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Después de Ifni - Introducción Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Adolfo Cano Ruiz
Escrito por Adolfo Cano Ruiz (RIP)   
martes, 13 de febrero de 2018
Índice del Artículo
Introducción
Prólogo
1. Después de Ifni
2. De vuelta en Valencia
3. Luis
4. Alemania
5. ¡Por fin Paris!

Capítulo 2. De vuelta en Valencia

Pasados unos días, volví a reintegrarme a mi trabajo en la UNL ‒Unión Naval de Levante‒, los astilleros de Valencia.

Hacía dos años que había salido de la escuela de la empresa y me había incorporado como ajustador, fue unos meses antes de ser llamado a cumplir mi SMO... Regresé en mal momento, habían cambiado la dirección de la empresa y empezaban a reestructurar el sistema de trabajo por uno de productividad. En el sistema anterior te daban un trabajo a realizar en un tiempo, si lo terminabas en un periodo menor tenías un coeficiente de tiempo que se acumulaba en el sueldo. A este sistema se le denominaba "a destajo".

La UNL, los astilleros de Valencia.
La UNL, los astilleros de Valencia.

El sistema de productividad que implantaba la empresa, valoraba el trabajo a tiempo real contabilizado en segundos. Había que valorar cada trabajo ejecutado y necesitaban controladores y claro, los más aptos éramos los últimos salidos de la escuela. Yo me negué, y este fue el principio de mi nueva odisea ‒mi forma de ser siempre me ha creado problemas‒. Podía haber aprovechado mi medalla de campaña, mi amistad con el sobrino del arzobispo de Valencia o del primo de José Solís Ruiz ‒que nos dio clase de educación política‒. Podía haber entrado a trabajar en Correos o en Telefónica, pero los "dedismos" nunca me han gustado. Sin inten¬ción alguna, me convertí en un elemento molesto para la empresa, en cuanto saboteaba los trabajos alargando los tiempos, cosa que repercutía en mi bolsillo, pero me enfrentaba al sistema. Era joven, había pasado la maldita posguerra franquista y la Guerra de Ifni y me encontré inmerso en una lucha sindical clandestina contra un capital que quería implantar un sistema, que rompía lo establecido de muchos años, la empresa mermaba así los salarios más de un 40%.

Siguiendo con mi trabajo en la UNL. Había salido de la escuela en 1956 como ajustador oficial de 3ª con una muy buena preparación, pudiendo trabajar como tornero o fresador altamente cualificado, pero... la construcción naval no era lo mío. Un amigo de mi padre tenía un taller de relojería con el que estuve trabajando como aprendiz hasta que entré en la escuela por oposición. Posteriormente, al principio, los fines de semana le ayudaba reparando los despertadores, y ya al final la relojería en general, antes de irme al SMO donde más de un reloj reparé, incluso el del capitán de mi compañía Rosaleny. La maleta de madera me sirvió de obrador, las piezas de recambio las pedía y mis padres me las enviaban en aquellos esperados paquetes, donde no faltaba tanto el jamón como el chorizo, que compartía con mis amigos vascos, con los que tenía más empatía. Todo fue diferente desde el 23 de noviembre de 1957. Una guerra sobrevenida rompió lo que empezaba a ser una aventura muy asumible.

Tal vez fuera por esto por lo que me encontraba fuerte para enfrentarme con la empresa, oponiéndome en lo que podía al sistema de productividad que querían implantar. Se hicieron un par de huelgas, organizadas por la empresa. Un día, al llegar a mi puesto de trabajo me dijeron que estábamos en huelga, cosa que me extraño porque no tenía conocimiento de ello, así que me senté en espera de acontecimientos que no tardaron en llegar. Apenas transcurridos cinco minutos la empresa se llenó de "grises", era una huelga trampa organizada por la empresa, la actividad se inició al momento y la policía se retiró. Fue a la salida de la jornada de trabajo, donde había policías de paisano que nos iban reteniendo en un número de dieciocho. Nos repartieron entre varias comisarías, no nos trataron mal según supe, el trato se puede considerar bueno, nos retuvieron cuatro días ‒en comisaria‒ y nos liberaron sin ningún papel que demostrase que habíamos estado retenidos, por lo que al querer incorporarse al trabajo nos dieron como despedidos, por falta de asistencia durante tres días sin justificación. Ocurrió, que a los pocos días me llamaron de la empresa para una entrevista con el jefe de personal, este me planteó que en consideración a mi padre ‒ya fallecido‒ que había sido jefe de la sección de casco, persona muy apreciada, y que yo provenía de la escuela, añadiendo en su rosario de halagos que me consideraba un héroe por haber estado luchando y defendiendo a España en la Guerra de Ifni, insinuando mis buenas relaciones ‒había tenido una súplica del Arzobispo‒, la empresa había considerado la posibilidad de readmitirme, uniendo a esto una vivienda social de la empresa, siempre que me adaptase al momento de reestructuración que se estaba realizando. En aquellos años ser un empleado de la UNL era ser "un buen partido", por esto se sorprendió cuando le dije que NO.

Hay momentos en la vida que son decisivos, al transcurrir esta por caminos que te llevan a lugares y momentos insospechados. Es como estar anclado en la estación de tu lugar o coger el tren a ninguna parte que determinará la estructura de tu vida. Todo cambia, y mientras, te haces mayor.

Yo había aprendido el oficio de relojero, y me había montado en casa un pequeño taller de relojería. Le reparaba los relojes en garantía a un amigo mayorista en relojería ‒hablo de 1958, donde trabajar en "negro" no era problemático‒. Había cambiado el mono de trabajo por camisa y corbata.

Todo había transcurrido de forma vertiginosa, a cinco meses desde mi regreso de Ifni tenía muchos frentes abiertos. Mi madre con un cáncer terminal, esperando la muerte con cruentos dolores que no podíamos mitigar porque la medicina de 1958 no era la de hoy; mi hermano pequeño ‒tenía ocho años‒ se quedó en casa de los tíos; entre mi otro hermano mayor ‒dos años más‒ y yo, aunque con dificultad, conseguimos opiáceos gracias a los cuales, aunque penosos, sus últimos días fueron medianamente tolerables. Los médicos se desinteresaron del problema desde el primer día. Yo tuve en estos meses que resolver mi trabajo con la UNL, algo si influyó en el estado de mi madre. Fallecida esta en diciembre de 1958, quedaba por resolver la situación del pequeño, de momento se hizo cargo el mayor que tenía un buen trabajo como administrativo en la Renfe, y el pequeño la pensión de orfandad. Yo con mi taller de relojería no tenía problemas económicos.

Un día tocó en mi casa un tal Luis, un catalán residente en París, que tenía la representación de una importante firma de artículos de oficina, y hacia la ruta París, Cataluña, Región Valenciana y, como buen catalán, compraba relojes a mi amigo mayorista y los vendía en Francia, por lo que le hacía falta un relojero para la garantía y otras reparaciones.

Fue el inicio de una nueva fase de mi vida...



 
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