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Mercado de esclavos Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Ignacio Martínez de Pisón   
domingo, 02 de junio de 2019

Fuente: La Vanguardia

Por El lector incorregible, de José Luis Melero, un libro rebosante de anécdotas jugosas, me entero de la historia de un coronel destinado en Ifni que tenía un esclavo negro. Lo había comprado en el Sáhara para liberarlo, pero el hombre, agradecido, seguía considerándose su esclavo. Estamos hablando de los años sesenta, cuando tanto Ifni como el Sáhara eran oficialmente provincias españolas (sí, provincias, no colonias ni protectorados). ¿De verdad la esclavitud era legal en una provincia española hace sólo cincuenta años? La confirmación de que esto era así la hallé por casualidad en dos libros de lectura reciente. Uno de ellos es de Xavier Gassió, que hizo la mili con el último reemplazo allí destinado y en su autobiográfico Sáhara español menciona a los esclavos subsaharianos que trabajaban en los bazares de El Aaiún y “formaban parte del patrimonio de su amo como las cajas de té y de sedas que se amontonaban en la trastienda”.

Mercado de esclavos.
Mercado de esclavos.

El otro libro son las memorias de Miguel Ángel Aguilar, tituladas En silla de pista. Aguilar, que vivió de cerca la marcha verde y lo sabe todo sobre el precipitado proceso de descolonización del Sáhara, cuenta que, para reconocer la autoridad de los militares españoles, los caciques locales habían impuesto unas pocas condiciones que debían ser respetadas. Una de ellas era precisamente el mantenimiento de la esclavitud. En 1975, cuando el territorio fue abandonado por las tropas españolas y se incorporó a Marruecos, ­estaban censados en el Sáhara nada menos que tres mil quinientos esclavos, una cifra descomunal si tenemos en cuenta que la población local no llegaba a los ochenta mil: una de cada veinte personas era ­esclava.

Acostumbrados a hablar de la esclavitud como algo del pasado, sorprende descubrir que hace muy pocas décadas y a no demasiados kilómetros de nosotros se compraran y vendieran seres humanos, seguramente a la manera de esos mercados o subastas de esclavos de la antigua Roma que en el siglo XIX inflamaron la imaginación del pintor Jean-Léon Gérôme. Pues bien, subastas así se siguen celebrando en la actualidad y a una distancia parecida. Lo supimos hace menos de dos años, cuando un equipo de reporteros de la cadena CNN grabó la venta de una docena de jóvenes subsaharianos, que en cuestión de minutos cambiaron de dueño por unos precios que rondaban los quinientos euros. Ocurrió a las puertas de la Unión Europea, en Libia, uno de esos países que con el aplauso de Occidente se sumaron a la fiesta democratizadora de la primavera árabe y que ahora, ocho años después, se ha convertido en un Estado fallido, un país asolado, dividido, roto, con tres veces más armas de fuego que habitantes, con buena parte del territorio en manos de señores de la guerra y traficantes de personas. En esa Libia posterior a Gadafi todavía los seres humanos son objeto de transacciones comerciales, como si fueran maquinaria agrícola o animales de corral. Se calcula que, en el 2017, el año en el que la CNN grabó el reportaje, más de veinte mil personas fueron capturadas y esclavizadas en Libia por bandas criminales. Y la cosa sigue: hace unos días hablaban en un reportaje de otro subsahariano preso de las mafias al que sus familiares habían podido rescatar previo pago de seis mil euros. ¿Cuántos habrá que, a diferencia de él, nunca recuperarán la libertad por la imposibilidad de reunir esas cantidades, inalcanzables para la mayoría de esas familias?

Mientras esto ocurre en los rincones más devastados del planeta, en Estados Unidos se reabre el debate acerca del eventual derecho a una reparación por parte de los descendientes de los antiguos esclavos. Si en su momento el gobierno alemán compensó a los descendientes de las víctimas del Holocausto y el propio gobierno estadounidense hizo algo parecido con los americanos de origen japonés internados en campos de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, ¿por qué ellos no tendrían el mismo derecho? En 1838, la Universidad de Georgetown vendió a doscientos setenta y dos hombres, mujeres y niños de su propiedad y con los ciento quince mil dólares recaudados se salvó de la bancarrota. El pasado mes de abril, los estudiantes de esa misma universidad votaron a favor de pagar una tasa semestral para constituir un fondo con el que compensar a los descendientes de esos esclavos. La iniciativa, aunque bienintencionada, no parece que pueda sentar precedente: ¿qué fortunón haría falta para compensar a los cuarenta y cinco millones de afroamericanos actuales por los doscientos cincuenta años de esclavitud de sus antepasados? Contradicciones de nuestro tiempo: nos empeñamos en reparar lo irreparable y nos des­entendemos de lo que todavía podría ­arreglarse, reavivamos debates sobre la esclavitud del pasado mientras la esclavitud del presente no para de crecer... Según algunos estudios, el número de esclavos actuales podría estar entre los nueve y los veintisiete millones: en términos absolutos sería la cifra más alta de la historia de la humanidad.

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