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Aicha Kandisha Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Antonio Garrido   
viernes, 19 de junio de 2009

Fuente: sur.es

Crítica literaria sobre el libro "El viento y la arena" escrito por Antonio Reyes Mateo.

Aicha Kandisa
Reyes Mateo se traslada al Sahara. / FETHI BELAID. AFP

Si los tiempos no son propicios a la lírica mucho menos lo son a la épica y esta novela es, entre otras cosas, un canto decidido a unos esquemas y a unos valores que pertenecen a ese modelo del mundo, el modelo heroico, el que defiende la lealtad, la amistad, la fe, las grandes cosas que se hacen como si fueran pequeñas, como si nada. En este sentido, el paralelismo con 'Beau Geste', de Wren, o con la por mí muy admirada y analizada 'La bandera', de Orlan, está plenamente justificado. Quizás quede reservado al cine y a la literatura de ciencia-ficción la conservación de un orden que la realidad desmiente a cada paso; la prosaica realidad de los intereses, de la cobardía, del color gris frente al deslumbramiento del sol del desierto.

La coherencia narrativa de episodios con valor individual no impide que la novela adquiera un tono coral, que es uno de los rasgos básicos de lo épico. Este tono da unidad a lo diverso y se puede ejemplificar a cada paso pero lo centraré en la relación entre los soldados, sean de la jerarquía que fueren, que se sienten unidos por unos sentimientos cuyos referentes léxicos parecen de mucho tiempo atrás pero que impresionan cuando se escenifican, más cuando se presentan como hechos reales o verosímiles. La oración de homenaje a los muertos es un punto de encuentro de los vectores que articulan el comportamiento de los personajes.

El abuelo, Luís Sáenz de Ribera, el patriarca, la roca sobre la que rompen todas las desgracias, humanísimo en su profundo sentir estoico, masacrado por el destino. Su esposa, María Antonia, firme en sus convicciones y que rechaza al Indiano con asco. Del matrimonio dos hijos, uno, soldado, muerto en campaña y otra, casada con Pablo Alonso Echevarri, modelo acabado del capitalista depredador, del cobarde que sólo atiende al dinero. Es claro que los héroes son la antítesis de la gran ciudad, del mercantilismo, son la estirpe del honor, qué palabra.

Unidos por la amistad

Dos son los personajes sobre los que se articula la acción de modo eminente, están unidos por la amistad, tienen caracteres muy diferentes pero son idénticos en lo esencial, Andrés, nieto de Luís, y Rodrigo, los dos militares, los dos legionarios. Añadiría al simpático Vélez, pero no tiene un desarrollo narrativo tan intenso. Como en la novela de Orlan, la Legión es mucho más que un cuerpo de ejército de elite, es un mito, un símbolo. En la Legión tienen su hogar los marginados, los que no tienen otro espacio que la cárcel o la miseria; así, Lagartijo, el ladrón, y, por contraste, Ivanoff, el oficial del ejército zarista, que sólo poseía unas charreteras muy brillantes, su pasado. La Legión es madre y escuela, es suma de virtudes.

La desgracia tiene un nombre, Aicha Kandisa, no es la muerte pero lleva a ella, es la mujer-fantasma que encarna al peor de los destinos, la destrucción. El narrador conoce muy bien el folclore de Marruecos y lo articula como un elemento de la narración, no como un dato pintoresco o costumbrista. Aicha aparece en muchos lugares y sobre todo en ese cuento que se inicia en la página 106. Destino fatal y paisaje, viento y arena sobre todas las cosas. Los que conocemos el desierto del Sahara, aunque de manera pacífica pero no turística, comprendemos mejor estas páginas de belleza indiscutible. La naturaleza oprime pero no destruye, los hombres se hacen uno con la tierra y la besan cuando se arrastran buscando al enemigo. El desierto es yunque que forja las voluntades. Pocas cosas más hermosas que el amanecer en estos parajes.

La política está presente como horizonte lejano que condiciona los comportamientos pero es novela de personajes por encima de todas las cosas. Son varios los lugares y muy diversas las situaciones presentadas a modo de flashes. Me parece de especial interés el universo del Peñón de Vélez de la Gomera con los puntos de vista sobre el farero, el sargento de la Compañía del Mar y el maestro alcohólico que duerme la mona sobre la mesa mientras los niños saltan a su alrededor.

El amor, es fundamental, el amor de Andrés y de María, con el amor, la traición, Aicha acecha; traición por dinero. Amor cortés, caballeresco y, por oposición, sensualidad, pasión, como en la danza narrada en la página 113; tercer elemento de las pasiones, el flirteo. Como puede comprobar el lector es novela de registros plurales que se lee de un trago largo sin hielo y que, no seguiré por aquí, tiene un efecto único y sorprendente al final, un cierre que cumple amenazas viejas y violencias que son crueldad.

Marruecos, Ifni, el Sahara, espacios exóticos que aparecen con la luz de la sangre en los muertos masacrados y con la de la gloria en los actos de heroísmo, de amistad. En la cauda de Orlan y de Wren, no es poco, créanme.

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