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A la memoria de un soldado paracaidista: CLP Antonio Fontán Mateo Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Carmen Navarro Fontán / Jose Manuel Pérez González   
domingo, 23 de agosto de 2020

Fuente: A pie y sin dinero (Facebook)

Os quiero presentar un texto realizado por nuestra amiga y seguidora de la página Carmen Navarro Fontán, versa sobre su tío el CLP Antonio Fontán Mateo caído en Alat Ida U Suggun en el marco de la operación Diana el tres de febrero de 1958 en el territorio de Ifni.

Carmen ha desenterrado recuerdos, vivencias e inquietudes familiares y personales, todo para que su tío no caiga en el olvido y esté presente en el marco de todos aquellos que fueron a luchar por España a esos territorios lejanos y no volvieron jamás.

Este escrito va dirigido a la memoria de un soldado paracaidista, mi tío, y a la de todos los soldados que dieron su vida por España en aquella “guerrita” como así la llamaron la misma tropa destinada en aquel conflicto armado de Ifn-Sáhara en 1957-1958. Sirva este relato como homenaje a aquellos valientes soldados, a los que salieron vivos y a los que allí fallecieron. A todos ellos, mi admiración y mi respeto.

CLP Antonio Fontán Mateo caído en Alat Ida U Suggun el tres de febrero de 1958.
CLP Antonio Fontán Mateo caído en Alat Ida U Suggun el tres de febrero de 1958.

Esta es la la historia de mi tío, de Antonio Fontán Mateo, CLP (Caballero Legionario Paracaidista) que falleció en Alat Ida U Suggun, durante la operación Diana el fatídico día 3 de febrero de 1958.

La vida de mi tío no fue muy diferente a la del resto de jóvenes de la postguerra considerando las pocas oportunidades de futuro que un pueblo como Cazalla de la Sierra ofrecía a hombres y a mujeres en una zona rural, simples jornaleros, sin patrimonio, sin estudios y, además, siendo hijo de un “cenetista” que había estado preso en varias ocasiones por su ideología política. Tras cumplir mi abuelo su condena por “rojo” y gracias a su experiencia y conocimiento con el ganado comenzó a trabajar como capataz de reses bravas en una de las muchísimas fincas que aún hoy existen en la comarca, siendo normal por aquellos tiempos que su hijo le acompañara para aprender el oficio. Mi abuelo murió demasiado joven debido a las múltiples cornadas recibida por una vaca al retirarle el novillo para su destete, con tan mala fortuna que se escapó de la soga a su ayudante embistiéndole varias veces con saña e hiriéndole de muerte pese a su traslado a Sevilla donde no pudo superar las infinitas cornadas que el animal le propinó para defender a su ternero y falleciendo días más tarde de su ingreso. Dejó viuda a mi abuela y a dos niños mellizos de 6 años, mi madre y mi tío Antonio, en plena y dura postguerra.

Y allí, con apenas ocho años y en aquella finca que vio morir a su padre, el chiquillo continuó trabajando como vaquero por un mísero jornal aunque necesario para su madre y hermana durante trece años hasta llegar a convertirse en uno de los mejores honderos que dio la sierra norte de Sevilla según decían los viejos del pueblo, pues los peones no disponían de caballos para bregar con las reses sino con la habilidad y la destreza de una honda y la fina puntería de una piedra para dirigir y manejar al ganado bravo.

Tenía veintiún años cuando un primo de Sevilla les visitó en el pueblo y les dijo que había entrado de cocinero en la Base Aérea de Tablada tras cumplir su servicio militar. Les contó a mi abuela, a su hijo y a mi madre que sería una buena oportunidad para mi tío salir de las miserias del pueblo al alistarse como voluntario paracaidista y una vez terminada el servicio militari podría trabajar en las cocinas, como él había hecho, que tendría un buen jornal, un trabajo menos penoso que en la finca y un futuro prometedor, el que jamás tendría en Cazalla ni en la sierra. El futuro, les dijo, estaba en la capital y no en el pueblo como mi madre ya sabía pues se marchó a servir con 14 años a Sevilla aunque encontró trabajo de niñera ya que por su edad y escasa experiencia encajaba mejor en el cuidado de los niños que sirviendo en las casas señoriales de la capital. Mi abuela, una vez su hijo ingresó en Tablada, se marcharía también a Sevilla trabajando de cocinera para ricas y conocidas familias sevillanas.

Mi tío, que estaba exento de cumplir el servicio militar por ser huérfano de padre y tener a su cargo a su madre y a su hermana no vio mejor oportunidad para salir de allí con un futuro más prometedor que alistarse voluntario, y así lo hizo pese a los ruegos y lágrimas de su madre y hermana. A los 21 años, en 1956, se alistó como voluntario paracaidista para un periodo de 24 meses. Quiso el destino y la mala fortuna, una vez más, que durante su servicio militar estallase el conflicto entre Marruecos y España por las colonias españolas en el África Occidental.

Desconozco exactamente cuando fue trasladado a Sidi Ifni, pero al fallecimiento de mi madre y entre sus cosas, encontré una carpeta donde había conservado todas las cartas que tanto ella como su madre recibieron de mi tío desde Sidi Ifni: la primera está fechada el día 8 de mayo de 1957, además de distintas cartas del Ejército dirigidas a mi abuela por los acontecimientos que después sucedieron. La última carta escrita por mi tío fue el 21 de enero de 1958, once días antes de su muerte.

En esta última carta contaba a mi abuela, muy de pasada, las incursiones que hacían con su compañía, la 6ª de la II Bandera de Paracaidistas, contra los moros enemigos. Detallaba que habían padecido desde hacía nueve días un viento llamado “Siroco” que les dejaban medio ciegos por la arena y que inutilizaban las armas porque se introducía por las ranuras del armamento, se pegaba a los lubricantes y las encasquillaban. Este viento y el efecto que producirían en las armas serían decisivos en su muerte como luego detallaré.

La IIª Bandera Paracaidista a la que él pertenecía, participó junto con la VI Bandera de la Legion, el Batallón Soria nº9, la Iª Bandera Paracaidista y el IV Tabor de tiradores en la operación Diana (31 de enero al 3 de febrero) para la organización defensiva de dos zonas de resistencia al este de la capital del territorio. La IIª Bandera Paracaidista y la VIª de la Legión tenían como cometido ocuparse del perímetro exterior de la zona sur. Una vez finalizada con éxito la operación Diana las unidades paracaidistas regresaron a Sidi Ifni para continuar constituyendo la reserva móvil, a excepción de la 6ª Compañía de la II Bandera Paracaidista, la compañía de mi tío Antonio, que guarneció un punto de apoyo en Alat-Ida-Usugún. Y otra vez el destino decidió que una vez acabada la operación fuese su compañía la única que no regresara a lugar seguro en Sidi Ifni como el resto de unidades que participaron en la operación.

La noche del 3 de febrero soplaba el “Siroco”, un viento fuerte acompañado de una fina lluvia, y estos son los acontecimientos que produjeron la fatal y trágica muerte de mi tío: el golpe final del destino. Escribo literalmente según consta en el informe que guardó mi madre y que les envió D. Ramón Soraluce Goñi, Comandante Mayor de la Agrupación de Banderas Paracaidistas del Ejército de Tierra y de la que es Primer Jefe Accidental, el Comandante D. José Blanco Blanco:

“Que el CLP Antonio Fontán Mateo, falleció el 3 de febrero de 1958, y que según declaran testigos presenciales se produjo de la siguiente forma: estaba durmiendo en su puesto porque le tocaba descansar a él y haciendo de puesto en su mismo pozo otro CLP, y limpiando este su armamento por orden de su Oficial teniendo este cargado, por necesidades del servicio como centinela, quitó el seguro y cuando iba a quitar el cerrojo del arma se produjo el disparo que se introdujo en el finado por el bajo vientre, causándole la muerte, pero no instantánea, porque entre el mismo CLP que estaba con él de puesto y con otros compañeros que llamó le hicieron la primera cura individual y luego fue evacuado en Jeep sobre Sidi Ifni donde encontró su muerte. En los últimos momentos demostró su entereza de carácter, perdonando y aliviando la aflicción del CLP, causa involuntaria de su muerte”.

Este informe está fechado el 25 de octubre de 1958, casi nueve meses después de su muerte, tras los insistentes requerimientos de mi madre para que el Ejército les explicara oficialmente cómo había muerto su hermano. Ella siempre temió que le hubiesen capturado los moros porque se contaban verdaderas atrocidades que, según parece, les hacían a los prisioneros capturados por el enemigo. Este temor venía avalado porque el cuerpo de mi tío tardó muchísimo tiempo en ser repatriado, meses, como de igual manera reclamó sus efectos personales en diversas cartas pidiéndoles sus pocas pero entrañables pertenencias. Nunca llegaron. Existen varias cartas del Ejército excusándose, por diferentes motivos, no poder entregar sus efectos personales a los familiares. Mi madre murió con la sospecha que en el féretro que trajeron a su hermano, él no iba dentro.

El conocer que fue muerto por “fuego amigo” resultó un sentimiento agridulce. Por un lado la tranquilidad que no fue ni prisionero ni desaparecido era un alivio pero saber que murió por la imprudencia de un compañero tampoco tenía consuelo. En la carpeta con todas las cartas hay una del soldado al que se le disparó el arma y que mató accidentalmente a mi tío donde no sabe cómo pedirles perdón a mi abuela y a mi madre y donde se percibe que llevará este remordimiento hasta el último de sus días. Al leerla sentí una tremenda tristeza por su desconsuelo y por su sentimiento de culpa. Fue una tragedia para ambos soldados, uno porque perdió la vida y el otro porque cargaría con ese peso el resto de la suya.

Mi abuela literalmente enloqueció, neurastenia le diagnosticaron, y tuvo que dejar de trabajar. Fue el colmo de una vida durísima, tan ingrata y demoledora como solía ser con personas luchadoras, nobles y sin recursos, donde lo único que poseían eran sus manos para trabajar y a sus seres queridos, y que trágicamente la vida se los arrebata a machetazos destrozando su mente hasta la locura. Jamás mi madre le dijo que su hijo estaba enterrado en Cazalla, sabía que si conocía este detalle -y acrecentado por su enfermedad- querría de nuevo retornar sola al pueblo para estar cerca de su hijo aunque estuviese bajo tierra. Recuerdo a mi abuela siempre de negro, de luto perpetuo, solo prendía de su pecho un broche de plata y un relicario con la foto en miniatura de su hijo, muerto en la guerra por fuego amigo, y que yo aún conservo.

Hasta que mi abuela murió en 1992, mi madre fue al cementerio de Cazalla para visitar la tumba de su hermano a escondidas de mi abuela. Lo hizo primero estando soltera acompañada de su novio, el que dos años más tarde sería su marido, mi padre; cuando sus hijos fuimos naciendo y a primeros de diciembre íbamos a Cazalla para ver la tumba del tito Antonio. Esa fecha tan cercana a la llegada de la navidad era perfecta para convencer a mi padre de ir al pueblo con la excusa de ir la fábrica de mantecados, comprar el mosto para las migas y el aceite en el molino, y por supuesto, el famosísimo y exquisito anís de guinda. Mi madre era astuta como nadie para convencer a mi padre de hacer algo sin que se diese cuenta de cuál era realmente su verdadero propósito: ir a ver la tumba de su hermano. Una vez compradas todas las viandas cazalleras nos encaminábamos al campo santo con aquella frase de “Emilio, ya que estamos aquí vamos a ver la tumba de mi hermano…”. Siempre sonrío con ternura al recordarla.

Mi padre se quedaba con nosotros en el paseo del cementerio y mi madre, sola, iba al encuentro con su hermano. Perpetuamente la recordaré allí, a lo lejos, con ese paño blanco impoluto que se traía de casa y que mojaba en el agua de un cubito celeste limpiando la fría losa de mármol gris donde yacía su hermano. Siempre nos pareció de lejos que hablaba con él, probablemente contándole cosas de la familia, de su madre, del pueblo, de nosotros… Y cuando regresaba a nuestro encuentro traía lágrimas en sus ojos que se deslizaban por sus mejillas y mi padre la abrazaba, y juntos, con el brazo de mi padre por encima de los hombros de mi madre y nosotros cogidos de sus manos, salíamos caminando por el paseo de cipreses de vuelta a Sevilla.

Y así lo hizo mi madre junto con mi padre durante 60 años, uno tras otro. Cuando mi padre falleció en 2009 la llevábamos nosotros, unas veces acompañada de mi hermano Emilio y otras conmigo, hasta hace dos años que ella lamentablemente falleció. Un día ya estando muy enferma, me dijo: “Mari, tengo una pena muy grande” y me sorprendió enormemente. Mi madre ha sido una mujer que jamás ha mostrado debilidad alguna a nadie, mujeres tan curtidas por la dureza de su vida como jamás volveremos a conocer y mucho menos contarnos ninguna debilidad a nosotros, sus hijos. ¿Qué te pasa, mamá?, le dije realmente preocupada. “Me da mucha lástima mi hermano -me dijo con tristeza-, porque el día que yo falte ya no tendrá a nadie que cuide su tumba y se va a caer a pedazos ni habrá nadie que le visite y le recuerde”. Me conmovió el alma y le dije: no te preocupes, mamá, que yo te juro que iré cada primeros de diciembre a Cazalla a cuidar su tumba, hablaré con él tal y como tú lo haces de la familia, de tus hijos, de tus nietos y biznietos y de los familiares que aún sigan vivos. Y quédate tranquila porque para el día que yo falte le pediré a mi hijo que lo siga haciendo él, y que le acompañen mis nietos para que nuestra familia nunca le olvide y tenga el orgullo de recordar, generación tras generación, que el tito Antonio, tu hermano paracaidista y en la plenitud de su vida dio la vida por España.

El año pasado fue al cementerio mi hermano Antonio, militar de carrera que con 18 años y debido al cariño que mi madre siempre nos transmitió por el ejército y sus valores, ingresó en la academia militar en 1977. Destinado en Ceuta, en el cuerpo de Ingenieros, ha estado casi 42 años hasta hace apenas 3 que ha pasado a la reserva. Su hijo, también es militar, en Infantería Ligera destinado en Bilbao.

Este año, a primeros de diciembre, iré al cementerio de Cazalla a cumplir la promesa que un día le hice a mi madre. Le pediré a mi hijo que me acompañe, le indicaré donde se encuentra su tumba y juntos, tal y como hacía mi madre, limpiaremos con dulzura la losa donde reza que murió a los 23 años en la guerra de Sidi-Ifni, le contaremos cómo nos va la vida y la familia y le diremos que jamás le vamos a olvidar porque mientras siga su recuerdo en nuestros corazones seguirá vivo entre nosotros.

Hasta pronto, tito.

Carmen Navarro Fontán.

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