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Mi 'penúltimo' viaje a Sidi Ifni Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Ángel Ruiz García
Escrito por Ángel Ruiz García   
sábado, 17 de diciembre de 2016

La familia, los compañeros, los amigos y conocidos me dicen ¡¡Otra vez, Ángel!! cuando se enteran que vuelvo de Sidi-Ifni, un año más (y van 10). Pero es que allí dejé una parte de mi juventud, en aquella inhóspita tierra hice el servicio militar obligatorio formando parte de aquel cuerpo militar de élite (hoy desaparecido) llamado GRUPO DE TIRADORES DE IFNI y, por azares del destino, al que sin duda colaboraron Franco, Carrero Blanco, Mohamed V y su hijo Hassan, me vi involucrado en una guerra muy desconocida, pero guerra, al fin y al cabo, en donde hubo muertos, heridos, mutilados, desaparecidos y prisioneros y, de la que por otros azares o casualidades, me pilló siempre en primera línea, como protagonista modesto, si se quiere, pero protagonista en toda la extensión de la palabra, pues estuve en todos los "fregados" (como se decía, en el argot cuartelero) tanto en el preámbulo de la guerra (los acontecimientos de Agosto de 1.957) al estar desplegado durante dos semanas con mi pelotón en una cota para evitar penetraciones del latente enemigo desde la frontera con Marruecos, o en el intento de la reconquista de la posición de Tamucha, el día 4 de Octubre siguiente, que había sido ocupado por el ELN infiltrado desde aquella tan próxima línea fronteriza que no era respetada por los marroquíes. Y ya, desde el mismo 23 de Noviembre, en que el enemigo ya declarado y visible intentó tomar el mismo Sidi Ifni (ya tenía copadas las posiciones del interior del territorio) con el ánimo de pasar a cuchillo a sus pobladores y hacerse con el dominio de la plaza. Aquella misma noche, con mis compañeros de la 8ª compañía del II Tabor entramos en fuego y capturamos los primeros prisioneros (entre los que incluso había un par de mujeres). Suma i sigue: Estuve en todas las operaciones militares que se dieron en los meses sucesivos. La toma del vértice Buyarife, la liberación del puesto de Tagragra-Tiugsa y un largo etcétera, siempre combatiendo, siempre con hambre, sed y frío, mucho frío en aquellas noches invernales. Cuando los tiros cesaban, en los momentos de calma relativa, todos nos dedicábamos a cavar trincheras, a fortificar el terreno conquistado para poder hacer frente al enemigo con unas mínimas garantías de seguridad.

De recluta de Tiradores, todavía en el Campamento.
De recluta de Tiradores, todavía en el Campamento.

Aquellas vivencias debieron quedar grabadas en mi cerebro (eso que ahora llaman "disco duro") y no afloraron hasta que hace unos diez años mi hijo me proporcionó hacer un viaje a aquellas tierras con la Asociación Amigos de Ifni... Allí me reencontré con mi pasado militar y fui recordando uno a uno los lugares, las cotas, las posiciones que pateé como soldado; el sitio exacto en el que estando hablando con aquel mocetón al que todos llamábamos "El Catalán" cayó muerto con un tiro en la cabeza cuando estaba hablando conmigo... O el lugar que una vez rebasado, unos enemigos emboscados nos ametrallaron por la espalda... Podría estar contando otros muchos hechos, pero el motivo de este escrito es otro. Se trata de poner de relieve el encanto que en la actualidad tiene para mí la provincia de Ifni, su capital Sidi-Ifni y sus gentes que nos han acogido (a mi esposa Tomasa y a mí) con los brazos abiertos y con esa hospitalidad que el pueblo aitbamaaranis sabe otorgar como nadie. 

Cómo no podía ser de otra forma, este verano de 2.016 hicimos mi esposa y yo un nuevo viaje a Sidi-Ifni, por la misma ruta de casi siempre: Valencia-Madrid, Madrid Agadir y de allí, en un taxi que nos viene a recoger al aeropuerto, conducido por un viejo amigo, por una carretera que cada vez está en mejores condiciones, nos hospedamos en el moderno hotel Safi.

La sorpresa fue, en esta ocasión, que el ifneño Sidi Fabián, al que conozco desde mi primer viaje, ha sido nombrado alcalde de la ciudad; lo fuimos a visitar en su despacho oficial y nos dio tan cordial y efusivo recibimiento, que nos sentimos como si estuviéramos “en nuestra casa”. Nos invitó a los actos gubernamentales que se celebrarían el 20 de Julio, r4ecalcando que íbamos a ser “sus invitados de honor”. Ante nuestras protestas de que en esos actos seriamos unos “intrusos” ante tantas autoridades y personalidades, el señor Fabián nos dijo que él se encargaba de que todos nos trataran muy bien, vamos, como íntimos y queridos amigos. 

Con el Alcalde, en su despacho, sentado en su sillón.
Con el Alcalde, en su despacho, sentado en su sillón.

Después de diversas excursiones por los lugares del territorio tan conocidos y queridos por nosotros, llegó el día 20 de Julio y la una de la tarde para la que estábamos citados a presenciar la inauguración de la Feria que se había montado en la explanada del que fue campo de aviación en la época en que España ejercía su soberanía en estas tierras. A la finalización del acto oficial, las autoridades y mi esposa y yo, con ellas, fuimos hacia el Camping que Fabián (el actual alcalde) tiene desde hace años montado en la Playa, al que ha dotado de un lujoso restaurante que nada tiene que envidiar de los mejores de España.

He de confesar que, entre tanta gente de postín, autoridades locales e incluso de otros puntos de Marruecos, mi señora y yo estábamos cohibidos, sin saber el lugar donde nos correspondía sentarnos en la calidad de invitados del alcalde, que es como allí nos encontrábamos. Azoramiento que se incrementó ante la llegada de un alto jefe del ejército real, una embajadora de Rabat, el Cónsul de Agadir y un largo etcétera entre los que nos vimos sumergidos, sin conocer el árabe, el cherja o el francés, lenguas en la que aquellas gentes hablaban. Y a todo eso, pensaba: Yo fui un soldado español que combatió hace cincuenta y ocho años contra los antepasados de esta gente y ahora me veo aquí, entre ellos... ¡Cuántas vueltas da la vida! 

Fabián, el alcalde, nos sacó del atolladero y nos llevó a una mesa en la que estaba el señor Cónsul de Agadir, gran conversador, y al extrañarme que hablara tan bien el castellano me dijo que él era español, nacido en Sevilla. Al finalizar la comida nos vino a visitar la embajadora en Marraquech, amable, atenta y simpática, y como no, el amigo Fabián que estuvo en todo momento pendiente de nosotros, así como el compañero Meki, que lo es de todos los españoles que viajamos a Sidi Ifni. 

En resumen: Un día maravilloso y maravillado de las atenciones que tuvieron para con nosotros aquellos que fueron nuestros enemigos en la guerra en la que yo intervine por azares de la vida, como he dejado dicho. 

Aspecto del comedor: Mi esposa con gafas oscuras.
Aspecto del comedor: Mi esposa con gafas oscuras.

No puedo dejar en el tintero las mejoras que de un año a otro he encontrado en la ciudad, que sin duda se deben a su alcalde, el amigo Fabián. De su mano fuimos a visitar el rehabilitado Cine Avenida, aquel cine al que acudían todos los soldados en los domingos de “paseo” y que fue cerrado cuando España abandonó el territorio. Ha quedado precioso (diría que de “película”, si no fuera un chiste malo) o el que fue Casino Militar (de Oficiales) durante nuestra dominación.

Estas líneas las he escrito para poner de relieve la exquisita acogida que tuvimos en nuestro viaje a Sidi Ifni y dar las gracias a todas y cada una de las personas que compartieron con nosotros aquellos días, integrándonos en sus celebraciones y fiestas, con una familiaridad difícil de explicar pues me faltan palabras para ello. Solo puedo decir a todos los compañeros españoles que por uno u otro motivo tengan en mente viajar a estar tierras, que lo hagan sin reserva de clase alguna. Allí nos quieren y recuerdan con un gran afecto que demuestran, no solo con palabras sino con hechos como los que mi esposa y yo hemos tenido la suerte de recibir. 

En el rehabilitado Cine Avenida.
En el rehabilitado Cine Avenida.

Algunos de nuestros agasajadores.
Algunos de nuestros agasajadores.

 

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