros estómagos e intestinos estén vacíos, pues eso, sin tomar nada sólido ni líquido, sin posibilidad de lavarnos ni la cara pues en el dormitorio-cuadra hay solo un par de grifos para tantos cientos de reclutas, dejamos nuestras pertenencias allí (el “petate”, aunque algunos llevan también una maleta) y en formación (previo el pertinente recuento) se nos dirige hacia el Hospital, con el sargento y el cabo de tiradores al frente, igual que hacen las otras Cajas de Reclutas.

El Hospital “Carlos Haya” donde pasamos examen médico (Foto de Internet)
El Hospital “Carlos Haya” donde pasamos examen médico (Foto de Internet)

Hemos pasado toda la mañana en las dependencias hospitalarias en donde los médicos nos han abierto fichas personales en las que iban anotando las respuestas a sus preguntas sobre nuestra salud; seguramente también de los resultados de los RX por los que hemos ido pasando y de otros exámenes (de la dentadura, por ejemplo) que según se dice han tenido que soportar aquellos que han alegado alguna patología previa… Se hace la hora de la comida, el Cuartel de Capuchinos está lejos, un importante grupo de los integrantes de la Caja de Reclutas de Alicante le pedimos al sargento que nos deje por la zona, que comeremos a nuestro aire, y tras el solemne emplazamiento de que como hora límite de regreso a las dependencias militares será a las ocho de la tarde, después de que el cabo nos toma nota de nuestros nombres, los mandos y el resto de los reclutas se van hacia el Cuartel y nosotros nos quedamos solos, por unas horas, en una ciudad desconocida, en la que encontramos tabernas donde nos deleitamos con los famosos boquerones fritos, pan blanco y tierno, vino de “Málaga”, sabroso y dulzón, y nos desparramamos por las principales arterias ciudadanas en las que los fotógrafos ambulantes dejaron constancia de nuestra presencia.

De pie: Pepe López, Antonio e Ismael; en el suelo: el autor y Jaime.
De pie: Pepe López, Antonio e Ismael; en el suelo: el autor y Jaime.

A media tarde nos encontramos casualmente con el cabo de Tiradores que se ha arrimado a nosotros al oírnos hablar en valenciano (él es de Oliva, Valencia); va algo “chispa” y con su veteranía consigue que le invitemos a varios vasos de “vino de Málaga” a cambio de contarnos “cosas” sobre el territorio de Ifni. Pasamos algunas horas juntos (cada vez estaba más “achispado”) hasta que regresamos (empezaba a llover débilmente) al Cuartel antes de que se cumpliera la hora que se nos habían dado. El cabo (no anoté su nombre), de buena estatura y no desdeñable corpulencia, iba arrastrando los pies; el recuento de los 114 en nuestra porción de dormitorio-cuadra, parecía sacada de una película de “Cantinflas” y el sargento, que intentaba mostrarse serio y muy militar, se veía a la legua que llevaba otra “tajada” de padre y señor mío… ¡Ese vino de Málaga! ¡Esa despedida de la tierra peninsular española! Y, ¡a dormir! Al cabo lo acostamos en un pesebre; el que esto escribe ocupó otro, y todos fueron tomando posesión de sus rincones de la noche anterior en los que estaban intactas nuestras pertenencias.

Nos acostamos cuando la lluvia arreciaba y nos despertaron muy temprano; continuaba lloviendo. Recogimos nuestras cosas, nos protegimos del abundante chaparrón que caía y debidamente formado en columna de a tres emprendimos la marcha hacia el puerto, en uno de cuyos muelles se hallaba atracado el buque “Poeta Arolas” en el que iba a continuar nuestro crucero (esta vez por mar). Eran las 9,30 cuando al fin embarcamos, después de que unos soldados de sanidad y otros de la Cruz Roja repartieran “píldoras contra el mareo” y que un par de ambulancias se llevara a unos compañeros que `presumiblemente” tenían alguna enfermedad (detectada en el Hospital el día anterior) que les incapacitaba para seguir con nosotros La Caja de Alicante, en cabeza, fuimos a parar con otros compañeros que nos seguían, a una profunda bodega de popa, bajando por una escalera con barrotes de hierro; esa bodega estaba dividida horizontalmente en dos por un suelo de tablas adosadas en las que no todas ajustaban bien; la parte de arriba era la primera bodega , la de abajo (donde fuimos a parar nosotros), la segunda; es decir, que el suelo de la primera servía de techo a la segunda… El suelo de la más profunda estaba sembrado de paja, a modo de colchón, que nos libraba del roce directo con el casco metálico del barco; alguna tenue bombilla daba tenebrosa luz que casi no permita vernos las caras, pero con las horas (y los días) nos acostumbramos a la penumbra. Como continuaba lloviendo, una vez dentro cubrieron la entrada con una lona para evitar que el agua nos llegara directamente del cielo.

El “Poeta Arolas”, buque mixto de carga y pasajeros que nos llevó a Sidi Ifni (Foto de Internet)
El “Poeta Arolas”, buque mixto de carga y pasajeros que nos llevó a Sidi Ifni (Foto de Internet)

Lloviendo salimos del Cuartel de Capuchinos, lloviendo embarcamos y lloviendo continuaba cuando rebasamos la bocana del puerto, entramos en mar abierto y nos despedimos del famoso “faro de la luz” malagueño.

De las primeras horas de la travesía poco puedo decir; desde el fondo de la bodega no se percibía el ruido de los truenos y la luz de los relámpagos de la tormenta que nos iba a acompañar durante muchas millas; que el mar debía estar “picado”, no nos cabía la menor duda, por el balanceo y cabeceo del buque que en ocasiones debía dejar al descubierto la hélice ya que se la oía girar en el vacío (fuera del agua) con un ruido siniestro y una sensación de que el arcaico barco se podía despedazar en cualquier momento. Alguien subió a cubierta y bajó diciendo que estábamos a punto de atravesar el estrecho de Gibraltar, lo que nos llenó de ilusión a un pequeño grupo para ver Europa a un lado y al otro África; subir subimos, pero a bajar tardamos muy poco. La lluvia, la oscuridad, la tormenta y la inestabilidad de la cubierta nos impelieron a agarrarnos fuertemente a la barandilla de hierro y descender por la escalera hasta nuestra “confortable” bodega por aquello de que “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Allí, durante la travesía del Estrecho, los mareos se hicieron muy abundantes y los vómitos continuos (pese a las píldoras de Biodramina); lo “chungo” es que mientras que los de la bodega superior arrojaban sus regurgitaciones sobre su suelo, por las abundantes rendijas que existían entre los mal ensamblados tablones nos caían encima en el piso inferior (a veces en la cabeza, o sobre la manta), de tal forma que aquel habitáculo se convirtió en una pocilga que ni los cerdos hubieran querido para ellos. Si subías un rato a cubierta para tomar el aire, con cuidado de donde te ponías pues los vómitos emitidos por las bordas el viento podía traértelos de regalo, casi seguro que te cazaban para ayudar a los cocineros del barco que preparaban nuestros menús; así que lo mejor era la nauseabunda bodega de la que algunos compañeros no salieron ni una sola vez; un pequeño grupo estuvo jugando a las cartas durante tres días y tres noches (las necesidades fisiológicas las evacuaban allí mismo)

El estrecho de Gibraltar que debía atravesar nuestro buque (Foto de Internet)
El estrecho de Gibraltar que debía atravesar nuestro buque (Foto de Internet)

Al día siguiente (martes 21) el temporal amaino algo, aunque continuaba lloviendo; no obstante aquella agua fue como un maná líquido que nos permitió lavarnos tímidamente las manos y rostro; tomamos rápidamente la comida que servían los cocineros del barco, en la misma cubierta y, con la excusa de la lluvia, todos al cubículo de la bodega para comer aquel potaje en el que abundaban las patatas, flotaban algunos vegetales y se hallaban “ausentes” las proteínas de carne o pescado; no obstante, estaba el caldo caliente y reconfortaba el frio que se nos había metido en el cuerpo.

Con esa monotonía del paso de las horas en la bodega, viendo y oyendo a aquellos compañeros con su sempiterna partida de naipes, dormitando, subiendo a cubierta lo menos posible (para coger la comida o la cena) para que no te pillaran a pelar patatas (fui cazado una vez) pasó mal que bien el día 22 de Marzo; nuestro “Poeta Arolas”, con rumbo sur por el océano Atlántico, continuaba zarandeado como cascarón de nuez, pero ya no se oían aquellos alarmantes chirridos de las hélices girando en el vacío… Un marinero nos dijo que había “marejadilla”... No sabíamos lo que era, pero muchos de nosotros continuábamos con la tendencia de devolver al mar los medio digeridos alimentos ingeridos minutos antes.

Es terrible el “mareo” del mar (Dibujo de Internet)
Es terrible el “mareo” del mar (Dibujo de Internet)

Amanece el jueves día 23 de marzo cuando se nota una sensación rara; ha cesado el zumbido de los motores del barco y este ha parado; ¡hemos dejado de navegar!; una “marea humana” pugna por subir a cubierta y podemos ver por vez primera allá a lo lejos tierra firme; debía ser Sidi Ifni, aunque no se vislumbraba puerto o ciudad por ninguna parte. Se había echado el ancla, nadie sabía explicar cómo se podía desembarcar dada la distancia a la que se encontraba la costa y los “macutazos” (como siempre) hablaban de que se nos iba a llevar a Canarias para efectuar en esas islas afortunadas el periodo de instrucción pues existían “tensiones” en el próximo territorio del Sahara donde habían sido secuestrados unos ingenieros de minas... Creo que es la primera vez que “radio macuto” se equivocó. Aquella lejana tierra era Sidi Ifni; estábamos en alta mar y de una forma u otra nos trasladarían a la costa, como así ocurrió, tras un interminable lapsus de tiempo de más de una hora.

Asomados a las bordas del buque vemos unos diminutos puntos flotantes, de color rojo, que se van acercando lentamente, pero guardando una distancia prudencial con el costado del barco ya que las olas son más altas que la frágil embarcación que tan pronto la vemos pegada como alejada varios metros. Por primera vez en mi vida veo a un “moro”, a un ser humano de otra raza y color de piel: son los dos tripulantes del anfibio en el que me toca subir; visten uniforme de color azul oscuro y se cubren la cabeza con un turbante del mismo color; ambas prendas, raídas y poco marciales. Nos dan voces explicando, en un confuso español salpicado de vocablos que no entendemos, como debemos saltar dese la escalerilla adosada a nuestro barco hasta el anfibio; con los brazos nos hacen gestos (que son más inteligibles que las palabras) que nos debemos dejar caer (saltar) cuando el anfibio este alejado del costado, porque durante nuestro descenso la ola lo traerá bajo nuestros pies. Ríen ruidosamente recordándonos que el pasado año “solo” se ahogaron una docena de reclutas.

El
El "Poeta Arolas” en plena navegación (Foto de Internet)

No hay más remedio que lanzarse al “vacío” y, afortunadamente caemos dentro del anfibio donde aquellos dos “paisas” nos dan chalecos salvavidas que nos enfundamos; somos unos quince compañeros que llenamos la barcaza a la que también como por arte de magia, llegan nuestros “petates” que lanzan expertas manos marineras desde la escalerilla o por la borda. Sin más demoras zarpamos hacia la lejana costa y se nos advierte de que vamos a “volar” (se completa el crucero con el “aire”, además de tierra y mar) sobre las “siete olas” que como una barrera han impedido históricamente que se construyera un puerto. Realmente el “vuelo” sobre aquellas olas es emocionante; nunca llegas a tocar el agua entre ola y hola hasta que no estás a unos veinte metros de la playa cuando la barcaza cae bruscamente sobre su panza. El anfibio recorre esos metros, sube por la arena y al fin se detiene para que bajemos los reclutas.

Yo pisé el territorio a las 11,30 horas hora de Canarias cuyo uso horario era el mismo de Ifni, es decir una hora antes que en la Península. Habían sido tres días y tres noches de “placentero” viaje.

La playa de desembarco de Sidi Ifni (Foto J. L. Jorques, 2008) La playa de desembarco de Sidi Ifni (Foto J. L. Jorques, 2008)
La playa de desembarco de Sidi Ifni (Foto J. L. Jorques, 2008) La playa de desembarco de Sidi Ifni (Foto J. L. Jorques, 2008)

Los anfibios que nos llevaron a tierra (Foto de Internet)
Los anfibios que nos llevaron a tierra (Foto de Internet)

"Nuestro" anfibio, ya vacío, regresaba al mar a buscar más reclutas y se cruzaba con otros que volvían cargados... Y empezó un barullo de voces, órdenes, chillidos, insultos incluso, llamando a la gente destinada a los diferentes cuerpos ¡Tiradores!, ¡Artillería!, ¡Policía! Este era el mío y en brazos de otro sargento y otro cabo (los anteriores que nos trajeron, ni se despidieron) nos fuimos agrupando. En ese momento un veterano policía, mi vecino de calle y amigo Ramón Torregrosa Rojas (q.e.p.d.), un año mayor que yo, se me acercó sonriente con la mano extendida; era la primera mano amiga que estrechaba en aquel territorio, a quien le pude entregar un par de paquetes que me habían facilitado su madre y novia y que milagrosamente estaban intactos. Me sorprendió su aspecto físico tan envejecido comparando con el que tenía un año antes al despedirnos en Alicante (¿Qué había pasado?) así como el descolorido uniforme que llevaba. Me prometió visitarme en el campamento, en cuanto pudiera (lo que hizo repetidas veces) y emprendimos el camino hacia nuestro futuro militar.

Lo que no sabía en aquellos momentos, en aquel jueves 23 de Marzo de 1961 y que solo he podido averiguar muchos años después, es que el “crucero”, los diecisiete meses que íntegramente pasé en las filas del Grupo de Policía Ifni nº 1, los golpes físicos que recibí (sendos bofetones de un cabo 2º instructor y un cabo 1º profesional) y los dos fustazos que en la espalda me aplicó un teniente, iban a servirme para terminarme de forjar como persona y hombre; a auto disciplinarme; a encarar los golpes que te da la vida (muerte de seres queridos, enfermedades, adversidades de todo tipo de pelaje) con la mayor entereza y sereno pulso. Les estoy agradecido; hoy soy quien soy gracias a aquella forja y al conocimiento del profundo sentido de la amistad, de la fraternidad entre los seres humanos, sin barreras políticas, lingüísticas o sociales que nos separaran, con un profundo sentido de patriótico españolismo que entre los camaradas de entonces (casi hace 58 años) perdura en nuestros corazones; y estoy convencido de que he podido amar tanto a mi esposa, a mis hijos, nietos y amigos debido a que allí, en aquella inhóspita y estéril tierra africana, fructifican los mejores sentimientos de los seres humanos.

El anfibio ya en tierra ¡El “crucero” había concluido! (Foto de Paco Susarte)
El anfibio ya en tierra ¡El “crucero” había concluido! (Foto de Paco Susarte)

De camino hacia el campamento (Foto de Paco Susarte)
De camino hacia el campamento (Foto de Paco Susarte)

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