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Mis relaciones con Marruecos: Ifni Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Alejandro J. Domingo Gutiérrez   
sábado, 08 de febrero de 2014
Índice del Artículo
Mis relaciones con Marruecos: Ifni
Accidentado bautismo aéreo
Cómo era Sidi Ifni
El porqué estaba yo allí
Lo que vi camino de la 'Huerta Madame'
Cómo era la 'Huerta Madame' y la vida que se hacía en ella
De como se deterioró mi convivencia con los compañeros
De como pude morir o quedar malherido
Mis diversiones en Sidi Ifni
Extraña epidemia de fimosis en el destacamento
De cómo por unas horas me convierto en el Jefe del Tabor
De la guerra de Gila a la diarrea del enemigo
29 de Febrero. Agadir ¿Pesadilla o Realidad?
De como pudimos volvernos locos
¿Es la langosta un manjar delicioso?
Cirujano a la fuerza
¡¡Esto se acaba, ya no hay quien lo pare!!

Cómo era la 'Huerta Madame' y la vida que se hacía en ella

Al salir de una revuelta, la pista se metía entre dos montes, uno más alto y otro más bajo y en la ladera de este último se divisaba una edificación de barro y paja que era el final de nuestro viaje. Al acercarnos más la vimos rodeada de alambradas y guarnecida por puestos de centinela, uno de los cuales nos franqueó la entrada al recinto. La edificación, estilo musulmán, contaba con un patio descubierto al cual se abrían las distintas habitaciones que albergaban los dormitorios de oficiales, suboficiales, tropa, almacén, cocina, servicios, botiquín y comedor, siendo la cubierta del edificio de tierra y paja, como la de todas las construcciones de la zona.

Alli fui recibido por los que iban a ser mis compañeros de posición durante unos cuantos meses, por dos tenientes de Regulares, uno de ellos de apellido Serrano y de mote "el gordo", por el "pater" del Tabor, el teniente capellán Pedro Martinez Madrid , por el sargento Cubo,segoviano como yo, por algun cabo primera y bajo la curiosa mirada de quince o veinte soldados de reemplazo que se repartían las guardias y servicios. Un dormitorio era compartido por los cuatro tenientes,otro por el suboficial y cabos primeros y en los restantes dormían los soldados.

Argán.¿Cómo era nuestra vida en la "Huerta Madame"? Pues muy parecida a como lo era en las demás posiciones ocupadas por las tropas españolas en el territorio y los adjetivos de monótona, aburrida y tediosa reflejan cabalmente la calificación que esa vida merecía. Y si mis lectores quieren formarse personalmente su opinión vamos a ver lo que haciamos cada uno de los integrantes del grupo.

Empezaremos por los soldados que yo creo que eran los que tenian una mision mas clara y trabajo mayor.

Su labor era la de cubrir los cinco o seis puestos de centinela que existían, en turnos de dos horas, y ayudar en las tareas cuartelarias de limpieza, cocina, botiquín, etc. El sargento Cubo tenía la misión de coordinar todas esa labores que realizaban los soldados  excepto las guardias, además de asegurarnos la comida diaria de todos manteniendo a punto despensa y cocina. Los cabos primera eran los encargados de mantener la disciplina y moral de la tropa, cuidando, sobre todo, que los centinelas se mantuvieran despiertos durante las guardias. Pero se me hace mas difícil describir la vida de un oficial en un destacamento de este tipo, pues su misión es tan limitada y reducida que la resumiríamos diciendo que allí están para simplemente estar, por si ocurre algo. En vez de empezar relatando la vida de los oficiales de la ¨Huerta Madame¨, que estaban en esa época allí destinados, desde que se levantan por la mañana. Comenzaré por lo que hacían a partir de las ocho o nueve de la noche en que terminaban la cena, A esa hora se reunía con nosotros el capitán que mandaba una posición cercana y en el dormitorio de oficiales se instalaba el salón de juegos donde el citado capitán, los dos tenientes de Regulares y el ¨páter¨, sentados en el borde de las camas, con una mesita en medio, comenzaban la partida de póker que se prolongaba hasta el amanecer, momento en que el capitán ya podía volver a su posición puesto que por la noche no se podía salir de las posiciones. Mientras el oficial médico que suscribe, a la luz de la lampara de gas que nos alumbraba, estudiaba una de las muchas oposiciones que aprobó en esos años y solo, cuando ya le vencía el sueño, lograba dormir algún rato con la música de fondo de los comentarios de los jugadores. De esa experiencia creo que viene mi aversión hacia los juegos de azar y de mesa y de que desde entonces no haya vuelto a coger una carta para jugarme, a un simple tute o brisca, el cafe o la honrilla.

Desde el improvisado casino los tenientes pasábamos a desayunar y antes, algún día, no todos, nuestro compañero Pedro decía esa misa que suelen oficiar los sacerdotes castrenses en menos de un cuarto de hora. Acabado el desayuno los tenientes volvían al dormitorio a dormir, y yo a pasar el reconocimiento diario que consistía en ver a uno o dos soldados de la posición o alguno más que bajaba del punto de apoyo que estaba situada en lo alto del monte, que pueden ver en la fotografía donde yo poso con el uniforme de Regulares. En esa cota estaba el puesto de mando del tabor con el Comandante Urreta y sus ayudantes Herreros de Tejada, Manso y otros que ya no recuerdo.

A la hora de la comida todos en sus puestos para dar buena cuenta de lo que nos habia preparado Cubo y los soldados cocineros. Un primer plato de cuchara, judías, lentejas o garbanzos, que no se parecían mucho a los que preparaban nuestras madres o abuelas pero que se podía comer. Y de segundo carne que, aunque comestible, tampoco tenía el sabor y textura de los solomillos de Moaña, que yo tomaba durante mi estancia en Galicia, o del rico asado que podía comer en el mesón de mi primo Dionisio Duque en Segovia. Precisamente, y referente a la carne, llegué a Ifni con el miedo que entrara en la alimentación del destacamento la obtenida del camello, que me habían dicho que era fibrosa y dura, pues los animales destinados al sacrificio eran los viejos que ya no servían para otros menesteres. Al mes de llevar comiendo el menú de Cubo comenté, con este, mis miedos anteriores, que se habían disipado al ver que la carne que comíamos era de cordero, ternera o vaca pero no de camello. Mi paisano sargento me miro fijamente, sonrío un poco y me dijo la verdad que yo no había percibido, que casi toda la carne que había comido desde mi llegada era de camello.

Con el uniforme de Regulares. Detrás el punto de apoyo de la posición.Por la tarde, en compañía del páter, daba un paseo por los alrededores de la posición, pero sin alejarnos mucho por medidas de seguridad. A pesar de que se había firmado en Cintra. unos meses antes, un acuerdo de alto el fuego entre los contendientes, la realidad es que estábamos en primera linea defendiendo cada uno sus posiciones y cualquier ruido o maniobra sospechosa que viniera del otro lado daba lugar a disparos de los centinelas que aunque la mayor parte de las veces acababa con la muerte de un burro que había traspasado las alambradas, en otras los que sufrían los efectos del disparo era personas amigas o enemigas.

Mientras tanto, los tenientes se dedicaban a rellenar partes dirigidos al mando en que se comunicaba que no había novedad, que habían pernoctado tantos, siempre los mismos, que se habían efectuados los relevos de los centinelas dentro de la normalidad, como no podia ser menos, y que estaban rebajados de servicio algunos de los que habian pasado por el reconocimiento matutino. Y acabada su misión diaria su dedicación era la de escribir a la familia o charlar entre ellos de cosas de la milicia o personales delante de un vaso no precisamente lleno de agua.

Sin referirme concretamente a mis compañeros de destacamento, pues ya no recuerdo si bebían mucho o poco, si tengo que escribir algo acerca de lo mucho que se bebía en las posiciones o en la capital. Las muchas horas de ocio y de aislamiento se llenaban consumiendo ron, ginebra o whisky y los efectos a corto y largo plazo pude comprobarlos como persona y como médico. Como persona, en la convivencia diaria, pues personas que eran atentas, educadas y hasta agradables, a medida que el alcohol iba entrando en sus cuerpos se volvían agresivas, insoportables, pendencieras y patosas, sufriendo, los que no habiamos bebido, su cambio de conducta. Como médico las consultas por gastritis agudas alcohólicas eran el pan nuestro de cada día, pero, lo que es peor, años después tuve que tratar de úlceras gastricas y cirrosis a muchos de los que conocí durante mi estancia en Ifni o Ceuta, enfermedades crónicas que con frecuencia acababan con su vida a edades tempranas. Yo creo que estas experiencias, obtenidas de mis destinos en destacamentos, cuarteles y residencias africanas, han sido las causantes que sea abstemio de bebidas fuertes y apenas beba alguna cerveza los fines de semana o ninguna si tengo que conducir.

A mi regreso, y antes de cenar, solía charlar con algunos de los soldados de su vida antes de incorporarse al Ejército, de su futuro cuando regresaran a España, y escuchando algunos de los problemas que tenían con sus mandos servía un poco de intermediario, cerca de estos, para tratar de solucionarlos.


 
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