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Mis relaciones con Marruecos: Ifni Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Alejandro J. Domingo Gutiérrez   
sábado, 08 de febrero de 2014
Índice del Artículo
Mis relaciones con Marruecos: Ifni
Accidentado bautismo aéreo
Cómo era Sidi Ifni
El porqué estaba yo allí
Lo que vi camino de la 'Huerta Madame'
Cómo era la 'Huerta Madame' y la vida que se hacía en ella
De como se deterioró mi convivencia con los compañeros
De como pude morir o quedar malherido
Mis diversiones en Sidi Ifni
Extraña epidemia de fimosis en el destacamento
De cómo por unas horas me convierto en el Jefe del Tabor
De la guerra de Gila a la diarrea del enemigo
29 de Febrero. Agadir ¿Pesadilla o Realidad?
De como pudimos volvernos locos
¿Es la langosta un manjar delicioso?
Cirujano a la fuerza
¡¡Esto se acaba, ya no hay quien lo pare!!

De como pude morir o quedar malherido

Mi vida en la Huerta Madame pudo tener su momento dramático del cual me salvó el aviso de un enemigo. Explico esta aparente contradicción con el relato de lo que sucedió aquella tarde en la que daba el acostumbrado paseo con el páter.

En la guerra de posiciones, o de trincheras, las dos partes enfrentadas ocupan sus posiciones durante mucho tiempo y desde sus puntos de vigilancia u observación, con ayuda de sus prismáticos, tratan de enterarse de todos los movimientos del enemigo. Y así ocurría en Ifni, aunque se hubiera firmado el alto el fuego, pues las partes enfrentadas estábamos frente a frente, a lo largo de una linea, separados por una tierra de nadie, donde los contendientes habían sembrado minas para evitar infiltraciones.

Los centinelas marroquíes ya debían conocer que el médico y el páter de los españoles salían, después de comer, a pasear por los alrededores del destacamento, pues podían ver con los prismáticos nuestros distintivos que nos diferenciaba de los demás tenientes.

Esa tarde el paseo debió alargarse, y por alguna zona no habitual, y enfrascados en la conversación tardamos en oír unas voces, dirigidas a nosotros, desde las posiciones enemigas en que parecían querer decirnos algo. No estábamos muy lejos del que nos llamaba y por los movimientos que hacía con el pie y con las manos, unidos a un sonido que parecía la explosión de algo del suelo, rápidamente nos dimos cuenta que nos avisaban que estabamos entrando en un campo de minas y que podiamos volar al cielo sin necesidad de subir a un avion. La presencia de campos minados era frecuente en la "tierra de nadie" para evitar infiltraciones del enemigo y desgraciadamente fue causa de alguna muerte o de graves heridas cuando accidentalmente los integrantes de alguno de los contendientes pisaba una. Con el miedo en el cuerpo volvimos a la Huerta, dando las gracias a nuestro anónimo enemigo que nos había librado de una desgracia segura.


 
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