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Artículos digitales
Escrito por Rufo Gamazo Rico   
domingo, 15 de agosto de 2010

Fuente: La Opinión de Zamora.es (Opinión)

No se sabe -o no se dice- cómo empezó el nuevo conflicto con Marruecos, que pone sordina a la cacareada política de buena vecindad de la diplomacia moratiniana.

Rufo Gamazo Rico.
Rufo Gamazo Rico.

Nunca son fáciles ni cómodas las relaciones entre países fronterizos, especialmente cuando se dan contenciosos, justificados o inventados y mantenidos con ilógica tenacidad, como es el caso. Tan viejo es el empeño apropiador del imperio marroquí como viejas son sus mañas y conocidas sus tretas. Los mercados de Me-lilla se han visto desabastecidos porque unos grupos de activistas, contando con la pasividad de la Policía marroquí, impidieron la entrada de camiones por el principal paso fronterizo. Se trata indudablemente de tácticas probatorias; estos llamados activistas de la Liberación de Ceuta y Melilla responden, hasta en el nombre, a las un día famosas bandas del Ejército de Liberación de Ifni, que invadieron el territorio mientras el rey de Marruecos se lavaba las manos. Aquella guerrita se libró sin que el pueblo supiera que estábamos en guerra (¿como Afganistán?; «nihil novum»). Y se entregó la multisecular posesión española a Marruecos que oficialmente no había combatido por ella.

Actualmente nuestras costas del Sur están padeciendo una inesperada y extraña invasión de pateras. No constituye la situación económica de España una abierta invitación a emigrantes en busca de prosperidad; muchos de los que llegaron en tiempos mejores, se aprestan a marcharse.

Las pateras no vienen hoy como «efecto llamada», sino, presuntamente, como enviadas en virtud de un plan poco limpio, no es lógico creer que esperen conseguir trabajo en un país de parados. Entonces, es lícito suponer que vienen a poner en mayores dificultades a nuestras autoridades.

Por de pronto, ha de emplear más elementos policiales y marítimos al servicio de la protección de las pateras, salvamento de los náufragos y recuperación de cadáveres. Es el triste sino de no pocos de estos pobres emigrantes, que no parecen tener en cuenta los que los embarcan en condiciones tan peligrosas; en todo caso alguien -y perdonen la mandra de señalar- debiera mirar por sus súbditos.

El lanzamiento de pateras, tal como se cuenta en la prensa, nos trae el recuerdo de la famosa «Marcha verde». Entonces numerosos paisanos marroquíes fueron utilizados en una tramposa operación de conquista.

La peripecia era molesta, fastidiosa pero no presentaba los peligros de las pateras; el transporte y el abastecimiento estaban asegurados por quien podía hacerlo, y la faena, aunque injusta, contaba con decisivos valimientos internacionales. El Régimen que agonizaba con su sostén poco podía hacer. El Gobierno ensayó ocurrencias que curiosamente ahora se han experimentado de nuevo. Entonces, se confió en la amistad de don Juan de Borbón con el rey alahuita; en las presuntas excelentes relaciones de Solís con un influyente ministro marroquí, en total, para nada. Parece ser que no se envió la carta que, «puesto ya el pie en el estribo...» Franco escribió al rey de Marruecos, recordándole los impagables servicios que había prestado a su padre, quizá salvándole el trono y mereciendo su perdurable amistad; creo que la carta que transcribió el excelente pendolista Moreno, del Ayuntamiento madrileño, no se envió a su destino. Tal como estaban las cosas, era de temer que los históricos y cordiales argumentos no ablandarían al destinatario. El Gobierno ha recurrido al Rey en solicitud de intervención cerca de su amigo y primo y don Juan Carlos ha respondido solícito, como siempre. Habrá que esperar. La cosa es que aunque el caso presente tuviera la justa solución que se espera, las relaciones no quedarían garantizadas de ulteriores desencuentros. ¿Qué se puede esperar de una vecindad donde un vecino exige siempre esperando contra todo derecho que el otro transija en todo? Pues, en esas estamos.

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