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Artículos digitales
Escrito por Ramón Punset   
domingo, 05 de septiembre de 2010

Fuente: lne.es

La pérdida del Sáhara y los últimos incidentes en la frontera de Melilla.

Lecciones marruecas  En el último siglo y medio las relaciones con nuestros vecinos marroquíes han sido como mínimo difíciles y ocasionalmente traumáticas, de gran repercusión en nuestra política interna. Recuérdense los episodios de la Semana Trágica barcelonesa, el Desastre de Annual y el origen de la Dictadura de Primo de Rivera, la participación de tropas moras en la represión de los insurrectos de 1934 y en el bando de los sublevados durante la guerra civil, el conflicto armado que concluyó con la «retrocesión» de Ifni, la pérdida nulamente gloriosa del Sáhara, cuyo fantasma no cesa de atormentar nuestra acomodaticia (pero torpe) conciencia, el desalojo del islote de Perejil o el reciente bloqueo de la frontera con Melilla.

Por lo que atañe a la cuestión del Sáhara, nuevamente de actualidad estos días a causa de un incidente resuelto según tiene España por costumbre (es decir, mediante el apaciguamiento servil de Marruecos en el ámbito de la diplomacia secreta que prefiere el reino alauí), llama la atención que un régimen militar como el franquista se dejara arrebatar tan fácilmente un territorio de semejante extensión ante la mera bufonada de la «Marcha Verde» organizada por Hassan II. Cierto es que el general Franco entraba a la sazón en su enfermedad postrera, pero el Gobierno español se hallaba presidido por un halcón del pelaje de Carlos Arias Navarro. Este episodio revela, pues, no una carencia de liderazgo, sino la vaciedad misma del franquismo, su carácter de anómala excrecencia tumoral en el cuerpo del occidente europeo, su deficiente representatividad en el interior y su completa soledad internacional. Respecto a esta última circunstancia, cabe incluso sospechar que fueron los norteamericanos (Henry Kissinger, concretamente) los que incitaron y apoyaron la acción depredatoria del monarca marroquí. Con éste se entrevistó el zalamero ministro José Solís Ruiz, aquel que se jactaba sin rubor de decirle a Hassan II: «Majestad, de cordobés a cordobés...». Según relata el historiador Ferrán Gallego, Solís se dejó imponer «de forma vergonzosa» las condiciones de abandono del Sáhara y los tiempos de la operación, lo que permitió el avance de la «Marcha Verde» sin resistencia española y la eliminación del peligro que más temía Marruecos: una posible alianza entre España y Argelia para defender el territorio. Así, incumpliendo los mandatos de las Naciones Unidas, nuestro país abandonó a su suerte a los saharauis (véase «El mito de la transición. La crisis del franquismo y los orígenes de la democracia: 1973-1977», Crítica, Barcelona, 2008, págs. 204-206). Teniendo en cuenta, no obstante, además de lo anterior, la escasa preparación y dotación del Ejército (mantenido bajo mínimos por el Caudillo, receloso de cualquier poder) y la poca confianza de los mandos superiores en sus oficiales (la revolución de los claveles portuguesa se hallaba muy próxima), ¿pudo haberse hecho otra cosa? Bueno, la pregunta ya sólo importa a efectos del honor nacional, lo que desde luego no es poco, si bien resulta más interesante extraer de aquellos hechos algunas lecciones provechosas.

Según la perspectiva de los intereses estadounidenses, Marruecos es mucho más importante que España: he aquí la primera lección. Si en 1975 se trataba, mediante el espléndido regalo del Sáhara, de cimentar una sólida relación americano-marroquí en perjuicio no sólo de España, sino también, por motivos distintos, de Francia y Argelia, no parece que la situación haya variado hoy gran cosa. Desde aquella fecha, sin duda, las relaciones económicas hispano-marroquíes se han ampliado, dentro del marco de la Unión Europea, considerablemente: tenemos importantes inversiones en Marruecos y aproximadamente un millón de súbditos de Mohamed VI viven entre nosotros como inmigrantes. Es bueno que las relaciones crezcan y se diversifiquen, comprendiendo igualmente las de índole cultural. Ahora bien (y ésta es la segunda lección), que no se nos olvide que, ante cualquier contencioso con Marruecos que requiera una solución militar, estaremos fundamentalmente solos. ¿Puede imaginarse un escenario tal? Así lo creo, habida cuenta del opaco e inseguro sistema político marroquí y de las pulsiones nacionalistas que el rey cabe que excite para sublimar conflictos internos.

La pérdida del Sáhara hace 35 años supone, por la forma en que se produjo, una herida en nuestra memoria histórica y una quiebra difícilmente reparable de la confianza en nuestro vecino del Sur (tercera lección). Sin embargo, el Sáhara ha sido una pieza cinegética que Marruecos no acaba de engullir y digerir; y francamente: no creo que debamos ayudarle en dicho proceso. Tampoco hemos de sentirnos en deuda con los saharauis más allá de los aspectos de ayuda humanitaria. Atengámonos, pues, a las resoluciones de la ONU y dejemos que el tiempo siga haciendo su lenta y persistente obra de desgaste político y económico sobre las espaldas de los marroquíes (cuarta lección).

El bloqueo de la frontera melillense producido durante algunos días de los meses de julio y agosto constituye también un motivo de preocupada reflexión y nos proporciona una última lección sobre las difíciles relaciones con Marruecos. Aparentemente el conflicto surgió desde la «sociedad civil» (?) de la zona aledaña contra determinadas actuaciones de la policía española que controla el acceso a la ciudad autónoma. Los medios de comunicación, sin embargo, pusieron de relieve el desconcierto del Gobierno de Rodríguez Zapatero, que ignoraba los verdaderos motivos del inopinado descontento marroquí. Esos mismos medios barajaron la posibilidad de que todo fuera una medida de presión relacionada con la vieja cuestión del referéndum de autodeterminación del Sáhara, respecto de la cual, y ante el punto muerto existente, hemos recibido una petición de ayuda por parte de la ONU. El caso es que ante la perplejidad gubernamental el Rey don Juan Carlos mantuvo una conversación telefónica con Mohamed VI, lo que fue muy aireado y celebrado por Marruecos como una victoria psicológica, estableciéndose seguidamente un calendario de peregrinaciones a Rabat: el Director General de la Policía y de la Guardia Civil (18 de agosto), el Ministro del Interior (23 de agosto) y en breve el propio Rey de España. El señor Rubalcaba, tras entrevistarse con su homólogo marroquí, es recibido en audiencia por el rey Mohamed VI en su residencia de Casablanca (la única foto difundida de la entrevista muestra al Ministro escuchando obsequiosamente a Su Majestad) y convoca luego una rueda de prensa sin preguntas, dando por superados todos los incidentes. Finalmente, el PSOE, con el apoyo de IU, ERC y CiU, impide el debate del conflicto en sede parlamentaria. Se invocan razones de «responsabilidad», «prudencia» y «lealtad» a la vista de los importantes intereses de todo orden que vinculan a ambos países (véase el «Diario de Sesiones del Congreso» del propio 23 de agosto).

Hay aquí, una vez más, un error de base en el que incurren nuestros dirigentes políticos. Precisamente porque Marruecos es un capítulo esencial de nuestra política exterior, de ningún modo puede escapar al control de las Cortes. Utilizar exclusivamente los mecanismos de la diplomacia secreta sólo puede beneficiar a un régimen tan escasamente democrático -y por ello de conducta imprevisible- como el marroquí. ¿Cuándo aprenderemos, además, la lección de que en un sistema parlamentario la responsabilidad consiste justamente en la disposición a responder ante los representantes del pueblo?

RAMÓN PUNSET CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO

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