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Carta abierta de un Tirador de Ifni Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Manuel Jorques Ortiz
Escrito por Manuel Jorques Ortiz   
sábado, 05 de enero de 2013
Índice del Artículo
Carta abierta de un Tirador de Ifni
El campamento de reclutas
El cañón sin retroceso
A primera línea
Id Nacus
El Cuartel de Tiradores
'Cola Camello'
Epílogo

Id Nacus

Después de dos meses en aquella posición nos bajaron a otra en retaguardia, creo que se llamaba Id Nacus o algo así. En esta posición éramos más de mil y a mí me nombraron responsable de la cantina. Una vez instruido por el cabo anterior y habiéndome nombrado tres soldados para que sirvieran en la barra me responsabilicé del suministro, de los ingresos y de los gastos.

Mi vida aquí tampoco fue muy placentera, pues atender una cantina con más de mil potenciales clientes no era moco de pavo. Todos los días tenía que bajar al pueblo a comprar suministros llenando de toneles de vino, bebidas y latería medio camión. Toqué más dinero que en toda mi vida, pues la cantina era una fábrica de hacerlo, sobre todo el día de paga de quincena, aquello se ponía imposible. Liquidaba las cuentas a un sargento medio analfabeto, que cada vez que la hacíamos maldecía al anterior cabo responsable, pues las ganancias que yo le presentaba y las que le presentó el otro no se parecían en nada.

Tampoco aquí tuve suerte con el “dormitorio”, pues aun cuando tenía un catre en la trastienda no lo pude disfrutar, ya que la primera noche las ratas me pasaban por todos los lados, las había a montones, pues acudían al olor de los diferentes productos que almacenábamos, sólo el ruido que producían al intentar entrar en la latas con galletas te hacía imposible conciliar el sueño. Visto lo visto decidí fabricarme mi propio dormitorio, cogí dos cajas grandes de tabaco, me las llevé a campo abierto y extendí mi “fabulosa” colchoneta encima… ¡cama hecha!. Y con las estrellas como techo. 

Nada más acostarme el primer día oí ruidos que se acercaban, eran dos soldados que llevaban una cama para el teniente, que le había pasado como a mí y que como yo había decidido dormir también bajo las estrellas. Colocaron el camastro al lado de mis cajas de tabaco y al poco tiempo apareció el teniente con el cual mantuve una cierta amistad, pues nos contamos todo lo contable durante las semanas en que tan cerca dormimos.

No me arrepentí nunca de lo hecho, pues a uno de los cantineros llamado Irastorza le mordió una rata y lo tuvieron que bajar al hospital.

A millares las había en Id Nacu.
A millares las había en Id Nacus.

Las ratas en Id Nacu eran un verdadero problema, las había a miles, anidaban en la gruesas paredes de tierra de las kábilas a medio derruir, se alimentaban de los desechos de cientos de soldados, eran enormes y tanto yo en cantina como en cocina teníamos que tener extremo cuidado con nuestras existencias. En cierta ocasión lograron entrar en el almacén de la cocina y destruyeron centenares de huevos. Tantas había que se nombró un equipo de extinción. Su técnica era la siguiente, ponían ratoneras y una vez que las cazaban colocaban la dicha ratonera muy cerca de una madriguera, impregnaban de gasolina al animal y le prendían fuego a la vez que abrían la puerta. La rata se introducía ardiendo en la madriguera y la verdad es que daba resultado. En cierta ocasión y en otra posición en la que estuve tenía al lado de mi cama una enorme madriguera por la que entraban y salían ratas a mansalva. Unos compañeros “exterminadores” hicieron lo indicado y resultó de fábula, lo malo fue que el hedor que despidió durante semanas el dichoso agujerito era insoportable.

Bueno, mi vida como cantinero resultaba agotadora, pues aunque comía bien eran muchas las horas de trabajo. Como sabes todas las mañanas bajaba al pueblo a por suministro, pues bien, en cierta ocasión y ya de subida a Id Nacu empezamos a ver con extrañeza que la rambla que debíamos cruzar varias veces llevaba algo de agua, lo malo fue que en la siguiente ocasión el nivel había subido sustancialmente, a pesar de todo el chófer se atrevió a cruzarlo, pero una piedra que cubría el agua interrumpió la marcha del camión, el cual se paró al mismo tiempo que se inclinó empujado por la corriente, asustados , los cinco o seis que viajábamos en la caja nos bajamos, el agua nos llegaba casi al pecho, casi nos arrastraba, la orilla estaba a unos diez metros, menos mal que cogidos fuertemente uno con otro pudimos llegar. El camión, ya sin nuestro peso, comenzó a dar vueltas y vueltas destrozándose el continente y el contenido. Pero el problema subsistía, resulta que estábamos al pie de un monte extremadamente empinado, había que escalarlo si queríamos salir de aquel aprieto, yo no he rezado más en mi vida, destrocé las rodillas de mis pantalones, perdí una bota, pero al fin pude escalarlo. Busqué la posición más cercana y todavía tuve que cruzar otra vez la rambla, pero esta vez a lomos de una mula…¡cómo nadan las mulas”!. Te juro que jamás me he visto en un apuro más gordo que aquel. Posteriormente tuvimos que declarar para ver si el chofer había tenido culpa o no. Aleccionados por el teniente todos declaramos lo mismo exculpándolo y no le pasó nada, aunque ya no le dieron otro camión.


 
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