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'Ángel Ruiz. Recuerdos de un combatiente de Ifni' de F. Antolín Hernández
 
 

Ángel Ruiz: recuerdos de un combatiente de Ifni (9) Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Antolín Hernández Salguero
Escrito por F. Antolín Hernández Salguero   
viernes, 01 de marzo de 2019

Nota: Esta es la versión en línea y revisada del libro "Ángel Ruiz: recuerdos de un combatiente de Ifni" de Antolín Hernández, publicado en 2019.


NOVIEMBRE 57 (continuación)

Otros puestos (Arba El Mesti, Telata, Tenin de Ame-lu, Tiugsa y Tiliuin) aguantaron el primer choque y resistían las embestidas del Ejército de Liberación que, faltos de material ofensivo pesado y viendo que no iban a poder tomarlos al asalto, decidieron asediarlos hasta rendirlos por hambre, sed o falta de munición. Ben Hammú conocía muy bien el estado y cantidad de nuestras fuerzas. Fracasada la toma de Sidi Ifni en el primer intento, le quedaba la opción de que Zamalloa enviase refuerzos a esos puestos asediados debilitando así la defensa de la ciudad. Quizás entonces podía repetir el asalto a Sidi Ifni, su principal objetivo. También hay que decir que el Ejército de Liberación tenía poco de «ejército». Su poca preparación, su escasa disciplina, su falta de armamento adecuado (aunque en casos concretos mejor que el nuestro), no les permitía muchos alardes. Eso aumentaba más nuestro patetismo.

Fotografía expuesta en la exposición «Ifni: la mili de los catalanes en África»
Fotografía expuesta en la exposición «Ifni: la mili de los catalanes en África»

De nuevo, hay quien recurre a la especulación de lo que pudo ocurrir y no ocurrió. Según el coronel Rafael García Jiménez, la estrategia de Ben Hammú fue totalmente errónea; pues, si en vez de dispersar sus fuerzas (tres o cuatro mil hombre) para atacar los diferentes puestos del interior, las hubiera concentrado en un ataque masivo a la ciudad, la caída de la misma hubiera sido segura. Una vez tomada Sidi Ifni, habría caído todo el territorio.

Error estratégico o no, las cosas estaban como estaban y ayudar a los asediados sin debilitar la ciudad se convirtió en la mayor preocupación del Estado Mayor. La consigna de Madrid era clara: mantener a toda costa Sidi Ifni. La ciudad permanecía tranquila, el esperado levantamiento popular no se había producido. El único incidente reseñable con los nativos fue que le dispararon a un sargento de la Policía sin llegar a alcanzarle. Los policías entraron en la vivienda desde la que se efectuaron los disparos y mataron a dos moros.

Para ayudar a controlar la ciudad, se creó un somatén con personal civil: banqueros, administrativos, comerciantes. Se les dotó de un fusil y por las noches hacían guardia en los lugares o edificios estratégicos. El «Batallón de la Gabardina», se les llamó (por la prenda con la que se abrigaban las frías noches). La ciudad estaba más o menos tranquila, pero los nervios a flor de piel. Como lo demuestra el que el anochecer del día 24, un sargento de Tiradores le dio el alto a un par de soldados. Éstos, en vez de responder, se tiraron al suelo y el sargento les disparó varias ráfagas con su subfusil hiriendo a uno gravemente por un disparo en la cabeza.

Zamalloa lo tenía crudo: con los efectivos de los que disponía, no podía contraatacar o rescatar a los sitiados sin dejar desguarnecida la ciudad. Y tampoco podía abandonar a sus hombres del interior a su suerte. Necesitaba ayuda, y recurrió a su amigo francés, a Bourgund, al que le solicitó ayuda aérea. El gobernador ya sabía de antemano la respuesta: los franceses no pueden actuar más arriba del maldito paralelo 27º 40’, pero tenía que intentarlo. Al día siguiente recibió la respuesta: «No estoy autorizado por París a intervención aérea en vuestro provecho más que al sur del paralelo 27º 40’... De todo corazón con usted». El francés, al menos, era educado. Como dice Segura Valero en Ifni, la guerra que silenció Franco, «...es muy probable que, después de telegrafiar a Dakar, don Mariano maldijese a todos los políticos del siglo que habían consentido con el ponzoñoso nombre de Protectorado Sur, que ahora obstaculizaba el auxilio francés, y con la privación de un corredor por la costa, que siempre le hubiese permitido distraer aquella encerrona con un columna desde el Aaiún». Seguro que tanto Zamalloa como Bourgund se morían de ganas por meterle mano al origen del mal: Gulimín, la cuidad marroquí que acogía al cuartel general del Ejército de Liberación y donde se concentraba el grueso de las tropas guerrilleras. Un ataque conjunto a la ciudad, con bombardeo incluido, habría acabado con todo aquello. Pero, claro, era territorio marroquí y no podían tocarle un pelo.

El caso era que algo tenía que hacer Zamalloa, y lo más urgente era ayudar a los puestos más necesitados. Como ya he dicho, de la mayoría no se tenía noticias, por lo que se daban por perdidos. Así que decidió centrarse en los que aún resistían. De todos ellos, el que en esos momentos requería ayuda más urgente, pues dos heridos morirían si no recibían atención médica inmediata, era el de Telata. Aquel mismo sábado día 23 de noviembre decidió enviar un convoy sanitario bajo el mando del teniente Ortiz de Zárate. Fue una de las peores decisiones del gobernador. La columna, una sección, tenía que atravesar un territorio ocupado por el enemigo sin apoyo blindado y apenas aéreo, romper el cerco de Telata y regresar con los heridos en las ambulancias. Una misión imposible a todas luces.

El convoy lo formaban la sección del teniente con 37 paracaidistas (la tercera sección de la 7ª compañía de la II Bandera), una escuadra de morteros de 50mm (o sea, cinco hombres y una pieza) y otra de ametralladoras (seis hombres y otra pieza), dos enlaces de transmisiones, un capitán médico, un brigada practicante y cuatro conductores. O sea, un total de 57 hombres que se convirtieron en una apetitosa presa que el Ejército de Liberación no estaba dispuesto a desaprovechar.

En aquel convoy se conjugaron todas y cada una de las carencias que asolaban al ejército de Ifni en particular y español en general. A saber:

Los vehículos eran tan obsoletos, que no permitían un avance rápido. Tuvieron que parar para pasar la noche cuando sólo les faltaban quince kilómetros para llegar a su objetivo (Telata se encuentra a unos 35 km. de Sidi Ifni).

A la mañana siguiente se estropeó un camión.

Un desertor de la guerrilla, según unos; o nativo leal enviado desde Telata, según otros, se acercó al convoy e informó de que los guerrilleros les estaban preparando una emboscada en la última curva del trayecto... pero Ortiz de Zárate no sabía cuál era la última curva porque no tenía un plano exacto de la zona.

Cuando recibieron las primeras descargas, ninguno de los tres radioteléfonos funcionaba. Trató de comunicarse con una radio Marconi a pedales, pero tampoco funcionaba.

El mortero se estropeó al cuarto disparo.

Hasta tres días después, cuando por fin la situación meteorológica lo permitió, no se supo nada de ellos. La logística fue pésima y no les quedaban alimentos. Se les intentó aprovisionar por aire, pero apenas tres contenedores cayeron dentro del perímetro defendido por los paracaidistas. Dentro les mandaban pan, chorizo y latas de sardina, o sea, lo menos adecuado para alguien que está combatiendo en medio de un paraje árido y sin reservas de agua. La sed se convirtió en un enemigo casi peor que los guerrilleros. Intentaron aprovisionarse en un pozo y en un poblado cercanos, pero apenas lograron abastecerse para resistir un poco más. Tuvieron que recurrir a las palas de chumbera para hidratarse.

No es de extrañar el resultado: 5 muertos, entre ellos Ortiz de Zárate, y 14 heridos graves. El resto, permaneció cercado diez días, hasta el 2 de diciembre, en el que fueron rescatados. Todos, muy a su pesar, se convirtieron en héroes. Como bien dice Segura Valero: «...pero esto no es nuevo en la historia de este zaherido país, donde hemos forjado los héroes por el ramplón procedimiento de abandonarlos a su desventura...»

Y, a la misma vez que esto ocurría, a miles de kilómetros de allí, en Disney Word, Mohamed V, de visita en EEUU, se frotaba las manos. Estaba tan lejos que nadie podía decir que estaba manejando los hilos, quedando así libre de sospecha... pero su mano era muy alargada, y la de su hijo Hassan también. Si los españoles eran expulsados, se anotaba un tanto ante su pueblo, además de ganar una porción de tierra. Y si el Ejército de Liberación fracasaba, el Istiqlal perdería fuerza y dejarían de ser un problema interno. Todo le iba de cara.

A todo esto, nosotros, el II Tabor de Tiradores, tras rechazar el ataque del día 23, nos dedicamos a cavar trincheras. Cavar y cavar sin cesar. A contrarreloj, sin descanso. Era necesario fortalecer el primer perímetro defensivo, el más cercano a la ciudad (Gurram, Ain Ifni y Bulaalam). Con ello le privábamos al enemigo de la ventaja de las alturas más cercanas.

Teníamos que cavar las trincheras, los puestos para las armas pesadas, extender los alambres de espino y minar el perímetro. Se trataba de sella el acceso a la ciudad. Cavábamos entre tiroteos, escaramuzas, guardias nocturnas. Así estuvimos diez días, comiendo y durmiendo sobre el terreno. Sin relevos, casi sin agua. Comiendo latas de sardina y carne de buey enlatada.

Estando en la cota 220, a finales de noviembre, salió una escuadra de la Legión de reconocimiento. Fueron a un poblado cercano. Salieron temprano y todo el día estuvimos oyendo disparos. Estuvimos varios días sin saber nada de ellos. Al fin, nuestros mandos se decidieron y mandaron a una sección de tiradores, como es natural, la mía. Cuando dimos con ellos daban pena verlos después de varios días sitiados por el enemigo. Todos nos acercamos al poblado para desalojarlo de guerrilleros, pero no se percibía actividad ninguna, se habían ido. Esa era la táctica del Ejército de Liberación: preparar emboscadas y huir cuando eran atacados. Tras una puerta se oía un fuerte rumor, parecido al que forma un gran panal de abejas. Golpeamos la puerta hasta que pudimos abrirla y, al hacerlo, al momento salieron un montón de moscas zumbando. Dentro, había un camello y un borrico muertos, seguramente por los disparos de los paracaidistas. Aquellos animales llevaban muertos cinco días y estaban hinchados como globos, ya en proceso de descomposición debido al calor. Entre las moscas, de esas verdes que brilla, y el mal olor, apenas pudimos entrar dentro, pero nos dio tiempo para ver a un guerrillero muerto en un rincón. Hasta entonces la única referencia que tenía de ellos eran los disparos que nos efectuaban escondidos entre las rocas o cactus, no había visto a ninguno de cerca. Siempre eran siluetas lejanas que se asomaban lo justo para disparar. Ese era el primero que veía. Vestía ropa militar, y nos extrañó que sus compañeros lo abandonaran, pues tenían como costumbre llevarse siempre a sus muertos o heridos. Seguramente ni sabían que estaba allí.

Mientras, en la Península, como si nada. Hasta cuatro días después del ataque del 23 de noviembre no se dio a conocer el suceso. Lo hizo el Ministerio del Ejército a través de una nota de prensa en la que primero se indicaba que «bandas armadas del llamado Ejército de Liberación» intentaban perturbar la paz y el orden entre los indígenas. Viendo que el requerimiento al gobierno de Marruecos de alejarlas de la frontera caía en saco roto, y que esas bandas seguían cometiendo actos de violencia y terrorismo contra algunos indígenas leales y agrediendo a los puestos fronterizos, se decidió reforzar la guarnición de la zona.

Más adelante, la nota continúa diciendo: «...el sábado 23 fueron cortadas sistemáticamente y durante la noche las comunicaciones telefónicas de Sidi Ifni con los puestos situados entre tres y cuatro kilómetros de la frontera y pocas horas después numerosas bandas armadas, infiltradas en nuestro territorio de soberanía durante la noche, atacaron simultáneamente las posiciones y puestos aislados que protegían los principales poblados, a la vez que intentaban un golpe de mano sobre los depósitos de municiones establecidos en las afueras de la pequeña ciudad de Sidi Ifni. La reacción de nuestras tropas fue rápida y enérgica, causando al enemigo importantes pérdidas y teniendo que lamentar por nuestra parte cuatro oficiales heridos, cinco soldados muertos y treinta heridos. El enemigo abandonó numerosos muertos y prisioneros que se aproximan al centenar...».

Esta nota la publicó, entre otros, el ABC del 27 de noviembre, en su edición de Madrid, en la página 45. Ni siquiera se mereció la portada.

Hemeroteca ABC.
Hemeroteca ABC.

Dos días más tarde, el día 29, el mismo periódico, en la página 31, anunciaba, en otra nota del Ministerio del Ejército, que «En las últimas cuarenta y ocho horas, la situación en el territorio de Ifni, ha seguido evolucionando favorablemente para nuestras fuerzas». Además, ese día, en la misma página, se mandaba la «Efusiva felicitación del Generalísimo a las guarniciones de Ifni y Sahara». Según Segura Valero, mensaje más dirigido a la nación que a las guarniciones asediadas.

Lo que no se decía en ninguna nota del Ministerio del Ejército, era que, mientras el lector leía ese periódico, varios hombres estaban en paradero desconocido, que en algunos puestos avanzados se resistía el asedio rebelde pero podían caer, que Ortiz de Zárate y varios de sus hombres habían caído en una emboscada mortal, que habíamos perdido gran parte del territorio y sería muy difícil recuperarlo. Etcétera, etcétera.

El lunes 25 de noviembre comenzó un inusitado (por la rapidez y eficacia) puente aéreo entre el aeropuerto de Las Palmas y los del AOE. En el aeropuerto de Sidi Ifni aterrizaba un avión cada ocho minutos. Con ellos llegaron el resto de la VI Bandera y dos compañías del Batallón Fuerteventura 53. Además, estaban en camino, vía marítima, la I Bandera Paracaidista y los batallones expedicionarios de los Regimientos Soria 9, Extremadura 15, Castilla 16 Pavia 19 (en un transbordador de la Transmediterránea) y Cádiz 41. Estos últimos, al día siguiente de su llegada ya fueron destinados a defender las posiciones del Bulaalam. Zamalloa y su Estado Mayor ya podía poner en marcha diversas operaciones de rescate de los puestos asediados. En algunos de ellos, los desesperados mensajes de las primeras horas poco a poco fueron calmándose, por lo que el Estado Mayor podía priorizar la ayuda. Comenzaron las operaciones de rescate.

OPERACIÓN PAÑUELO

El viernes, día 29, se puso en marcha la operación Pañuelo. En ella, los paracaidistas iban a realizar su primer salto en combate. La compañía elegida fue la 7ª de la II Bandera.

Cuando se les anunció a los soldados, en un principio pensaron que iban a ir a ayudar a sus compañeros de la columna de Ortiz de Zárate. En realidad, el objetivo era Tiliuin, el puesto que requería una atención más inmediata, pues estaba a punto de caer. La idea era que los paracaidistas cayesen sobre el aeródromo de Tiliuin para ayudar a los sitiados mientras llegaba una columna de evacuación.

Los paracaidistas no las tenían todas consigo, pues no tenían ni idea de lo que se podían encontrar abajo. Uno de sus mayores temores, como el de todo paracaidista, era que los acribillases mientras descendían como si fueran peleles sin ninguna posibilidad de defenderse. Por ese motivo, el salto se efectuó a la altura mínima de doscientos metros. Por suerte, no tuvo ninguna incidencia, salvo dos o tres tobillos torcidos. Pero no todos cayeron en la zona escogida para el desembarco (el pequeño aeródromo, de ahí el nombre de «Pañuelo»). Veintitrés hombres aterrizaron a unos dos kilómetros del objetivo, uno de ellos el capitán de la compañía, el primero en saltar (por lo que parece, se precipitó y saltó antes de tiempo). Cuando llegaron al suelo fueron hostigados por una ametralladora pesada, por lo que tuvieron que salir a toda prisa abandonando allí los paracaídas. El que cayesen alejados de la zona de salto, un error, favoreció al resto, pues los moros pensaron que el objetivo era un poblado cercano y corrieron hacía allí para defenderlo. Gracias a esto los nuestros pudieron correr hacia Tiliuin sin encontrar resistencia.

Una vez reagrupada toda la compañía, entraron en fila india (para evitar las minas) en el fortín asediado en medio del alborozo de los defensores. Pero de nuevo se pusieron de manifiesto todas nuestras carencias. Los paracaidistas sólo eran un refuerzo, no la columna de liberación, por lo que pasaron a engrosar el número de soldados sitiados. Además, sólo llevaban alimentos para un día y tuvieron que buscarse la vida en el poblado para conseguir comida. El hambre y la sed pasaron a ser un enemigo más. Por otra parte, dos secciones tuvieron que salir a recuperar los paracaídas en medio del fuego enemigo (eran los únicos que tenían).Por fortuna no sufrieron bajas. También tuvieron que efectuar salidas para eliminar los puestos de disparo enemigos. En una de ellas, por no disponer de medios adecuados de comunicación tierra-aire, la patrulla fue atacada por un Heinkel que los confundió con guerrilleros. Por suerte, no causó bajas.

Para los asediados ahora tocaba esperar a que llegara la columna de evacuación. Durante esos días fueron abastecidos por aire, pero los paquetes tenían que ser lanzados desde una altura suficiente para que los aviones no fueran alcanzados por disparos enemigos, por lo que sólo una pequeña parte de ellos cayó dentro del recinto. La mayoría fue a parar al enemigo, que los recibía con alborozo. Además, las cajas de municiones se hacían añicos al estrellarse contra el suelo y tenían que recoger las balas como su fueran aceitunas. (Se dio el caso de que a unos de los puestos lo abastecían arrojando neumáticos de camión llenos de agua. Claro, al chocar contra el suelo solían estallar como un globo. De nuevo, la inventiva española no tenía límite. Reír para no llorar).

Para nuestra suerte, el Ejército de Liberación no estaba mucho mejor preparado y equipado que nosotros. De lo contrario, nos hubieran arrojado al mar en dos días en medio de una escabechina.

DICIEMBRE 57

OPERACIÓN NETOL

Mientras los paracaidistas de la II Bandera reforzaban Tiliuin, el domingo día 1 de diciembre dio comienzo la operación Netol (la operación Pañuelo era un complemento de ella). Para quien no lo sepa, Netol era un famoso abrillantador de la época que dejaba los metales limpios y pulidos. Pero, también, un insecticida que mataba cucarachas. Se inspirasen en uno u otro para darle nombre a la operación, no estuvieron muy finos.

El objetivo de dicha operación era la liberación de los puestos de Arbaa el Mesti, Biugta, Telata de Isbuía y Tiliuin. De paso, por fin iban a hacer algo por la asediada sección de Ortiz de Zárate. Lo que les recordaba que no podían cometer los mismos errores que cometieron con la operación de ayuda que condenó al teniente y a sus hombres. Y no sólo los repitieron, sino que también se cometieron otros nuevos. De otra cosa no, pero de eso nos sobraba.

Las unidades empleadas fueron:

Agrupación A: Bajo el mando del teniente coronel Félix López Maraver. VI Bandera de la Legión, IV Tabor del Grupo de Tiradores de Ifni nº1, dos compañías del regimiento Soria 9 y una sección de zapadores del Regimiento de Infantería 6. Su objetivo era llegar hasta Telata para liberarlo. De paso, recogerían los restos de la sección de Ortiz de Zárate. Allí se reunirían con los liberados de Tiliuin.

Agrupación B: Bajo el mando del comandante Tomás Pallás Sierra. II Bandera Paracaidista, menos la 7ª Cía. Debía ocupar el puesto de Tiliuin mediante un desembarco aéreo y reunirse con la guarnición. Después de evacuar a los heridos por medios aéreos, partirían hacia Telata para reunirse con la Agrupación A para regresar todos a Sidi Ifni.

Agrupación C: Bajo el mando del comandante Ramón Soraluce Goñi. I Bandera Paracaidista. Su objetivo era ocupar Biugta y proseguir el avance sobre Arbaa el Mesti, para posteriormente replegarse y proteger la retirada de la Agrupación A sobre Sidi Ifni.

Operación Netol.
Operación Netol.

Fácil sobre el plano. Obsérvense los objetivos: rescatar a los asediados y regresar a la ciudad. O sea, se abandonaba el territorio en manos del Ejército de Liberación. Nunca más íbamos a recuperarlo.

Los paracaidistas de la I Bandera tomaron Biugta sin muchos sobresaltos. Eso sí, les costó un muerto y un herido. Habían llegado el día anterior, y sin tiempo ni para aclimatarse, ya estaban en combate. Allí se quedó un retén y el resto se dirigió a El Mesti. Llegaron al poblado y se reunieron con los asediados. Una vez cumplido el objetivo, regresaron a Biugta a esperar a la agrupación A, que ya estaba de camino hacia Telata. Mientras esperaban, desde el Cuartel General ordenaron que la 3ª compañía tenía que regresar porque se le había asignado una misión. Regresaron a toda prisa a la ciudad y, una vez allí, se les comunicó que la misión se había suspendido y les hicieron volver de nuevo a Biugta. Todo eso en la misma jornada. Muchos acabaron con los pies sangrando. La total ausencia de radioteléfonos u otro equipo de transmisiones, impidió que se les avisase. Todo un ejemplo de planificación que no ayudaba a subir la moral de la tropa.

A la agrupación B, o sea, la II Bandera Paracaidista menos la 7ª compañía (la que había saltado sobre Tiliuin), no le fue tan bien, bueno, según se mire. De hecho, ni siquiera salieron del cuartel. Según unos, el viento no era favorable para el salto. Según otros, el salto se suspendió porque los únicos paracaídas disponibles estaban precisamente en Tiliuin y no había más. Desde luego, hay que ser malpensado para sospechar algo así. La liberación de Tiliuin se retrasó dos días (ya se ha explicado cómo eran abastecidos).

En cuanto a la agrupación A, la que tenía que socorrer a los hombres de Ortiz de Zárate y liberar Telata, enseguida se encontraron con contratiempos. El primero, que casi se puede calificar de patético, era que con un convoy de tracción mixta: animal y mecánica, la rapidez y la sorpresa eran imposibles (y eso que el Plan de Operaciones preveía usar la pista que bordea la costa para ir más rápidos, «sorprender» al enemigo y liberar Telata en veinticuatro horas). La columna se dividió en dos escalones. Los vehículos (cuatro camiones para toda la columna) tenían que parar, dejar que los mulos se adelantasen unos kilómetros y luego volvían a ponerse a su altura. Era lo que se conoce como la «táctica del acordeón». Con ese alarde de rapidez, a los moros les daba tiempo a tomarse el té antes de bloquear la ruta o esperarlos agazapados en los lugares más ventajosos. Lo cual ocurrió cuando la vanguardia se disponía a cruzar el cauce seco del Uad Coraima. Los guerrilleros los esperaban al otro lado y detuvieron el avance. Debido a que la columna de Maraver estaba dividida en dos, la vanguardia tuvo que esperar al resto para poder lanzar un ataque, lo que no ocurrió hasta el día siguiente. Reanudaron el avance y lograron liberar a los hombres de Ortiz de Zárate y, un poco más tarde, al puesto de Telata. Con dos días de retraso sobre los planes previstos.

Entonces se le comunicó a Maraver que el salto de la Agrupación B había sido suspendido, por lo que tenían que continuar hacia Tiliuin. Llegaron al fuerte el día 4 de diciembre, también dos días más tarde de lo previsto.

La Agrupación A, una vez cumplidos los objetivos, regresó hacia Telata y de allí, después de volar el puesto, a Sidi Ifni; con la I Bandera desplegada para proteger la retirada. Se esperaba que los guerrilleros hostigasen a la columna durante su regreso, pero no ocurrió. El motivo fue que el Ejército de Liberación había concentrado sus esfuerzos en darle por saco a otra operación de rescate iniciada el día 5: la Operación Gento, en la que participé yo.

Los últimos integrantes de la Operación Netol llegaron a la ciudad al amanecer del día 6 de diciembre. Todos menos la I Bandera, que sin tiempo para echar un cigarro, recibieron la orden de ir a apoyar a la columna de la Operación Gento, que a las primeras de cambio se había atascado en el barro. Una operación concebida para que se resolviera en dos días, se completó en seis, y nos costó cuatro muertos y catorce heridos. De las dieciocho bajas, la mitad fueron compañeros del IV Tabor de Tiradores (tres muertos y seis heridos).

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