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Ángel Ruiz: recuerdos de un combatiente de Ifni (11) Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Antolín Hernández Salguero
Escrito por F. Antolín Hernández Salguero   
viernes, 08 de marzo de 2019

Nota: Esta es la versión en línea y revisada del libro "Ángel Ruiz: recuerdos de un combatiente de Ifni" de Antolín Hernández, publicado en 2019.


NOVIEMBRE 57 (CONTINUACIÓN)

Ya estaban todos los puestos liberados. El Ejército de Liberación había tomado el control de gran parte del territorio. Les hicieron el trabajo sucio a Mohamed V, que pronto envió a su ejército a ocupar el terreno que abandonamos. A nosotros nos encajonaron en la ciudad y lo único que nos quedaba era defenderla.

Mientras nosotros liberábamos Tiugsa y Tenim, se produjo un acontecimiento, al menos, curioso: varios buques de guerra españoles se pasearon por la bahía de Agadir con los cañones apuntando hacia la ciudad. Por lo que parece, fue una amenaza explícita a Marruecos para evitar que metiera más baza en el asunto. El motivo era que, en los días anteriores, se había detectado un gran tráfico militar entre Agadir y Mirleft, lo que hacía sospechar al Estado Mayor de Madrid que quizás el ejército marroquí iba a intervenir en Ifni. Para unos, fue una demostración de fuerza que le enseñó al rey de Marruecos que era mejor no jugar con fuego. Para otros, fue un error que podía haber tenido graves consecuencias diplomáticas a nivel internacional: se estaba amenazando con bombardear a la población civil de un país soberano con el que no se estaba en guerra. Incluso, las embajadas de naciones extranjeras con sede en la ciudad se apresuraron a izar las banderas sobre sus edificios para evitar que los bombardeasen. Además, era la manera más directa de consolidar el sentimiento antiespañol entre la población marroquí. Con el consiguiente peligro para otras plazas españolas en el norte de África. Y, por lo que parece, fue de poco que no se liase una gorda, pues uno de los comandantes de un buque recibió la orden de: «...se abrirá fuego sin previa orden». Menos mal que el comandante fue prudente, pues la mala calidad de las comunicaciones había suprimido el «No…» inicial.

Diario ABC del 8 de diciembre de 1957 (Hemeroteca ABC)
Diario ABC del 8 de diciembre de 1957 (Hemeroteca ABC)

En una página web dedicada a la historia naval española, he leído que, antes de la acción de Agadir, por parte de la Armada se efectuaron varios bombardeos sobre posiciones y poblaciones ocupadas por el Ejército de Liberación: Erkunt, Yebel Buganin, Tabelcut, Buyarifen, Biugta (?). Incluso, el crucero Méndez Núñez «efectuó fuego sobre T'Zelata de Esbuia y el zoco de Arbaa de Mesti» (??). También dice que, «Después de todas estas intervenciones, (...) sólo se conseguía avances muy pequeños, por lo que el Estado Mayor de la Armada resolvió el realizar una arriesgada operación completa naval». Concluye diciendo que gracias a lo de Agadir «...la presión ejercida sobre Sidi Ifni disminuyó considerablemente a los pocos días, lo que afirmó a las nuestras, pues el peligro se alejaba».

Para cualquiera medianamente informado, lo escrito en esa web no es del todo correcto. ¿De verdad bombardearon Biugta, Telata y Arbaa el Mesti? (en ningún otro sitio he leído nada al respecto). ¿De verdad no sabe el autor que los bombardeos a los que hace referencia se efectuaron en las misiones posteriores a la demostración de Agadir? Además, deja caer sutilmente (o así lo interpreto) que la guerra de Ifni se resolvió en gran medida gracias a la intervención de la Armada, pues la infantería sólo conseguía «avances muy pequeños». Hay que fastidiarse.

La verdad es que, a pesar de ser un conflicto relativamente reciente y de que aún hay muchos protagonistas vivos, hasta hace poco no había mucha información sobre él. Se dice que aquella fue una guerra silenciada, pero en realidad no fue así, al menos, no del todo. Hay quien defiende que el gobierno de Franco no ocultó nada, simplemente trató el asunto como lo que era: un conflicto bélico regional a pequeña escala, no una guerra entre países o estados. También defienden que, tanto la prensa como el NODO, informaron puntualmente sobre lo que estaba ocurriendo y, en cierto modo, es verdad. Pero, claro, a su manera. No olvidemos que el país estaba gobernado por una dictadura militar en el que la libertad de expresión y prensa brillaban por su ausencia. Todo pasaba por su filtro. Se contaba lo que ellos querían y cómo querían. Lo extraño hubiera sido lo contrario, que dieran todo lujo de detalles. Yo tampoco creo que fuera una guerra silenciada (sí pasada por el tamiz, o sea, censurada), más bien creo que fue una guerra olvidada. Franco se comportó como lo que era: un dictador. Lo malo de verdad fue, y es, el olvido de todos los gobiernos democráticos que se han ido sucediendo.

Yo entonces no sabía de lo que se estaba informando, bastante tenía con evitar que me matasen, pero, muchos años después, he investigado. Como ejemplo de lo que digo, voy a trascribir lo que se publicó sobre las operaciones de liberación de los puestos asediados (una de ellas la que acabo de relatar y viví en primera línea). Es, cómo no, una nota del Ministerio del Ejército publicada en el ABC del día 8 de diciembre de 1957 (página 63). Como se puede comprobar, el ministerio la redactó incluso antes de que llegáramos a la ciudad con los liberados:

«Han sido liberadas las últimas posiciones españolas cercadas por las fuerzas agresoras en Ifni.

Las columnas de nuestras fuerzas que operan en el territorio español de Ifni, limpiando de bandoleros su suelo y liberando las posiciones que fueron agredidas por las bandas armadas del llamado Ejército de Liberación, han alcanzado en el día de ayer posiciones que dominan la depresión de Tiugsa. Su progresión continúa siendo normal, venciendo las resistencias adversarias.

La mejoría del tiempo ha permitido la eficaz acción de la Aviación de cooperación, que castiga duramente a las bandas agresoras dentro de nuestro territorio.

Las bajas enemigas han sido muy numerosas, sin que se hayan podido contar todavía. Por nuestra parte, hemos de lamentar la muerte del teniente Polanco, caído gloriosamente al frente de sus tropas de Cazadores Legionarios Paracaidistas y la de seis soldados.

Las columnas que liberaron a las guarniciones de Tiliuin y de T’Zelata de Abuia, ya han regresado a sus bases sin novedad digna de mención, retirando todo el material».

En esa misma edición, se daba cuenta de las siguientes noticias:

«Fallece un capitán legionario».

«En Telata murió el brigada Gutiérrez Nalda»

También, en el ABC, esta vez del día 14 de diciembre, se podía leer los siguientes titulares o entradillas:

«En Las Palmas se desmiente que las bandas rebeldes hayan efectuado ataques en el Sáhara».

«Se han capturado grandes cantidades de armas de procedencia checoslovaca».

«Normalidad en Sidi Ifni».

«Los agresores reclutados en los bajos fondos».

«El capitán Pérez Guerra, siempre en primera línea»

«El Víctor de Oro del S.E.U., al alférez Rojas».

Creo que sirve como ejemplo de lo que digo: no se silenció, la contaron a su manera y casi obligados. Como ya se dijo anteriormente, la primera nota de prensa del Ministerio del Ejército se publicó el día 27 de noviembre, cuatro días después del ataque. Y quizás no por voluntad propia, sino porque los medios de comunicación extranjeros, en especial la radio, estaban dando cuenta de la noticia desde el primer momento y, claro, algo llegaba a la población. Para contrarrestar esta información y evitar el alarmismo, no tuvieron más remedio que publicar una nota casi a diario. Eso sí, contándolo a su manera.

También se puede comprobar que se informaba puntualmente de todos los oficiales o suboficiales caídos, ensalzando, como no, su valor y abnegado servicio a la Patria, lo que yo ni voy a negar ni discutir. También se publicaba sus biografías con todo lujo de detalle, dejando en todo momento constancia de que era auténticos soldados españoles. En cambio, los soldados rasos caídos no tenían ni nombres ni apellidos. Nunca, que yo sepa, se publicó en un periódico una lista de bajas, lo mínimo que se merecían nuestros compañeros. Tan sólo éramos carne de cañón. Nada nuevo, por otra parte.

También se dice que en España se recibían noticias a través de las cartas que los soldados mandábamos a nuestras familias o madrinas de guerra y a través de ellas se informaba de cómo estaba la situación. Lo que no se dice es que esas cartas pasaban primero por la censura militar y teníamos prohibido utilizar las palabras «guerra» y «muertos» (o sus seudónimos), entre otras muchas.

Como muestra, voy a transcribir lo que dice Diego Sánchez Cordero, un soldado de 16 años que, huyendo del hambre, falsificó su edad para alistarse voluntario en el Regimiento Soria 9. Diego fue herido por una granada de mortero y quedó inválido para el resto de su vida. Estando en el hospital de Las Palmas le ocurrió esto: «En una ocasión hablamos por teléfono para la radio bajo la vigilancia de algunos oficiales, que nos indicaban lo que podíamos decir. Fue muy divertido, todos contamos lo mismo, todo era bueno, bonito y los jefes nos querían mucho. En ningún sitio hubo guerra, sólo fue una bronca, y los soldados morían de risa, por lo divertido que era todo aquello. La censura no existía, si las cartas se perdían, la culpa era de Correos». También dice: «escribíamos cartas de felicitación Navideña a la familia y que en muchos caso, te devolvían porque decías algo que la censura considera secreto militar. La felicitación a mi familia se quedó encima del montón de bombas, la censura me la había devuelto».

Diego Sánchez Cordero, soldado del Soria 9 (www.veteranosdeifni.blogspot.com)
Diego Sánchez Cordero, soldado del Soria 9 (www.veteranosdeifni.blogspot.com)

Una vez más, que cada cual saque sus conclusiones.

En cuanto al NODO, gracias a la maravilla que suponen las nuevas tecnologías, he podido visionar varios documentales de la época. Y sí, se hablaba de Ifni, pero no de guerra, sino de acciones aisladas a las que los valientes soldados españoles hacíamos frente con nuestra mejor disposición al servicio de la Patria. En las imágenes de los diferentes documentales, sólo pude distinguir a un soldado herido con el pie vendado al que evacuaban en avión al hospital de Las Palmas. También mostraban a guerrilleros prisioneros, haciendo hincapié en que todos eran extranjeros, ninguno baamarani. Además, todos eran ancianos o niños desarrapados, nada que ver con verdaderos guerrilleros. El resto del metraje se dedicaba a ensalzar nuestra labor benéfica hacia los baamaranis, a denigrar a los perversos «elementos incontrolados de bandas armadas» alentadas y mantenidas, como no, por el comunismo; y, sobre todo, a narrar con todo lujo de detalle la visita de diversos artistas en la navidad de aquel año. Lo que la gente veía en los cines antes de empezar la película, era a Carmen Sevilla o Gila alegrando las navidades de los valientes y bien vestidos soldados españoles. Tal y como Marilyn Monroe y Bob Hope hicieron con los soldados americanos en Corea. Éramos tan modernos como ellos.

Sin apenas tiempo para descansar, al poco de regresar de Tiugsa, destinaron a mi compañía a las montañas, a la cota 220. O sea, a las trincheras y cuevas.

Un día se me acercó el teniente para decirme que en el Cine Avenida estaban echando El último cuplé, una película muy bonita de Sara Montiel. Me dijo que había pensado en mí para ir a verla. Vamos, que me daba permiso. Eso sí, iba a ir yo solo y tenía que estar de regreso a las cinco de la tarde. Eran las diez de la mañana, o sea, que tenía siete horas, Como es natural, casi salí corriendo.

La posición estaba a unos cinco kilómetros de la ciudad, y por allí no había caminos ni nada parecido. Andaba yo solo por aquellas montañas y, la verdad, iba un poco cohibido a pesar de llevar mi pistola de 9mm largo. Mira por donde vi a alguien vestido con el uniforme de mi cuerpo. Empezó a llamarme y me preguntó a qué unidad pertenecía. También que me acercara a él, que no era muy aconsejable andar solos por aquellas montañas. Iba armado con el mosquetón. Nos acercamos y nos saludamos dando a conocer nuestros nombres y compañía. Él era de Madrid y gitano. Hicimos el camino hasta la ciudad juntos.

Al llegar, lo primero que hicimos fue ir al zoco a tomarnos un té y unos pinchitos de carne de camello. Luego nos fuimos al cine. Como es natural no era la primera vez que entraba en uno, pero aquello me sentó como si estuviera en el Paraíso. El rato que estuve viendo aquella película me sentó de maravilla. El placer de esas cosas que hasta que no nos faltan no sabemos lo que valen.

Al salir, mi compañero me preguntó si había estado alguna vez en el barrio moro. Le contesté que ni sabía dónde estaba. Él tampoco había estado nunca y, como jóvenes y atrevidos que éramos, para allá que nos fuimos.

¿Y qué buscábamos en el barrio moro? Pues aquello que nuestros mandos nos «aconsejaban» que no hiciéramos: un burdel. La juventud es la juventud, y la inconsciencia forma parte de ella. Tengo que decir que nuestros oficiales, la mayoría casados, tenían sus necesidades cubiertas, pero la tropa nos teníamos que apañar como pudiéramos. Nuestros mandos, de hondas convicciones religiosas y, como es natural, mentalidad muy conservadora, prohibieron a las prostitutas europeas y las nativas eran las únicas que podían aliviarnos.

Al llegar, empezamos a callejear sin rumbo fijo. Todo allí era muy mísero. Las calles eran de tierra y estaban llenas de socavones. Al gira una equina, vimos a dos moras sentadas delante de una puerta. Estaban totalmente cubiertas, no se les veían ni los ojos. Empezaron a hablarnos en árabe y a decirnos que entráramos dentro. Nosotros, como dos tortolitos y sin pensarlo dos veces, adentro que entramos. Ahora lo pienso y fue una temeridad. Estábamos en territorio moro, armados, luchando contra ellos y no se nos ocurrió otra cosa que entrar en una casa mora en la que no sabíamos qué había dentro.

Nada más entrar, dimos a un patio. No era muy grande, pero tenía mucha luz y estaba muy limpio. Entramos en una habitación toda pintada de blanco, hasta el suelo. En medio había un hornillo con carbón ardiendo. Las moras, que entraron con nosotros, no paraban de hablarnos en árabe. Como es natural, no entendíamos una palabra. Nos entendíamos por señas. Una de ellas le echó un poco de incienso al hornillo y la otra abrió la puerta de otra habitación y le hizo señas al madrileño para que entrara. Mi compañero me dio el mosquetón y entró con la mora. No pasó mucho rato y volvió a salir. Por cierto, la habitación estaba totalmente a oscuras. Luego yo le di el chaquetón y las armas a él y entré con la misma mora. Era una mujer agradable y simpática, pero todo fue muy rápido. Los dos tardamos menos que el que tardó el incienso en arder y despedir aquel aroma agradable.

Enseguida cogimos nuestras cosas y salimos de allí lo más rápido que pudimos. Como ya he dicho, no era bueno pasear por el barrio moro armados.

Ángel Ruiz (Archivo Ángel Ruiz)
Ángel Ruiz (Archivo Ángel Ruiz)

Como aún nos quedaba algo de tiempo, volvimos al zoco a comernos unas sardinas asadas al carbón. Antes de llegar, pasamos por delante de un estudio fotográfico que estaba considerado el mejor de la ciudad. Entré y me hice una foto que aún conservo como recuerdo de aquel día. Ahí estoy yo con mi chaquetón, mi pistola y mi tarbush.

Regresamos a nuestras posiciones y los dos llegamos a la hora prevista. En cuanto llegué, mis compañeros empezaron a preguntarme por la película. Yo no paré de narrarles el día tan maravilloso que pasé.

Pero claro está, no todo iba a acabar bien. A los pocos días, mis compañeros me preguntaron si yo no notaba nada raro desde que estuve con la mora, pues al madrileño se lo habían llevado al hospital. Por lo visto, le había contagiado algo y se le habían formado tres agujeros en el pene donde le metían gasas a montón para limpiarle el pus. Como es natural, me preocupé mucho y no hacía más que mirarme por si me salía algo raro. Allí, en medio de aquellas montañas sin ni siquiera agua para lavarme. Pasé unos días fatal, hasta que pasó el tiempo y, gracias a dios, no me salió nada. Por desgracia, a mi compañero de aventura no le fue tan bien: falleció a los pocos días. Supongo que su forma de vida también influyó algo. No parecía gozar de buena salud y no hacía más que beber y fumar kifi. Yo, que nunca me gustó mucho la bebida ni otras cosas, desde que regresé me dije que nada de vino, drogas o mujeres de la calle.

Las infecciones por tener contacto con prostitutas moras eran habituales y, a pesar de la vigilancia, aquello se convirtió en un problema, por lo que Zamalloa casi se vio obligado a traer a ocho profesionales de Canarias que él mismo recibió en el aeropuerto de la ciudad. Ya tenía bastante con las bajas causadas por el enemigo.

En las trincheras no teníamos mucho con lo que entretenernos o evadirnos, por lo que, cada cierto tiempo, todos los del pelotón reuníamos unas pesetas y encargábamos un par de cantimploras y un poco de kifi. Buscábamos un lugar tranquilo, hacíamos un corro y empezábamos a beber y fumar. Primero un trago de vino y después la pipa de kifi. Yo bebía un trago, pero no fumaba. Le vi las orejas al lobo demasiado cerca y desde entonces decidí llevar una vida sana, y aquí estoy al cabo de los años, bien de salud.

Una de las cosas que recuerdo de nuestra estancia en aquella posición, fue la vez que salimos a hacer una exploración del terreno. Enfrente de nosotros se levantaba una montaña completamente lisa, sin nada de vegetación. Todos los días, al amanecer, desde lo alto de la montaña alguien nos vigilaba. Vestía una chilaba blanca y todos sus movimientos eran perfectamente visibles. Así estuvo doce días, hasta que al fin nuestros mandos se decidieron hacer algo. Como decía, le tocó a mi sección. Entre nuestros mandos había un sargento recién llegado de la Península con los refuerzos. Era alto y muy elegante, siempre vestía como su fuera de gala. Como el resto de la tropa, iba cargado de todo el equipo de combate. Iba armado con un naranjero y las cuatro bombas de mano. Aquella fue su primera salida. Empezamos a subir la montaña, empinada y llena de piedras rodantes. Nosotros, los soldados, ya estábamos acostumbrados y sabíamos cómo hacerlo para no caer rodando ladera abajo. Pero este sargento no hacía más que resbalarse y caer con todo su equipo. Cada vez que caías descendía varios metros y tenía que volver a subir. Cuando no se caía él, se le resbalaba el naranjero, la manta… Nosotros, viendo que estaba en apuros, nos dio un poco de cosa y cada uno le cogimos algo del equipo. Era un recién llegado de la Academia nada acostumbrado a aquello. Pero nosotros pensamos que también nos hubiera ido muy bien que alguien nos ayudase cuando éramos nosotros los que rodábamos ladera abajo.

Cuando por fin conseguimos llegar a lo alto, lo hicimos por la parte contraria a la que estaba el moro apostado y no nos vio llegar hasta que estuvimos a un centenar de metros de él. En cuanto nos vio, echó a correr ladera abajo como si fuera un galgo. Cuando tomamos posiciones para dispararle, ya estaba a una distancia considerable. El que llevaba el fusil ametrallador abrió fuego contra él, y veíamos el polvo que levantaban los proyectiles al chocar contra el suelo. Hasta que el moro se perdió de nuestra vista. El tirador del fusil ametrallador gastó cuatro peines disparando a discreción y puso de los nervios al teniente, que no hacía más que decir: «mierda, mierda. Inútil». Puso bonito al tirador, gallego, por cierto.

Pero aquella sí fue una salida de provecho, pues descubrimos que a unos trescientos metros de nuestra posición, había un pequeño poblado donde se concentraban unos cincuenta guerrilleros que quizás preparaban algún ataque. Al verse sorprendidos huyeron y abandonaron allí mucho material. Fuimos felicitados por aquella acción.

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