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El soldado-médico Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Manuel Jorques Ortiz
miércoles, 06 de enero de 2010
Índice del Artículo
El soldado-médico
La llegada
La Jura de Bandera
Las posiciones defensivas
Agudizando el ingenio
De oposiciones en Madrid
De regreso en Ifni
Motín en el monte Buyarifen
Un "regalo" de última hora
Por fin "La Licencia"

Motín en el Monte Buyarifen

Buyarifen: con un mortero del 81.
Buyarifen: con un mortero del 81.

Seguramente los sucesos que voy a referir no constarán en sitio alguno pero, como los presencié, los tengo que relatar para que no queden ocultos.

Quien haya leído las memorias de su mili escritas por mi paisano y amigo Paco Susarte –también soldado médico- tendrá una amplia idea de lo que era el “elemento defensivo” enclavado en el monte Buyarifen, ocupado por una compañía del Grupo de Tiradores –se relevaba mensualmente- formada por soldados de reemplazo, que vivían en condiciones infrahumanas, dentro de unas oquedades de las trincheras en cuyas paredes estaban clavadas unas barras de hierro entrelazadas con alambre –del que se arrancaban los pinchos- a modo de somier sobre el que se colocaba la colchoneta de paja, oquedades que los soldados se veían obligados a ir ampliando a base de pico para tener mayor espacio para los ocho a diez soldados que compartían la “habitación”, desde la que se accedía directamente a una cámara semicircular orientada hacia zona enemiga –“la cámara de fuego”, se llamaba- porque en ella estaba el armamento y también se emplazaban las ametralladoras. Eran como una especie de bunker.

Todas las circunstancias descritas –en cuanto al alojamiento- eran agravadas por la escasez de agua, una regular alimentación y gran cantidad de parásitos –chinches y pulgas-, moscas, ratas e incluso serpientes y escorpiones. Todo ello unidos al trabajo diurno –pico y pala- y las guardias nocturnas de gran responsabilidad por hallarnos en terreno batido por el enemigo, con una situación de pseudo paz desde Junio de 1958, tenía que ser asumido por los mandos allí destacados para ser flexibles con la conducta de los soldados, mientras no se quebrantara la disciplina.

Los soldados comiendo en el suelo a pleno sol.
Los soldados comiendo en el suelo a pleno sol.

Pues bien, el teniente Verde tenía su particular psicología para tratar a sus soldaditos. Les prohibía fumar durante el trabajo con el pico y la pala, o en el transporte de los materiales para las obras que se realizaban. Cuando le parecía que alguno se “escaqueaba” lo castiga a seguir picando pero con un saco de piedras atado a la espalda. Aquello iba calentando el ambiente y entre el siroco –que soplaba frecuentemente-, la sed y la mala comida, no puedo decir si de forma espontanea o porque alguien lo alentó, lo cierto es que la cola para recibir el rancho al mediodía se rompió y se inició un motín.

Tímidamente se empezaron a oír voces increpando a los cabos 1ª y sargentos que tenían que repartir el racho, que fueron subiendo de tono, llegando a zarandear a los mandos a la vez que se pedía a gritos que saliera el teniente de su chabola de mando, golpeando las marmitas con las cucharas, con gran estruendo.

Buyarifen. Tras la alambrada y el campo de minas.
Buyarifen. Tras la alambrada y el campo de minas.

El teniente Verde salió empuñando su pistola. La tensión y el peligro que su actitud creaba no sé hasta que punto hubiera llegado si uno de los sargentos, el sanitario y yo no nos hubiéramos interpuesto entre el oficial y la tropa, consiguiendo que guardase el arma y rogándole la adopción de una actitud dialogante, pues en otro caso la situación podía degenerar en un gran motín, porque la gente ¡estaba muy harta!.

Me parece que el teniente se asustó y nosotros pasamos un miedo espantoso. Pero nuestros ruegos fueron “mano de santo” porque no solo desaparecieron los castigos, sino que se comenzó a comer mejor y no hubo partes ni represalias, por lo menos mientras aquella compañía estuvo en el Buyarifen.

Tengo muy grabado –dice Victoriano- aquel día ya que tras la cena, comenzamos a beber en la cantina y cogí una cogorza de anís, tal, que me cogieron saliendo de la posición por la puerta del subelemento en dirección al “Pelotón de la Muerte”. Desde entonces no lo he vuelto a probar, ni siquiera con el café.{mospagebreak title=El convoy}

El convoy

Bajada del “convoy” desde el Buyarifen.
Bajada del “convoy” desde el Buyarifen.

Cuando éramos relevados de la montaña quedábamos por tiempo indeterminado adscritos al Botiquín del Grupo de Tiradores, y cuando llegó la nueva quinta, íbamos al Campamento, pero no de forma fija, sino alternándonos.

Una de las obligaciones que teníamos los médicos cuando bajábamos de la montaña era la de ir con la ambulancia acompañados por el conductor y un sanitario, bien al campo de tiro o bien formando parte del convoy que se montaba los jueves y domingos para abastecimiento de Buyarifen.

En uno de esos convoyes –continua relatando Victoriano- en los que acompañaba a la compañía que se desplegaba entre la carretera que subía a la posición del Buyarifen y la playa. Concretamente aquel día era una unidad de máquinas la que protegía al convoy extendida por la parte alta y montañosa. En el comienzo de la subida existía una especie de caseta en cuyo interior había un aljibe seco y ahí era donde tenía ordenado quedarme con la ambulancia, hasta que terminado el convoy recibía la orden de retirarme que debía darme el oficial al mando.

Había comenzado el convoy de suministros temprano, como de costumbre, pero lo que no sabías nunca era cuando podía finalizar la misión ya que dependía de la dificultad hallada, algo imprevisible y aleatoria. Por lo tanto los componentes de la ambulancia, si no eran requeridos nuestros servicios médicos, nos entreteníamos jugando a las cartas, paseando por los alrededores, sentados, etc., a la espera de recibir el aviso de retirarnos.

Aquel día observé que bajaba el convoy pero como el oficial no nos dijo nada pensé que no habría terminado o que tenían que volver a subir. Como la orden que se me había dado era permanecer en ese punto hasta que el oficial al mando de la operación no me diera otra distinta, continuamos varias horas al acecho de instrucciones. Sobre las tres de la tarde fui con el sanitario a “explorar el terreno” –no se olvide que estábamos dentro de la zona ocupada por Marruecos- comprobando con estupor que no quedaba ni rastro de la compañía a la que nos había adscrito. La inquietud se agravó al apercibirnos de que una avioneta, a baja altura, nos sobrevolaba ¡vete a saber con que intenciones! A la vez que se empezaron a oír voces desde la parte alta de la montaña gritando ¡Médico, retiraos!

Cuando a la carrera tomamos el camino de vuelta nos topamos con dos vehículos tipo “comando” repletos de soldados de Tiradores armados hasta los dientes que iban en nuestra busca y “rescate”, quienes nos escoltaron hasta el Campamento.

Si allá aislados lo habíamos pasado mal, peor fue el panorama que me iban pintado según entrábamos en el Campamento. El oficial de guardia me espetó: Médico ¡qué ha pasado? ¡Buena la has armado! Pitando para el “Grupo” que te tienes que presentar al Coronel –nuestro buen “amigo” y tranquilo, Enríquez-.

La verdad es que hasta que estuve ante él y le saludé con el: ¡A la orden de usía, mi Coronel!, lo pasé muy mal y temiendo lo peor. No recuerdo si me dejó terminar el saludo. Lo que sí vi con claridad era la fusta en su mano y en medio del griterío que me montó creí entender que por mi culpa se había montado un “follón” grande con los moros. Al mismo tiempo me preguntaba porque no me había retirado con el resto de la fuerza.

A la puerta del “Grupo” de Tiradores.
A la puerta del “Grupo” de Tiradores.

He de reconocer –dice el Dr. Gracia- que en la delicada situación en que me hallaba acerté a salir de ella muy airosamente, al encontrar la respuesta idónea para la ocasión: ¡Porque nadie me ordenó retirarme y yo continuaba cumpliendo con la orden de permanecer en el puesto que tenía asignado!

El Coronel Enríquez continuaba insistiendo en que tenía que haber visto a los soldados de la compañía que iban desplegando por la parte baja y el teniente tenía –forzosamente- que haberme dado la orden de retirarme, a lo que yo, una y otra vez, le contestaba de que no había visto al teniente ni a soldado alguno en la zona próxima al puesto de la ambulancia y que no había recibido la orden concreta de mi superior para retirarme.

Me despidió con un “muy bien, veo que ha cumplido con su deber. ¡Puede usted retirarse! Todavía alcancé a oírle gritando y ordenando: ¡Que venga el teniente!... Hace una reflexión en voz baja, el amigo Victoriano, y remontándose al pasado: ¡Qué “jodios” eran! Se les ganaba solamente siendo tan militar como ellos. De eso –continua diciendo- sabe un rato largo Paco Susarte con su especial contienda con el capitán Quesada.


 
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