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La Guerra de África: una réplica contundente al ultraje contra la Nación Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Alfonso José Jiménez Maroto
Escrito por Alfonso José Jiménez Maroto   
miércoles, 10 de junio de 2020

Fuente: El Faro de Ceuta

En la segunda mitad del siglo XIX, una vez más, el conflicto armado hizo acto de presencia, pero, en esta ocasión con la Guerra de África (1859-1860), uno de los episodios que atisbaba la primera participación colonial de España en el Norte de Marruecos.

Sin duda, esta operación sentaría las bases para los hipotéticos requerimientos coloniales españoles, pretendiendo obtener por las armas plenos derechos sobre un territorio del que la capital del Reino, gracias al aval británico, seis décadas después adquiriría el control.

De cualquier modo, la campaña se consideró una empresa apenas modesta, en paralelo con las materializadas por los principales actores europeos; tanto en lo que atañe a los propósitos militares, como en lo referente a la dimensión del Ejército desenvuelto o las exiguas preeminencias logradas con la paz.

El incidente de Ceuta fue la chispa detonante que precipitó la guerra.

Pero, su mayor evidencia surgió del alcance que la conflagración con el sultanato alauita asumió para España, al disuadirse el discurso mediático de las graves dificultades políticas habidas y el esfuerzo bélico de todo un país que, desde la apertura del reinado de Su Majestad la Reina Doña Isabel II (1830-1904), se había dividido preocupantemente con la detonación de la Primera Guerra Carlista (1833-1840).

Sin soslayarse, los diversos Gobiernos, que se preparaban por medio de continuas tentativas revolucionarias y alzamientos militares para ser enaltecidos.

Partiendo de la base que el contexto de España no era ni mucho menos el más propicio, ya desde el año 1833, fecha del fallecimiento del Rey Don Fernando VII, el Pueblo Español había transitado una etapa cargada de incertidumbres, unido a la incuestionable decadencia y la pérdida de protagonismo entre las potencias occidentales, que dejaban a este Estado postergado a un segundo plano.

La inoculación en el desencadenamiento de hechos puntuales, dejaron sumergida a la Nación en una crisis interior. Me refiero a sucesos como la Revolución de 1840, con el desplome de la regente Doña María Cristina; o el pronunciamiento contra Espartero en 1841 por parte de O´Donnell y la consecuente insurrección contra él; o las chispas republicanas de la Ciudad Condal, en 1843; o la rebelión de los esclavos en la Isla de Cuba, en 1844; y otras páginas convulsas, como el intento fallido del regicidio a S.M. la Reina Doña Isabel II, en 1852.

Centrándome en los antecedentes preliminares que entretejieron el horizonte de un nuevo capítulo belicoso, entre 1843 y 1844, las Ciudades de Ceuta y Melilla padecieron una sucesión de agresiones por fuerzas marroquíes, incluyéndose en ese mismo año el crimen de un agente consular español.

Inmediatamente, el General don Ramón María Narváez y Campos (1799-1868), Presidente del Gobierno, expresó su condena de manera categórica ante el Sultán Muylay Sulaymán (1766-1822), que casi trasciende en la activación de la guerra. Simultáneamente, Inglaterra, intercedió en la discordia consiguiendo que el Sultán firmara en Tánger un Acuerdo con España el 25 de agosto de 1844, que, a posteriori, se confirmó el 6 de mayo de 1945 con el Convenio de Larache.

La propuesta era irrebatible: la determinación de los límites territoriales de la Plazas. Pero, a pesar del refrendo del tratado, estas localidades continuaron tolerando irrupciones frecuentes. A ello se articuló el hostigamiento de tropas destacadas en puntos concretos, principalmente, en los años 1845, 1848 y 1854, respectivamente.

Lo cierto es, que los movimientos eran replicados por el Ejército, sin que éste pudiera introducirse en terreno marroquí a la caza de los agresores, por lo que esta circunstancia se reproducía regularmente.

En este entresijo, la Administración Española dispuso dar un golpe de efecto para contener las embestidas marroquíes, decidiendo en 1848 ocupar por sorpresa las Islas Chafarinas, que, por entonces, despoblada, eran considerada como “res nulius” o tierra de nadie.

Desde este preciso intervalo, se trabajó con intensidad para poner fin a los inconvenientes limítrofes entre ambas Delegaciones, con varias reuniones culminadas en 1859 con el Convenio de Tetuán. En paralelo, España optó por llevar a cabo la defensa de la divisoria de Ceuta acordada en el Convenio de Larache, para ello edificó varios fuertes.

Remontándome al día 11 de agosto de 1859, el destacamento español que protegía la construcción del Cuerpo de Guardia de Santa Clara, fue objeto de ataques por los rifeños que derribaron las fortificaciones y desencajaron e injuriaron el escudo nacional. Idénticamente, el 24 de agosto, se reincidió en la misma acción.

Nada más tenerse conocimiento del incidente perpetrado, un profundo resentimiento se apoderó del país. El General don Leopoldo O´Donnell y Jorís (1809-1867), en calidad de Presidente del Gobierno, dedujo que era el pretexto oportuno para situar nuevamente a España entre las patrias de primer orden, por lo que no quiso dejar pasar esta coyuntura a la hora de sopesar un triunfo fulminante. Con ello, reivindicó al Sultán una sentencia ejemplar para los culpables.

No quedándose aquí el asunto, el 5 de septiembre, el cónsul español en Tánger expuso un ultimátum apremiando a la reposición de los escudos y, que, igualmente, fueran saludados por las tropas y que los autores de la fechoría se castigaran ante la Guarnición de Ceuta.

Poco más tarde, el Sultán falleció y su hijo Mohamed Abdalrahman nunca obedeció el mandato transmitido por su predecesor. En otro orden de cosas, porque la objeción ofrecida por Marruecos cabría catalogarla como dudosa e incierta.

En esta perspectiva, el General O´Donnell un hombre de gran influencia castrense, en el momento que se manifestó la provocación marroquí, estaban en pleno desarrollo sus políticas de ampliación de las bases de apoyo al Gobierno de la Unión Liberal. Conjuntamente, era consecuente que los medios de difusión, como la prensa, demandaba un movimiento denodado del Ejecutivo.

Es por esta razón, por lo que su Administración se activó con enorme dinamismo, logrando las ayudas diplomáticas precisas, hasta esgrimir la tesis del honor mancillado e incontrastablemente, la inseguridad en los límites fronterizos de Ceuta y Melilla.

El 22 de octubre, con la aceptación de los gobiernos francés e inglés, se presentó al Congreso de los Diputados la ‘Declaración de Guerra’ a Marruecos; teniéndose presente, las reservas de los ingleses por el control del Estrecho de Gibraltar, que a la postre, atenuarían la visión española a la finalización de la contienda. De hecho, Inglaterra reclamó a España que no se mantuviera en Tánger ni Tetuán, ante la sospecha del plan de ocupación permanente en la primera de estas ciudades.

Lo que resultó evidente, que el colectivo español acogió con enardecimiento la guerra: la respuesta popular era unánime y la Cámara ratificó a una voz la Declaración de Guerra; e incluso, el conjunto de los integrantes del Partido Democrático respaldaron con convencimiento la intervención militar.

Mientras derivaba lo expuesto en el entorno diplomático, se abordaba la urgentísima creación de un Ejército Expedicionario integrado por tres Cuerpos de Ejército, una División de Reserva y otra de Caballería y las Unidades de Apoyo al Combate y Logística.

En suma, en los primeros trechos de la Guerra de África estas milicias denominadas de ‘Operaciones’, la aglutinaban 163 Generales y Jefes; 1.599 Oficiales; 33.228 componentes de Tropa; 3.947 caballos y mulos y, por último, 74 cañones. Unos números que paulatinamente se alteraron en el devenir del choque, suponiendo en su conclusión, la contribución de más de 43.000 hombres. Si a ello se le añade la proporción de bajas originadas, la cuantificación rondaría los 50.000.

Entretanto, O´Donnell proyectaba la estrategia de una maniobra resuelta y decisiva, tanteando como objetivo indispensable la conquista rapidísima de Tánger o Tetuán, conjeturando que cuando esto sucediera, los marroquíes llegarían a la mesa de negociaciones en una posición de relativa inferioridad en las disputas.

Tampoco era descartable, la materia más compleja que residía en la zona por el que las tropas debían infiltrarse en suelo africano. Con anterioridad, O´Donnell había realizado algunas exploraciones vía marítima a los sectores que se barajaban como los más lógicos: llámense, la ensenada de Jeremías próxima a Tánger; o la desembocadura del Río Martín a menos de 10 kilómetros de Tetuán.

El 11 de diciembre de 1859, transcurriendo cuarenta días desde el inicio de la lucha, el Tercer Cuerpo del Ejército conducido por el Teniente General don Antonio José Teodoro Ros de Olano y Perpiñá (1808-1886), embarcó en el puerto de Málaga que le trasladó a Ceuta.

Previamente a la recalada del contingente en este enclave, el mando determinó intensificar las defensas de la Plaza y desalojar a las fuerzas moras de sus posiciones. Para ello, el 12 de diciembre se desencadenaron las escaramuzas por la columna dispuesta por el General don Rafael Echagüe y Bermingham (1815-1887), que, finalmente, ocupó el baluarte de El Serrallo.

Acto seguido, el 17 de diciembre, el General don Antonio Zabala y Gallardo (1842-1897) invadió Sierra-Bullones.

El resto de unidades llegaron a Ceuta, donde terminaron de agruparse el 21 de diciembre, situación que O´Donnell aprovechó para ponerse al frente del Ejército Expedicionario. En la jornada de Navidad los tres Cuerpos de Ejército habían afianzado sus cotas y aguardaban la decisión de prosperar en dirección a Tetuán.

El 1 de enero de 1860 se produjo la ‘Batalla de los Castillejos’, convirtiéndose en la primera victoria en campo abierto; toda vez, que el General don Juan Prim y Prats (1814-1870) avanzó a la confluencia de Uad el Jelú con el apoyo del General Zabala y el de la flota, que conservaba a las resistencias contendientes apartadas del litoral.

En el instante más dificultoso de la ofensiva, Prim se arrojó sobre las filas adversarias levantando la bandera de España e impulsando con su actuación, a los soldados del Regimiento de Córdoba.

Las combates se prolongaron hasta el 31 de enero, conteniéndose un conato marroquí hasta la derrota enemiga en el Monte Negrón, abriéndose paso al Ejército Expedicionario hacia Tetuán. Los acometimientos se cristalizaron los días 4 y 5 de febrero, los españoles tomaban la cobertura en los flancos con el respaldo de los Generales Ros de Olano y Prim.

El intenso castigo de la Artillería desconcertó a las líneas marroquíes que acabaron retrocediendo, hasta que el 6 de febrero sucumbieron en la ‘Batalla de Tetuán’. Día en que los voluntarios catalanes izaron la bandera en esta Ciudad.

Alcanzado el primero de los objetivos, se establecieron los preparativos para la consumación del segundo: la Ciudad de Tánger.

Guerra de África (1859-1860)

Indudablemente, el Ejército se sentía fortalecido por las secciones voluntarias vascas con una significativa presencia de carlistas, que con aproximadamente unos 10.000 individuos, desembarcaron el mes de febrero hasta integrar una aportación simétrica para el asalto.

El 11 de marzo se libró el duelo de la ‘Batalla de Samsa’, los españoles debieron de competir con cabileños del Rif, retornados explícitamente de sus montañas para demostrar a los débiles tetuaníes como se luchaba para expulsar a los cristianos. No impidiendo la aproximación hispana camino a Tánger, donde se hallaba el Sultán Muhammad ibn Abd al Rahman.

El día 23 de marzo las tropas españolas dispuestas por los Generales Echagüe, Ros de Olano y Prim, contundentemente dominaron a los grupos marroquíes en la ‘Batalla de Wad-Ras’.

Era irrebatible: las tropas del Sultán sufrieron un importante revés y dejó un halo de rencor en Marruecos, el Generalísimo Muley el Abbas, hermano del Sultán, eligió capitular antes que se les impidiese la marcha del Fondak de Ain Yedida y la travesía de Tánger.

Posteriormente, como es sabido, transcurrida la tregua de treinta y dos días, el 26 de abril se rubricó en Tetuán el Tratado de Wad-Ras: un pacto que presumía el colofón de la Guerra de África, comprometiendo al Sultán, solicitar la paz a la Soberana Doña Isabel II.

El ardor inicialmente aludido en este texto llevaría aparejado irrisorios beneficios territoriales y económicos, pagando un alto precio en sangre derramada: más de 7.000 muertos por el bando español; o lo que es igual, las 2/3 partes de los mismos, a consecuencia de una epidemia de cólera, de la que seguidamente apuntaré una breve reseña. O´Donnell, una vez consumado el conflicto, afirmó que “consiguió levantar a España de su postración”.

A este tenor, la sarna y la tiña se transmitieron velozmente entre los soldados, el desaseo precipitó e indujo su propagación. Creciendo los casos de difteria y los muchos padecimientos venéreos como había sucedido en los comienzos de la campaña, duplicándose en Ceuta.

El cólera golpeó duramente a la España del Ochocientos de manera monstruosa, dejando tras de sí un rastro de consternación entre las víctimas e historias frustradas. Cuando España todavía estaba recuperándose de las secuelas del brote pandémico de 1853-56, origen inmediato de unos doscientos mil fallecimientos que instó al miedo generalizado, en la horquilla 1859-60 se generó otro contagio en un espacio geofísico más imperceptible, pero, con resultados potencialmente demoledores.

Quién mejor puede ilustrar esta realidad, es el autor don José Gaspar en su obra “La Guerra de África emprendida por el ejército español en octubre de 1859”, que en sus páginas 484 y 485, dice literalmente: “La mortalidad colérica supera en mucho cualquier otro extremo que haya habido en la campaña. Unos primeros cálculos extraídos de los contradictorios datos oficiales, cifraban en 20.918 los enfermos asistidos sólo en los hospitales de Ceuta entre noviembre y el 25 de marzo, de los cuales, el 52% lo son por causa del cólera, el azote con que ha querido probarnos la Providencia, incomparablemente más temible que el mortífero fuego enemigo”.

Cabe recordar, que la Guerra de África se desenvolvió climatológicamente en el período más severo del año, con meses propensos a temporales impetuosos acompañados de abundantes lluvias. De ahí, que se anegaran los campamentos y amplificaran las contrariedades: enfangándose las rutas, que, irremediablemente, entorpeció el desplazamiento de la artillería rodada y los carros con municiones se clavaban en el barro hasta los ejes, dejándolos prácticamente inoperativos.

Sobre el terreno, hubo que engrosar atajos y abrir otros recorridos improvisados, a menudo con arduos y angostos desvíos, empleándose a fondo desde el machete hasta el hacha para ingresar en los boscajes y trabadas malezas. Las complicaciones no faltaron, desde hondos e incesantes barrancos hasta pendientes inclinadas en áreas rocosas; o arroyos con impetuosas corrientes y ríos que atravesar, o franjas pantanosas, cenagales y costas de arena y, así, un largo etcétera de obstáculos.

En definitiva, producto de una evolución histórica, nadie ni nada se justificaría sin su pasado. Por eso, con sus luces y sus sombras, este lance podría catalogarse como un prototipo clásico de ‘Guerra de Honor’, que desenmascara los trechos de un trance sin demasiado interés económico. Y es que, desde el enfoque tradicional, no satisfizo el rompecabezas interno del país, donde se veía una posibilidad de expansión comercial, ni obtuvo el influjo ascendente del renombre que, a fin de cuentas, era lo que ambicionaba.

El triunfo soterró la achacosa organización de la operación y el inadecuado pertrechamiento del Ejército. Manifiestamente, no era oro lo que resplandecía, porque en Ceuta escasearon los suministros y uno de sus acantonamientos quedó apodado como el del hambre.

Consecuentemente, ciento sesenta años después de aquella primera intervención colonial en el Norte de África, España, proyectó una guerra que prematuramente no consagró ningún fruto territorial; si bien, se confiaba en que favorecería la paz y mostraría a los ojos del mundo un despunte del prestigio internacional, como en el reparto colonial que en reclamaciones posteriores, se maduraron en la discreción.

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