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Ruta vintage por el Sahara Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Miquel Silvestre   
lunes, 02 de junio de 2014

Fuente: El Viajero (El País)

En moto por la desértica península Río de Oro (Sáhara Occidental). / M. Silvestre
En moto por la desértica península Río de Oro (Sáhara Occidental). / M. Silvestre

Desde Agadir a Sidi Ifni la carretera que atraviesa el parque nacional de Sous Massa es estrecha, revirada y pasa por pequeñas aldeas de casas bajas y ropa tendida, con niños y ancianos con chilaba. La ruta asciende por unas colinas que verdean aquí y allá y de pronto aparece el resplandor azulado del mar a la derecha. Pueblos blancos y rocas ocres. Conducir la moto por aquí es muy divertido. No hay apenas tráfico y la carretera, aunque estrecha y sin arcenes, está razonablemente asfaltada.

Al atardecer aparece la villa de Sidi Ifni. Es una localidad tranquila, apacible, al borde de un océano que aquí se agita en espuma y olas para deleite de surfistas. La neblina lo envuelve y la temperatura es fresca pues disfruta de un microclima que lo protege de la torridez del territorio circundante. Pero Sidi Ifni es más que una pintoresca localidad marroquí: fue el breve sueño de una ciudad española en África.

Hay un aeropuerto abandonado. Las fotos de época lo muestran con un avión de Iberia en la pista, hoy totalmente destruida. En el puerto quedan los imponentes restos oxidados de un teleférico militar construido para abastecer una ciudad que fundaría, para la Segunda República, el general Capaz.

El viejo pueblo español está medio deshecho. La antigua Plaza de España se llama hoy de Hassan II, aunque muchas calles siguen dedicadas a militares como el general Mola o el suboficial Zabala. Los viejos edificios aparecen vacíos y descuidados.

España libró aquí su última guerra, dentro del proceso de descolonización de África, que abarcó la segunda mitad del siglo XX. Entre noviembre de 1957 y julio de 1958, combatió contra el Ejército de Liberación Marroquí, una milicia irregular apoyada por Marruecos, país que, desde su reciente independencia en 1956, pugnaba por ampliar su territorio ocupando las posesiones españolas en el norte de África. España abandonó la provincia de Ifni por los Acuerdos de Angra de Cintra en 1958, pero mantuvo la población hasta la cesión definitiva, en 1969.

La cuna de 'El Principito'

Dejamos Sidi Ifni y nos dirigimos hacia el sur por la N12 recorriendo sinuosos cerros de color ocre y verde. La carretera es retorcida, divertida y de asfalto estrecho pero en buen estado. Me cruzo con borricos, viejos coches de gasolina y ciclomotores desvencijados. Aunque la economía marroquí crece a un 8% anual, algo que advierto en las ciudades, los pequeños pueblos que atravieso parecen dormir el sueño de hace un siglo.

Rumbo a Tan Tan la ruta se aplana y el llano se me ofrece infinito. El horizonte es una línea marrón que choca contra el intenso azul del cielo. Un cielo metálico con ribetes de algodón muy blanco. Son las nubes, que no detienen un sol que se va poniendo poco a poco clavándose en mis ojos al llevar rumbo suroeste. Estamos en el desierto. Esto ya es el Sáhara, aunque la frontera administrativa esté mucho más al sur. El camino se hace largo, arenoso, interminable, agotador y algo aburrido.

Soledad en Cabo Bojador (Sáhara Occidental). / M. Silvestre
Soledad en Cabo Bojador (Sáhara Occidental). / M. Silvestre

Hasta que aparece el mar. Entonces la retina se llena de alegría. Un Atlántico embravecido se agita a mi derecha. La marea está baja, la arena húmeda relumbra bajo el sol naciente como plata vieja. Sin embargo, una sombra afea el paraíso: el plástico. Toneladas de desechos se acumulan a lo largo de la línea costera. Hace unos cinco años que pasé por aquí en mi viaje a Dakar y ha sido un lustro desastroso: el horizonte se ha llenado de basura.

A unas decenas de kilómetros la ruta se aparta del litoral para proteger el parque nacional de Khnifis, donde se encuentran las lagunas de Naila. Y entonces aparece Tarfaya. Se encuentra en Cabo Juby. La población se llamó en tiempos Villa Bens y fue una de esas posesiones españolas en el Sáhara. El origen de nuestra presencia aquí se remonta a 1916, cuando el capitán Francisco Bens fundó la población para que sirviera como escala aeronáutica; aquí repostaban los aviones en su ruta entre Europa y América. Por eso, con beneplácito de las autoridades españolas, aquí se instaló la compañía francesa Aéropostale, que tenía su sede en Toulousse.

El monumento a Saint de Exupery consiste en un avioncito biplano en la playa. Hasta allí me voy con la moto, que cabecea en la arena. Me hace ilusión rendir homenaje aquí a uno de los escritores que más me han influenciado con un solo libro, el magistral El Principito: pasando por cuento infantil es, en realidad, un tratado de filosofía completo que hace reflexionar sobre cosas importantes de la vida.

Antoine de Saint Exupery fue nombrado jefe de escala en Tarfaya en 1927 por la compañía Aéropostale. Gracias a ello, se mantiene su recuerdo en el Sáhara. Sentado a los pies del monumento mientras contemplo las ruinas de la fortaleza fundada en 1879 por la británica Compañía del África Noroccidental, imagino la soledad del piloto francés, rodeado de sol y arena. Así era el escenario donde al narrador se le presentó un extraño niño venido de otro planeta. Aislamientos semejantes son los que hacen que los hombres inquietos alumbren los grandes sueños de evasión. En Tarfaya, Antoine de Saint Exupery escribió su primera novela, Correo del Sur.

Tah, frontera invisible

La línea costera antes de llegar a Tarfaya es una maravillosa sucesión de acantilados contra los que bate un océano azul y blanco. Imposible resistir la tentación de asomarse al vacío, de atreverse a sentir esa fatal atracción que ofrece el riesgo bello. El eco del Atlántico bravío resuena a mi alrededor mientras recorro el borde mismo entre el ocre pedregoso y el sutil agujero sobre la nada marina.

Acantilados cercanos a Tarfaya, al sur de Marruecos. / M. Silvestre
Acantilados cercanos a Tarfaya, al sur de Marruecos. / M. Silvestre

A pocos kilómetros al sur de Tarfaya se encuentra Tah. En este pequeño pueblo, aldea más bien, hay una gasolinera no siempre abastecida y un monumento que a la mayoría de los viajeros les pasa inadvertido. Al menos así fue en mi anterior periplo por estas tierras. Consiste en dos rampas de piedra de poca altura a ambos lados de la carretera. Poca cosa. Una está dedicada a Hassan I y la otra a Hassan II. Los viejos las usan para sentarse a resguardo del sol. Casi nadie repara en ellas porque Tah no parece más que una aldea con una gasolinera mal abastecida, aunque en realidad es la frontera del Sáhara Occidental.

Hasta aquí llegaba el protectorado español. Aquí acampó la Marcha Verde en 1975 y por eso han levantado el monumento. La ONU había reconocido el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui e instaba a España, como potencia colonial, a respetarlo. Las autoridades españolas sugirieron la realización de un referéndum; la respuesta de Marruecos fue la Marcha Verde: 350.000 civiles y 25.000 militares se acantonaron en Tarfaya en noviembre de 1975 dispuestos a cruzar la frontera. El 14 de noviembre se firmaron los Acuerdos de Madrid por los que España cedía la administración del Sáhara a Marruecos y Mauritania. Unos días después moría Franco y la transición política en España dejó en un plano secundario lo que pasaba tan lejos. Desde entonces Tah es una frontera invisible, la frontera del olvido.

Al Aaiun

La ciudad de Al Aaiun surge en mitad de la nada como lo que siempre fue: un oasis. El centro urbano está al otro lado del puente que cruza el río. Pero para llegar hasta él hay que cruzar también una serie de controles de la gendarmería que piden todos los documentos posibles: pasaporte, seguro, permiso de circulación y la ficha, que no es sino un papel donde el viajero extranjero ha de escribir sus datos y los del vehículo, profesión, lugar de origen y destino. Conviene hacer de esta ficha más de 20 copias porque los controles son una constante en el Sáhara Occidental. No son hostiles, solo pelmas.

Rodando por la playa en la bahía de Dajla (Sáhara Occidental). / M. Silvestre
Rodando por la playa en la bahía de Dajla (Sáhara Occidental). / M. Silvestre

Normalmente los gendarmes reales en esta región son amables y educados y solo cumplen con su trabajo. Todo el Sáhara es territorio militarizado. Marruecos mantiene 350.000 hombres en el desierto y al pasear por Al Aaiun uno tiene la impresión de que al menos la mitad están acuartelados aquí. Hay miles de uniformados, también población foránea que circula en grandes todoterrenos blancos con letras azules pintadas en las portezuelas en las que se puede leer ONU. Son los cascos azules de la Minurso, la misión de Naciones Unidas encargada de velar por el alto el fuego entre el Frente Polisario y el Ejército Marroquí.

Al Aaiun fue una capital de provincia española hasta 1976. Actualmente, España mantiene la propiedad de una serie de edificios, como la iglesia de San Francisco, abierta al culto, el Centro Cultural y la Casa de España, antigua residencia de oficiales y que hoy es la única oficina de representación extranjera abierta en el Sáhara.

La ciudad fue fundada en 1938 en la margen izquierda del Saguia el Hamra por dos oficiales que exploraban el Sahara, el comandante Galo Bullón y el teniente coronel Antonio de Oro Pulido, genuinos aventureros del desierto que hablaban árabe y el dialecto de los saharauis, que habían convivido durante años con ellos, que aprendieron a montar en camello y que, en definitiva, se sentían auténticos nómadas.

Villa Cisneros

El desierto y el mar son los paisajes más cambiantes que conozco. Nunca son iguales a sí mismos. Cada kilómetro es diferente al anterior. Incluso el mismo kilómetro es cambiante cada hora que pasa. No hay dos desiertos iguales, como no hay dos océanos idénticos. El desierto nunca aburre. Sobrecoge, estremece, inquieta, pero nunca aburre.

En la maravillosa península del Río de Oro, el horizonte se torna dorado bajo el sol del atardecer. Se extiende en un mar de arena del color del oro viejo, un océano plano que se agita aquí y allá en olas de silicio molido. Son las dunas, esas colinas móviles que forma el viento que aquí ruge feroz y sin desmayo, ese viento que alza las polícromas velas de los kitesurfistas que surcan a toda velocidad la bahía de Dajla, ciudad también conocida como Villa Cisneros, mi destino final.

Faro de Dajla, la antigua Villa Cisneros, destino final de la ruta. / M. Silvestre
Faro de Dajla, la antigua Villa Cisneros, destino final de la ruta. / M. Silvestre

Capital de la provincia del Río de Oro hasta que en 1976 fue tomada por los mauritanos tras la marcha de la población española, cuando aquellos también se fueron entraron los marroquíes. Actualmente no queda casi nada del legado colonial, salvo un par de fortines abandonados y una iglesia que los saharauis defendieron al considerarla parte de su propio pasado.

Emilio Bonelli nació en 1855. De padre italiano y madre española, y educado en Tánger donde un tío suyo era farmacéutico, aprendió árabe, lo que le salvaría la vida cuando quedó huérfano muy joven y encontró trabajo como traductor en el consulado español de Rabat. Llamado a filas, consiguió superar las pruebas de acceso a la Academia de Infantería de Toledo y alcanzó el grado de oficial. Pero Bonelli tenía un plan. Su idea era establecer una serie de puestos españoles en el Sáhara para auxiliar a los pescadores de las islas Canarias. La propuesta fue desestimada por el ministro de la guerra, pero el intrépido oficial se presentó directamente en el despacho del Presidente del Consejo de Ministros, Cánovas del Castillo, quien quedó decidió financiar su expedición con 7.500 pesetas.

En 1884 Bonelli desembarcó en la península del Río de Oro. Gracias a su conocimiento del árabe y a su habilidad diplomática, negociaría con las tribus para que aceptasen la autoridad española, lo que supondría el inicio del protectorado español en el Sahara occidental.

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