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Después de Ifni - Introducción Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Adolfo Cano Ruiz
Escrito por Adolfo Cano Ruiz (RIP)   
martes, 13 de febrero de 2018
Índice del Artículo
Introducción
Prólogo
1. Después de Ifni
2. De vuelta en Valencia
3. Luis
4. Alemania
5. ¡Por fin Paris!

Capítulo 3. Luis

Luis, era un joven de 32 años, muy buena presencia, alto, con unos ojos azules de un color especial, tenía una gran facilidad de palabra, sabia moverse y venderte la moto, pero por increíble que sea, sabía leer, sabía escribir, las cuatro reglas y poco más, tampoco le hacía falta, se había educado en la calle, donde desarrollo el sentido de la comunicación. Era de izquierdas por genética, sus padres fueron republicanos de los que se refugiaron en Francia. Hoy lo recuerdo como aquellos "charlatanes" que en una plaza, estipulaban el precio de una cosa y por la misma cantidad, te llevabas a casa una mantelería y una cubertería, cuando no, además una pluma estilográfica.

Hablo de principio de 1959 en la España de Franco, uno podía ser de izquierdas en oposición al régimen asumiendo las consecuencias, o aceptar vivir con el régimen y ser de izquierdas, esto podía ser una hipocresía, pero funcionaba mientras no te vieran el "rabo" en mi caso creo que estaba considerado como un poco rebelde por el comisario de barrio, pero apreciado seguramente por estar en la escuela de la UNL. Para ser beneficiario de las bonanzas del régimen, tenías que estar afiliado a Acción Católica y a Falange, había que ser y parecerlo, cosa que no fue nunca mi caso. No había más opciones, o te tirabas al monte donde quedaban escasos residuos de los Maquis ‒fuerzas republicanas que hicieron re¬sistencia al franquismo dispersos en la montaña, y ya prácticamente extinguidos‒. Decidí ayudar a Luis, por lo que me metí en una trama política que me trajo con excesiva rapidez problemas, que desde el principio había asumido.

Fue así, en poco tiempo por la forma de pensar de Luis y la mía nos hicimos amigos y en la confianza me explicó que sus orígenes eran republicanos, que pertenecía las Juventudes Republicanas y estaba incorporado en la recién creada ARDE ‒Acción Republicana Democrática Española‒, formación con fines anti-franquistas; gracias al secretario del cónsul de España en París, que era homosexual ‒por lo que necesitaba dinero "para sus cosas" y debía estar enamorado de Luis, aunque este, estaba casado y tenía tres hijas‒ conseguía pasaportes "legales" para personas ya establecidas en sus contactos, otros eran "amañados". Sus idas y venidas eran periódicas, de entre 10 o 12 días, que traía algún pasaporte, supe que la mayoría de la incipiente ETA provenía de la iglesia, ya que eran seminaristas "fichados" o "calientes" los que contactaban al amigo Luis u otros en la clandestinidad. Era una trama compleja.

Por aquel tiempo Carrero Blanco ya había creado la Organización Contrasubversiva Nacional, O.C.N., para controlar a la iglesia vasca. Claro que yo tenía algunas preguntas: ¿cuál era el procedimiento? ¿de dónde procedían los medios económicos? Eran preguntas que me hacía, que solo me aclaró cuando decidí ayudarle de pleno aportando el piso en que vivía como contacto, aunque tenía otros en Elche, Segorbe, Burjassot, ...

Así ha sido mi vida, Luis llamó un día a mi casa bus-cando un relojero y me metí en el lio sabiendo el riesgo. Durante unos meses, mi casa se convirtió en centro, y alguna vez posada, de los opositores clandestinos al Régimen, esperando la vía más oportuna para pasar a Francia. Así, por circunstan¬cias un tanto singulares, me encontré en una nueva situación, que mi forma de ser aceptó porque el franquismo me había hecho daño, y el ayudar de una u otra forma a la izquierda con la que yo me sentía cómodo, unido a mi juventud, es por lo que no dude en apoyar y ayudar al amigo Luis. Mi nueva situación era comprometida, porque en la escuela de la UNL donde estudiaba, teníamos clase de religión y educación política incluidas en las notas. En mi curso estaba el sobrino del Arzobispo de Valencia, con el que tenía gran amistad, y nos daba clase de política el primo de José Solís, con el que la relación era, si no de amistad, si cordial. Por la escuela íbamos todos los años "obligados" al campamento de Frente de Juventudes, donde él era el jefe de campamento y yo me ocupaba del periódico mural, esto unido a la posterior medalla de campaña de Ifni-Sahara como excombatiente en defensa de la patria, me hacía tener un cierto respaldo de seguridad en mis movimientos, que solía contemporizar acercándome a la es¬cuela para saludar a Juan ‒el primo de José Solís‒. Al igual que Leal, el sobrino del arzobispo, venía a mi casa porque teníamos una muy buena amistad, alguna vez estaba Luis con sus relojes y hablaban de un París del que Leal estaba enamorado, habiendo estado en más de una ocasión. Nada hacía pensar que algo se "cocía" en aquel pequeño taller de relojería. Aunque la situación era altamente comprometida, y los últimos meses se había llevado al límite.

Era, creo recordar, sobre finales de diciembre de 1959 ‒todo había pasado muy rápido‒, cuando Luis me dice que habría que desmontar el piso y sería conveniente salir de España. Mi piso ‒alquilado‒ o la presencia de Luis se había "calentado", y mis amistades dudaba mucho que pudieran ayudarme.

Puedo decir que nunca he sido de ningún extremo político, hoy en mi ancianidad me ratifico agnóstico y políticamente de centro, el relato de este libro es el de un Adolfo de veintitrés años, con un cierto o gran rencor al franquismo, que me hizo vivir una adolescencia de sumisión, para sobrevivir en la miseria y también sobrevivir en una guerra "gilesca" en Ifni. Una juventud rota, pero juventud al fin y al cabo, me hizo ver la lucha contra el Régimen casi deseada, metiéndome por la inercia de los acontecimientos en situaciones "complicadas".

Un día de regreso de uno de sus viajes, Luis me explicó que habían cogido a uno del Partido Comunista y suponía que tenía mi dirección o las otras de Segorbe y Elche, por prudencia había que salir de España. Sobre todo, el eslabón de la cadena a eliminar era él, que ya había cumplido, claro que yo había quedado contaminado. Era algo con lo que no contaba, salir "corriendo" a un lugar desconocido me hizo reflexionar, pensando ‒seguramente con excesiva candidez‒ que mis "relaciones" podrían solucionarme el problema, si lo hubiera.

Luis me hizo comprender que no era una travesura, y que ni el Arzobispado y menos Juan me podrían ayudar, también me explico la trama:

En París concretamente, con la unión de Izquierda Republicana y Unión Republicana, se había formado la incipiente ARDE (Acción Republicana Democrática Española) en el exilio. El dinero para ayudar en el movimiento, del que él era parte como miembro de las Juventudes Republicanas, y como tal hacia un par de años estaba haciendo la labor de "paso", provenía de la Policlínica Cervantes situada en el distrito XI de París, gestionada por médicos republicanos.

Hacía el exilio.
Hacía el exilio.

Luis me hizo ver la realidad, era algo serio que había que solucionar de forma que no alterase la infraestructura creada, nosotros éramos el eslabón a eliminar de la cadena, en especial él mismo, por si el detenido "cantaba", que era lo previsible. Aunque era posible que mi piso estuviera limpio, no se podía correr el riesgo. Todo había que hacerlo con una cierta rapidez, por lo que Luis ya tenía organizado la forma de "salir". Yo tenía pasaporte, que había actualizado unos días después de fallecer mi madre con intención de irme a Alemania o Francia, pues la idea de volver a mi puesto de trabajo en la UNL nunca lo tuve en mente.

Casi sin darme cuenta todo se había precipitado, cuando ya me había acomodado y con la relojería que me iba muy bien. El hecho de ir a Alemania era por la facilidad de tener la documentación y trabajo de inmediato, como así fue, dada la necesidad de mano de obra que tenían las fronteras eran poco restrictivas. Me ocurrió como cuando para cumplir mi SMO me destinaron a Ifni, lo vi como una aventura, en la primera ocasión de forma obligada y en esta necesaria. Ese mismo día me compré ropa de abrigo. Luis me dio 400 marcos ‒a 14 pesetas el marco‒ y yo llevaba 2.000 pesetas ‒de las de 1959‒.

Había que desplazarse a Barcelona de donde un grupo de universitarios del SEU ‒Sindicato Español Universitario‒, en viaje de fin de curso, salía en autocar hacia Hamburgo, a este se unía un coche particular de un alemán como apoyo al "exceso de pasaje". Los contactos de Luis en Barcelona lo habían organizado todo, yo iría con el alemán. Tenía que entrar en Hamburgo por la frontera norte, cosa que hacía cada diez días, con la consiguiente confianza en su paso. Aunque llevaba pasaporte prefirieron no arriesgar, en el coche irían dos más, un español que regresaba a Hamburgo después de unas vacaciones y un seminarista miembro de la incipiente ETA, que llevaba un pasaporte "amañado". En ninguna frontera tuvimos problema.

Llegado a Barcelona, me hospedé durante dos días en una pensión gallega donde celebré el Fin de Año de 1959 con un pote gallego y su correspondiente queimada. Una velada agradable, que pagué con una crisis de estómago atenuada con el socorrido bicarbonato. El día dos de enero de 1960 llegó a recogernos Ernesto ‒así lo llamamos‒, era un alemán más bien bajito que hablaba español ‒conducía un coche Opel Capitán‒, venía con su pareja, una rubia de muy buen ver que no hablaba español. Los tres ocupamos la parte de atrás que era bastante amplia, se puede decir que íbamos cómodos.

El viaje fue de buenos recuerdos, ya que entramos en Alemania por la frontera suiza, haciendo largas parada tanto en Francia como en Suiza, donde pasamos un día en Ginebra. Recuerdo algo que me impacto: una señora mayor ‒unos70 años‒ iba en una bicicleta color rosa y llevaba un sombrero con flores, era algo que en la España de 1959 nos hubiéramos carcajeado. La verdad es que entraba en un nuevo mundo.

Un largo viaje hasta Hamburgo.
Un largo viaje hasta Hamburgo.

Comimos en un restaurante de bello paisaje a orillas del lago Neuchatel. Todo maravilloso, aunque el bolsillo se quejó mucho, todo era muy caro. Claro que todo no podía ser bonito, conforme subíamos al norte iba notándose el frío. Fue en Suiza donde tomé mí primer café, en España tomaba malta, no recuerdo si era por la costumbre de haberla tomado desde pequeño o porque lo encontré muy diferente, no terminó de gustarme. Tiempo después me convertí en un adicto al café. Tanto es así que al cabo de los años que tuve que dejar el tabaco y el café, dejé mis dos paquetes de tabaco diarios sin ningún problema, pero el café me costó mucho dejarlo.



 
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