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Cuando el desierto resucita Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Paloma López Cortina   
martes, 09 de junio de 2009

Fuente: El Pueblo de Ceuta

Los últimos del Sáhara son ahora los más jóvenes. Los primeros ya no están. Entre medias, muchas generaciones de españoles lucharon en la ‘Guerra Ignorada’ aún sin saber por qué. Unidos en Ceuta, cuentan su experiencia. Todos son ya veteranos de un país que no olvidan y que han recordado en su V Encuentro Nacional.

Veteranos del Sáhara. ReduanCuando Abraham García Corrales tenía 17 años vió desfilar a la legión por su Algeciras natal y consiguió subir con ellos en el camión rumbo a Málaga. “Era una juventud disparatada y los legionarios me contaban historias que hicieron que regresara junto a ellos a Ceuta como polizón en el barco y me alistara”. Es el alma mater del V Encuentro Nacional de Veteranos del Sáhara que se desarrolla este fin de semana en Ceuta. Junto a él, más de 200 compañeros de varias generaciones tienen grabada en la memoria la esencia del Sáhara más puro y se han unido para compartirlo de nuevo. Aquel era un Sáhara al que acudían ilusionados los menos, tristes los más y todos, según Abraham, con una misma sensación: la ignorancia. “Lo éramos entonces y lo seguimos siendo ahora. Aún no sé que hice allí”. Hubo tiros, y muchos. Abraham pasó allí dos años y de los saharauis guarda sentimientos encontrados. “A mí me disparaban cuando yo no hacía nada pero también sentía lástima por ese pueblo”. Pasó miedo, pero nada comparable al temor que le invadió con la independencia de Marruecos. Hubo corrimientos de tierra y se habilitó un camino entre el polvorín cerca de Chauen para evitar los obstáculos y “a medida que avanzábamos los marroquíes nos escupían, nos tiraban piedras pidiendo la independencia...fue duro”, explica mientras cuida de su mujer, compañera de viaje a Ceuta. Tiene alzheimer. Y al igual que los retos anteriores que le ha puesta la vida, intenta sobrevivir a los golpes duros. “Como éste, ninguno”.

Del Sáhara se queda con sus noches pescando para la bandera del tercio y corriendo por entre las dunas dentro la oscuridad alumbrada por la luna con su botín de comida fresca. Recuerda a sus mujeres haciendo la colada en las fuentes. Al respeto absoluto que les profesaban. “Las había muy guapas, pero no pasó nada. Nunca vi a nadie que se propasara pero las miradas y los piropos se los echábamos”. Y recuerda que la Legión allí no tenía pelotón de castigo “porque además no había donde pecar”.

Pilar López de Aro luce en la solapa de su chaqueta una laureada que Franco otorgó a un héroe de guerra. Su padre. Teniente de la Legión, combatió contra el lider bereber Abd el-Krim junto a otros 25.000 soldados hispanofranceses en 1926 y pasó el resto de su vida sin mentar aquellas batallas. Al menos nunca volvió a hablar una palabra en presencia de su familia. Hoy luce orgullosa la distinción que su padre le cedió al morir y agarra del brazo a su marido, un octogenario fuerte, recto, amable en el trato y con mucho que contar.

José María Medina, llegó soltero al Sáhara para participar en la guerra de Villa Cisneros. Su entonces novia, Pilar se quedó en España. Poco después estaban ya casados gracias a unos poderes eclesiásticos que permitieron que el hermano del novio le sustituyera ante el altar. Ella fue junto a él y pasaron “ocho años maravillosos” de su vida allí. Dicen que fueron los comienzos, que alumbraron a sus cuatro hijos y que vivían bien. Aunque su familia estuviera lejos, no les faltaba de nada y los lazos de amistad y las relaciones sociales entre españoles eran continuas y distendidas. Hace dos meses regresaron a Sidi-Ifni después de tantos años. “Entonces era un pueblo, ahora es una ciudad practicamente irreconocible”, apuntan.

Marcha Verde

El granadino Ginés López pertenece a otra generación. Aquella que muchos años después protagonizó la famosa Marcha Verde. Una medida de presión de Marruecos para que España dejara de ocupar el Sáhara Occidental. Poco antes, la ONU ratificaba el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación. Llegaban allí para hacer la mili sin ni siquiera saber donde pasarían los 365 días siguientes de su vida. Del Sáhara poco conocían. O nada. Las informaciones en la península sobre los conflictos en la zona eran prácticamente insignificantes y ni si quiera los que tenían la suerte de sintonizar la Pirenaica podían analizar los hechos que estaban sucediendo en aquél terruño frente a las Islas Canarias. Algunos llegaban por iniciativa propia como una oportunidad única de viajar a un lugar tan desconocido y a otros les tocaba a suerte. O a mala suerte porque llegaban llorando y los peor parados decidían quitarse la vida. “Hay una leyenda negra en torno a eso”, indica Vicente Francisco Cano. “Las cifras indican que los suicidios fueron del 0,02 por ciento y la mayoría de las depresiones se producían porque los soldados sentían que estaban en un lugar aislado sobre el que todo era desconocimiento y falta de información”. Otros compañeros reconocen que vieron a gente muy mal sobre todo en el momento más delicado en el que se arremolinaban las conjeturas en torno a la Marcha Verde. Ginés recuerda junto a otro de los veteranos, Francisco Cegarra, que les formaron y les dijeron que no sabían lo que iba a pasar pero les permitían escribir a sus casas “cartas abiertas”. Ginés trabajaba en la cafetería y estuvo quince días sin cambiarse los pantalones. “Iba de arriba a abajo, nadie sabía qué iba a pasar y temíamos un enfrentamiento del que poco sabíamos”. España reunió en África a más de 20.000 hombres. Algunos hablan de 50.000. Marruecos envió a 25.000 soldados y a cerca de 350.000 civiles. “Con 21 años sabíamos que estábamos más preparados que ellos, pero eso no significaba nada”. En medio de la agonía de Franco los acuerdos tripartitos de Madrid decidieron la cesión de la administración del Sáhara a Mauritania y a Marruecos. “Fueron resoluciones de Estado y una decisión intocable que nadie cuestionó”, explican los veteranos que vivieron aquella situación. “Mi pensamiento fue y sigue siendo que los abandonamos”, reconoce uno de ellos mientras asienten varios compañeros. Apenas tenían relación con la gente nativa pero un murciano dijo que haciendo la mili en el Sáhara “ví por primera vez la pobreza. Ellos comían lo que nosotros tirábamos”. Uno de los veteranos recuerda que “dimos todo por el Frente Polisario”. Era la fuerza de liberación del pueblo saharaui y recuerdan que tenían “incluso más libertad que nosotros”. España recibió por la cesión compensaciones políticas y económicas pero muchos de los protagonistas de aquella historia consideran que la entrega del Sáhara supuso la última frustración colonial para España.

Y de lo que realmente hacían allí tampoco. Aún hoy siguen sin saberlo. Se refugian en los recuerdos de decenas de compañeros, decenas de caras, decenas de nombres. Nombres sin cara, caras sin nombre. Cuando pasó todo Abraham acudía al cementerio de Cartagena donde enterraron a un compañero teniente de su bandera y las ideas se amontonaban en su cabeza: “Ahí está, otros muchos quedaron allí y ni siquiera sé por qué”. Lo que si sabe es que el enemigo no huyó. “Hizo la escabechina y se fue. En la batalla de Echera pasó eso. Y se decían otras cosas”. Por algo aquel conflicto, sigue hoy respondiendo al nombre ‘La Guerra Ignorada”. Porque según piensan muchos, todo “fue callado”.

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