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Primera acción real de la Brigada Paracaidista: «Operación pañuelo» (Pedro Motas) Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Pedro Motas   
sábado, 20 de agosto de 2016

Fuente: General Dávila

Queridos amigos: permitidme que os haga partícipe de algo que llevo en mi interior y que hace sentirme orgulloso. Se trata del emotivo relato que un íntimo amigo mío, Alfredo Prieto Villota (Que en Paz Descanse y que nuestro Cristo de Ánimas de Ciegos – Dios lo tenga en su Gloria), realizó en su diario personal y que cariñosamente me dedicó. Era amigo de sus amigos, un veterano íntegro, amable, extrovertido, buena persona e igual profesional, que amaba el ejército y el paracaidismo… Lo conocí años después de licenciarme, nos hicimos grandes amigos, siempre con el carácter que nos unía: haber servido en la misma Unidad, aunque en diferentes fechas.

En fin, os dejo con su relato.

Como siempre, un abrazo.

Pedro Motas

Aquellos tres años…
Aquellos tres años…

Primera acción real de la Brigada Paracaidista: «Operación pañuelo»

El 29 de noviembre de 1957, 75 hombres de la séptima compañía de la segunda bandera fueron lanzados en su primer salto de guerra sobre el fuerte de Tiluin, en Ifni, para ayudar en la defensa de los asediados. Tras caer entre el fuego enemigo, resistieron a la espera de que llegasen refuerzos que los sacaran de un infierno casi olvidado.

Los paracaidistas embarcan hacia «un destino incierto». Estaban a punto de entrar en la historia y de cumplir con éxito su misión.

El teniente Antonio Ortiz de Zárate, después de arengar a sus hombres, se gira, firme y seguro, y mirando a los que les despedían, sentencia: «Entraremos en Tzelata o en el cielo».

Su sección se dirigía a liberar ese zoco. La situación en la zona se había vuelto insostenible. Los constantes ataques de los rebeldes marroquíes sobre las posiciones, hasta entonces españolas, habían derivado ya en una guerra abierta en la que peligraba gravemente la continuidad de la zona como provincia española. 

Teniente Ortiz de Zárate
Teniente Ortiz de Zárate.

Era el 23 de noviembre de 1957 cuando la sección del teniente Ortiz de Zárate parte con tres camiones, una ambulancia, una sección de ametralladoras y personal de transmisiones y zapadores. Poco antes de llegar a su destino, y tras un viaje lleno de trabas, la sección es recibida por el Ejército de Liberación Marroquí con fuego cruzado intenso, que obliga a Ortiz de Zárate y a sus hombres a parapetarse en un alto.

Ante la imposibilidad de alcanzar el objetivo, la sección trata de fortificarse en su posición. El 26 de noviembre, el teniente Antonio Ortiz de Zárate, fruto del acoso al que estaban siendo sometidos, cae mortalmente herido, convirtiéndose en el primer héroe de la Brigada Paracaidista.

Pallás, fundador de la Brigada, acuñó sus gritos: “¡sobre nosotros! ¡Dios!, ¡con nosotros! ¡la victoria!, ¡en nosotros! ¡el honor!, ¡triunfar o morir!”

No muy lejos de allí, dos días después, los compañeros de la séptima compañía, que recibían noticias de lo que ocurría, se dirigen al capitán Sánchez Duque y le sugieren que deberían ir en ayuda de los hombres de Ortiz de Zárate, que siguen resistiendo. El capitán les niega la petición, y les asegura que se les ha encomendado otra misión.

Desde las primeras horas del 23 de noviembre, el fuerte de Tiluin padece las constantes acometidas de las partidas rebeldes, que se parapetaban en la cercana frontera del Marruecos francés, zona que la aviación española respetaba. La misión es reforzar la guarnición del fuerte a la espera de la llegada de la Agrupación Táctica terrestre.

Fuerte de Tiliuin.
Fuerte de Tiliuin.

A las cinco de la madrugada del 29 de noviembre, los ansiosos setenta y cinco hombres son despertados y se les ordena que se equipen para el combate. El padre Cabrera les invita a confesarse, «porque el final es incierto». Poco después, nerviosos, llegan a los aviones Junkers que les trasladarán a su destino. «Dentro del avión tuvimos que esperar un buen rato, porque tenían que venir de Canarias cinco Heinkels 111, bombarderos a los que familiarmente llamábamos «Pepes», para apoyarnos en el salto». Comenzaba la «Operación pañuelo», después de que el mando tomara la decisión de realizar el asalto a las diez de la noche del 28 de noviembre.

El ambiente era tenso, «teníamos mucho miedo, pero sabíamos perfectamente dónde nos metíamos. Estábamos entrenados para ello y éramos voluntarios en la Brigada». Hacia las diez de la mañana, los cinco Junkers, con quince hombres cada uno, se dirigen al fuerte de Tiluin, asediado por las mismas fuerzas que seguían azotando a la sección de Ortiz de Zárate. De hecho, camino del fuerte sobrevuelan la zona donde sus compañeros resisten estoicamente a la espera de ayuda, pero pasan de largo. Su misión es otra.

Cerca ya de su objetivo, los Junkers van llegando por turnos. En el primero de ellos, escoltado por dos Heinkels que van «limpiando el terreno» de posibles enemigos con ráfagas de ametralladora; y yo, dentro de la sección que comandaba el propio capitán Sánchez Duque, espero el turno para saltar.

A doscientos metros del suelo, la altura mínima posible, son lanzados los quince hombres que componían la patrulla. El paracaídas se abre a una altura equivalente a dos pisos, apurando hasta el límite para evitar el posible fuego enemigo. Han caído más lejos de lo previsto. Aunque todos caen fuera del fuerte, como estaba planeado, la primera patrulla se va demasiado lejos. Al tocar suelo, la impresión me pone los pelos de punta, que por aquel entonces contaba sólo con veinte años. «Aquello era un infierno. Veíamos por todos lados fogonazos enemigos, el ruido era tremendo y el capitán sólo nos decía que corriéramos». «Sólo repetía que había que entrar en el fuerte como fuera. De hecho, otro compañero se puso en tierra para repeler el ataque, pero el capitán le gritó que dejara de disparar y que corriera hacia el fuerte». Corrían por el pedregoso terreno entre las balas de ametralladora del enemigo, bajo el estruendo de los aviones que les habían lanzado y con el único objetivo de alcanzar el fuerte vivos. Milagrosamente, ninguno fue alcanzado. «Sólo tres de los que nos tiramos sufrieron lesiones en los tobillos, con lo que nos tuvimos que repartir su carga y estar pendientes de ellos. A mí me tocaron las cartucheras de uno».

Paracaidistas preparados para el salto
Paracaidistas preparados para el salto.

Cuando ya se acercaban a la ansiada puerta de la fortificación, un oficial sale presuroso del interior y les grita que se detengan. «Salió y nos dijo que entráramos en fila india, porque los alrededores estaban minados. Así que con la ansiedad, las prisas y el fuego enemigo acosándonos, tuvimos que ponernos en fila y entrar con cuidado». Por fin, los setenta y cinco hombres estaban dentro del fuerte. El primer salto de guerra de la Brigada Paracaidista había concluido con éxito. Las dos secciones de la séptima compañía, una escuadra de morteros del 81, un practicante y un sanitario ya estaban en Tiluin.

Pero allí no acababa su cometido. La «Operación pañuelo» tenía como misión reforzar el destacamento de Tiluin con sesenta hombres agotados, para que no cayera en manos del enemigo. Recuerdo que «aquello era agotador, durante el día prácticamente no se veía al enemigo pero, en cuanto caía la noche, los morteros del 108 de los marroquíes no paraban, y cada vez caían las granadas más cerca».

No había comida ni agua, pero cada cierto tiempo aviones españoles lanzaban paquetes sobre la fortificación. El problema era que tenían que ser lanzados desde una altura suficiente para que el enemigo no pudiese alcanzar los aviones, y siendo el fuerte pequeño, sólo el veinte por ciento de los envíos caían dentro del recinto donde resistían los hombres del capitán Sánchez Duque. «El fuerte estaba lleno de munición esparcida por el suelo porque como la lanzaban en cajas desde los aviones, al chocar contra el suelo las cajas, se rompían y teníamos que recoger la munición de cualquier parte».

El fuerte de Tiluin resiste durante los días siguientes bajo el incesante fuego de morteros y fusilería. El tres de diciembre, a las diez de la noche, se escucha el cornetín de la VI bandera de la Legión.

Señores Motas y Prieto.
Señores Motas y Prieto.

Una vez acabado el asedio, los 135 hombres que resistían dentro del fuerte ponen rumbo a Sidi Ifni junto a los legionarios, no sin antes proceder a la voladura del lugar que se había convertido en su infierno personal en los últimos cuatro días. Vuelven sin Ortiz de Zárate, pero la «Operación Netol», ideada para salvar del acoso de las fuerzas rebeldes a ambos grupos se convierte en un éxito.

A partir de aquella fecha, en el Ideario Paracaidista se inscribe la leyenda: ¡Legionarios! en Ifni se abrió el libro de vuestra historia.

El padre Cabrera, capellán de aquellos hombres de Ifni, encontró entre las pertenencias del teniente Ortiz de Zárate una oración que decía: «Haz Señor, que mi alma no vacile en el combate y mi corazón no sienta el temblor del miedo», y añadía: «Quise ser el soldado más valiente de mi Ejército, el español más amante de mi Patria. Perdona mi orgullo, Señor».

Pedro Motas

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