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En busca de la torre perdida Imprimir E-Mail
Dr. Mariano Gambín García
domingo, 07 de octubre de 2012
Índice del Artículo
En busca de la torre perdida
Introducción
Un poco de historia
La búsqueda de la torre
La torre, hoy

Un poco de Historia

Nos tenemos que remontar al último cuarto del siglo XV, al año 1478, cuando aún no se habían conquistado Gran Canaria, La Palma y Tenerife, momento en que el señor de Lanzarote, Diego García de Herrera, desplazado de la misión de someter a las islas mayores en favor de la Corona, optó por dirigir sus inquietudes hacia la costa africana. Según cuenta el historiador de finales del siglo XVI, Abreu y Galindo, Herrera decidió levantar un asentamiento permanente en el África vecina por medio de una torre–fortaleza. De este episodio no se ha conservado ni un solo documento de la época, sólo el testimonio del misterioso Abreu, que nos dice escuetamente que Herrera “había hecho… el castillo de Mar Pequeña”. El historiador Rumeu de Armas, reuniendo pruebas dispersas, determinó con acierto el año de su construcción, 1478, por lo que debemos desechar otras fechas anteriores de las que gustan usar algunos autores.

Sin embargo, poco más se sabe de la torre señorial de Herrera, salvo que dos de sus hombres de confianza, Alonso de Cabrera y Jofre Tenorio, fueron alcaides con mando sobre ella. Destaca el cronista Abreu que la torre era un punto de contacto entre los castellanos y los bereberes que poblaban la zona y fue el lugar de donde partió una importante expedición de saqueo de lanzaroteños –buscaban esclavos y ganado– en dirección al interior del Continente en torno a 1480. Después de esta entrada, que resultó un éxito económico, no hay más noticias de la torre. Diego de Herrera murió en junio de 1485 y la falta de datos sobre el emplazamiento africano por él levantado nos lleva a la conclusión de que la torre se evacuó y se abandonó en torno a esa fecha.

No obstante, los asaltos de los castellanos afincados en Canarias –acompañados por indígenas canarios como parte de sus fuerzas– a la costa africana continuaron en los años posteriores. Hay constancia de cabalgadas –como se llamaba a estas expediciones de saqueo– desde Lanzarote y desde Gran Canaria y el propio Alonso de Lugo obtuvo como ayuda económica para la conquista de Tenerife percibir un porcentaje alto del beneficio destinado a la Corona proveniente de estas razzias.

El asunto de un asentamiento castellano en territorio africano quedó olvidado hasta 1496, un par de años después del tratado de Tordesillas, acuerdo entre Castilla y Portugal por el que se repartían áreas de influencia en África, Asia y el recién descubierto continente americano. En dicho tratado, salvaguardando la zona de cabalgadas que los vecinos canarios y andaluces realizaban en la vecina costa africana, se introdujo la cláusula de que el territorio entre la ciudad de Messa –unos kilómetros al sur de la actual Agadir– y el cabo Bojador –rica zona pesquera–, caería en la esfera de influencia de Castilla. Para tomar posesión efectiva de la zona se pensó en levantar una fortaleza que atestiguara el poder de Castilla en el territorio. Para ello, se comisionó al tercer gobernador de la isla de Gran Canaria, Alonso Fajardo y a tal fin. Fajardo, de origen murciano y valiente servidor de los Reyes Católicos en la guerra de Granada, fue nombrado gobernador de Gran Canaria tras Francisco Maldonado el 30 de enero de 1495 y llegó a Las Palmas el 7 de agosto de ese año. Su gobernación dejó profunda huella en la incipiente sociedad de la isla, ya que bajo su mandato comenzó a aplicarse el Fuero de Gran Canaria, socorrió a Alonso de Lugo tras la derrota de Acentejo y levantó dos magníficas torres defensivas, la de La Isleta y la de Santa Cruz de la Mar Pequeña.

Reconstrucción de la torre de La Isleta (P. Cuenca).
Reconstrucción de la torre de La Isleta (P. Cuenca).

Siguiendo órdenes de los Reyes, Fajardo comenzó a trabar contacto con los jefes tribales beréberes de la zona para facilitar el asentamiento castellano en la costa. Fruto de estas conversaciones, se concertaron paces con las tribus locales que permitieron la posibilidad de edificar una fortaleza. Al contrario de lo que ocurrió con la torre de Diego de Herrera, e incluso con la torre de La Isleta, de las que apenas tenemos noticias, de la construcción de la de Santa Cruz de la Mar Pequeña han sobrevivido un grupo numeroso de documentos que atestiguan el esfuerzo humano y económico desplegado por los castellanos de Gran Canaria en el levantamiento de la torre. 

Por esos documentos coetáneos, sabemos que los Reyes Católicos ordenaron levantar la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña el 29 de marzo de 1496, mandato que comenzó a organizarse una vez que la carta real llegó a Gran Canaria. Con el apoyo de la Hacienda Real se aprestaron cinco navíos –naos y carabelas, las mismas embarcaciones que usó Colón para llegar a América– donde se trasladaron a África hombres, materiales y provisiones. Embarcaron en ellos tres maestros mayores de obras, siete albañiles, dos herreros, siete carpinteros y tres aserradores. Completaban el grupo de especialistas tres pescadores y una lavandera, María, la única mujer en la expedición. Acompañaron a estos trabajadores –algunos de los cuales eran indígenas canarios– treinta soldados y unos cuantos vecinos de Gran Canaria que se apuntaron como colaboradores militares. Se gastaron, para la edificación de la torre, importantes sumas en la compra de hierro, madera y cal, se adquirió para los navíos pez y estopa y para el mantenimiento de los pobladores, redes y tres barcas de pesca.

Partieron los navíos de Las Palmas el 28 de agosto de 1496, arribando a la Mar Pequeña dos días después. El desembarco se hizo sin problemas y los hombres se pusieron a trabajar en “una ysleta”. En apenas dos meses, en noviembre, la estructura principal de la torre estaba terminada. Volvieron los constructores a Gran Canaria y quedó en la torre una guarnición fija de diecisiete hombres que velaban por la seguridad de las transacciones comerciales. De nuevo, en marzo de 1497, Fajardo se trasladó de Gran Canaria a la torre africana, donde procedió a trabajos de mantenimiento de la misma. 

La torre sirvió como factoría de comercio al estilo portugués, iniciándose fructíferos intercambios con las tribus asentadas en la zona. Sin embargo, Fajardo observó que los esfuerzos comerciales de las autoridades reales podrían verse abocados al fracaso si continuaban las cabalgadas incontroladas, por lo que solicitó a los monarcas la declaración de zona exenta de entradas al territorio adyacente a la torre. Los monarcas asintieron a la petición, emitiéndose las correspondientes cartas de seguro por las que amparaban a quienes acudieran a comerciar en la torre, tanto castellanos como moros.

En diciembre de 1497, durante el transcurso de un nuevo viaje del gobernador a la torre, éste enfermó gravemente y al volver le sobrevino la muerte de modo repentino en Lanzarote, donde había desembarcado, quedando inconclusos muchos proyectos por él iniciados, y que tendrían que esperar a que sus sucesores los llevaran a buen fin.

Se atribuye también al gobernador Fajardo el levantamiento de la torre de la Isleta, edificación que fue absorbida por las sucesivas ampliaciones del recinto fortificado que compusieron el denominado castillo de la Luz, tras cuyos muros quedó oculta la torre. Como decíamos, no ha sobrevivido un solo documento que acredite la cons¬trucción de esta torre en la bahía de Las Palmas. Evidentemente, si la construcción de la fortaleza de la Mar Pequeña se remonta al otoño de 1496, patrocinada por la corona a poco de llegar el gobernador a la isla, la torre de la Isleta tuvo que construirse después o al mismo tiempo que la africana. Es pues, como mínimo, de ese año de 1496 y no de 1494, como insisten erróneamente muchas publicaciones actuales. La falta de noticias del origen de la financiación de la torre grancanaria nos hace sospechar que el gobernador Fajardo, hombre listo sin duda, logró levantar dos torres por el precio de una. Y no sólo las construyó con el mismo dinero, sino que incluso con los mismos patrones. Las torres de Santa Cruz de la Mar Pequeña y de La Isleta son gemelas en cuanto a su construcción, al menos en lo referente a las medidas de su base y primeros metros de altura. Sobre estos detalles volveremos un poco más adelante. Regresemos a las noticias históricas de la torre de Mar Pequeña.

Fue testigo, la torre, de episodios de gran importancia histórica que no podemos detallar en este breve trabajo. Además del rutinario intercambio pacífico de productos con los habitantes de aquella zona africana, la torre fue protagonista en las disputas navales entre Alonso de Lugo y su familia política lanzaroteña en 1498, y vio pasar las fracasadas expediciones del gobernador tinerfeño al interior del continente en 1501 y 1502, servicios por los que se le otorgó el título de Adelantado en 1503. También estuvo allí el sucesor de Fajardo, el gobernador Lope Sánchez de Valenzuela, que concertó en 1499 la sumisión de las principales tribus asentadas al norte de la torre, en lo que se conocía como el reino de la Bu-Tata.

En los primeros años del siglo XVI, la función comercial de la torre continuó sin problemas. A Valenzuela le sucedieron como gobernadores Antonio de Torres, Alonso Escudero y Lope de Sosa. Éste último tomó posesión de su gobernación en enero de 1505 y, con ella, la alcaidía de la torre de Mar Pequeña, que desempeñaban al mismo tiempo los gobernadores de Gran Canaria.

Desde 1499, los Reyes Católicos prohibieron las cabalgadas en suelo africano. Esta decisión era coherente con el asentamiento de Mar Pequeña, ya que la existencia de cabalgadas difícilmente propiciaría un comercio pacífico en torno a la torre. Las quejas de los vecinos canarios, que perdían una importante fuente de ingresos, no dejaron de oírse en la Corte. En noviembre de 1505, tal vez por la muerte de la reina Isabel, el Consejo Real cambió de parecer, volviendo a permitir las cabalgadas en África. Desde 1506, comenzaron a realizarse este tipo de expediciones sin interrupción, tanto desde Gran Canaria como desde Tenerife, provocando con ello la alteración de la situación anterior. Además, por el Tratado de Sintra, en 1509, Portugal acaparaba todo el territorio africano, quedando para Castilla únicamente la fortaleza de Mar Pequeña. Esta cortapisa a la influencia política castellana en la zona, provocó que los intereses de los pobladores canarios se centraran en el comercio en la torre y el saqueo en el resto del territorio. Coincidió este cambio de status quo con el auge de un movimiento político religioso afín al sufismo en las localidades al norte de la torre. Con el acceso al poder de nuevos líderes enemigos de los europeos, la torre se convirtió en un objetivo claro para su Guerra Santa. Portugueses y castellanos tuvieron que enfrentarse a las tribus bereberes unidas bajo un Jerife. La torre de Santa Cruz no se vio amenazada hasta julio de 1517, fecha en la que comenzó un asalto en toda regla contra ella. Después de varios combates, la superioridad numérica de los africanos venció la resistencia de la guarnición y la torre fue tomada e incendiada. Tal vez sus ocupantes pudieron salvarse en la embarcación de socorro que siempre fondeaba al lado de la fortaleza.

El gobernador de Gran Canaria Lope de Sosa envió una expedición para retomar la torre y al frente de la misma fue un noble andaluz sobre el que había recaído el Señorío de Fuerteventura, Fernán Darias de Saavedra, que era su yerno. Saavedra desembarcó al mes siguiente con sus hombres en la destruida torre, comenzando su reconstrucción de forma inmediata, sin que el Jerife, que se había desplazado de nuevo al norte, quisiera volver a Mar Pequeña a plantear oposición. Sin embargo, el coste de la reedificación fue mayor de lo esperado y Saavedra aportó de su pecunio la diferencia, reteniendo la posesión de la fortaleza hasta que se le reintegrara lo que había pagado. El gobernador Sosa no pudo desplazar a Saavedra de la posesión de la torre, quedándose éste último en ella hasta que se le pagaron todos los gastos que invirtió en su reconstrucción, en 1519, dos años después.

En ese mismo año, el nuevo rey Carlos premiaba a sus cortesanos con gracias y sinecuras, entre las que se encontró el mando de la torre de Santa Cruz. Dos personajes cercanos a la Corte, los licenciados Zapata y Vargas, fueron designados alcaides de la fortaleza en lugar de los gobernadores de Gran Canaria. Como pretender gobernar la torre desde la corte era imposible, acordaron con don Pedro de Lugo, el hijo del gobernador Alonso de Lugo, que éste poseyera la tenencia de la torre en su lugar, a cambio del pago anual de 6.000 maravedíes y 10 onzas de ámbar gris a cada cortesano.

La iniciativa comercial de la torre pasaba así de la corona a don Pedro de Lugo, que trató de sacar el máximo rendimiento de las transacciones comerciales.

Los años pasaron sin que nada reseñable ocurriera hasta 1524, año en que las tribus locales, tal vez hartas de las continuas cabalgadas que sufrían anualmente, se unieron para atacar de nuevo la torre. La exigua guarnición resistió un tiempo breve hasta que tuvo que evacuarla ante el empuje de los moros en el verano de ese año. Se tiene noticia de que los africanos la “tomaron y derrocaron”. Como ocurrió en la ocasión anterior, los castellanos enviaron una expedición que retomó la torre y la reconstruyó de nuevo. 

Hay que hacer notar que en los alrededores de la fortaleza de Mar Pequeña no existía ninguna población importante, por lo que las fuerzas bereberes debían llegar desde territorios apartados y tras la toma y destrucción de la torre, volvían a sus lugares de origen, sin que para ellos tuviera mayor interés permanecer en el lugar donde se asentaba la fortaleza. De ahí que las sucesivas reconstrucciones no fueran estorbadas por los lugareños.

Don Pedro tuvo la posesión de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña hasta 1526, año en que renunció a seguir con ella. Uno de los cortesanos que poseían la alcaidía de la fortaleza murió sin descendencia y su mitad pasó a la Corona, que la encomendó a los gobernadores de Gran Canaria. Pocos años después, el otro cortesano renunció a su mitad y pasó la tenencia completa de la torre a los gobernadores grancanarios. En 1527, siendo gobernador Martín Cerón, dejan de tenerse noticias de la torre. El gobernador deja de percibir su sueldo como alcaide y los testimonios posteriores que nos llegan nos hablan de que la torre se encontraba destruida y los castellanos no podían refugiarse en ella. En 1530 dicha fortaleza aún no estaba reparada y “no salen barcos a saltear por no tener el refugio de dicha fortaleza”. Contribuyó a este abandono el hecho, tan común en esa zona, del cambio del paisaje: “que el sitio estava casi perdido, porquel río donde estava edificada se cegó con arena y quedó casi en seco”. 

Esta es la historia, a grandes rasgos, de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, el primer asentamiento canario en África. Cincuenta años de presencia permanente de castellanos y canarios en la costa africana que dejaron una huella que la arena del desierto se ocupó de borrar durante siglos. Hasta hoy.


 
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