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El poder y la guerra Imprimir E-Mail
Artículos digitales
Escrito por Francisco J. Carrillo   
martes, 26 de mayo de 2015

Fuente: Blogs Periodista Digital

Al teorizar, hoy, sobre la legitimidad de la guerra, hay que enfocar la mirada escrutadora al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que no es obstáculo para que un Estado o un conjunto de Estados pongan en movimiento ofensivo o defensivo a sus fuerzas armadas. (Pretendidos Estados, que no lo son, como Daesch, quedan al margen de este marco de referencia del Derecho Internacional, como quedan también las guerras protagonizadas por milicias no gubernamentales, por grupos armados mafiosos o por cualquier modalidad de mercenarios y terroristas).

Las Fuerzas Armadas y de Seguridad actúan por decisiones de política gubernamental tras la instauración del Estado moderno, a excepción de pronunciamientos o golpes de Estado impulsados o dirigidos por algunos depositarios de las armas contra el poder constitucionalmente establecido. Así es en los tiempos que corren y así fue en los tiempos pasados, incluida la época de las grandes colonizaciones y sus consecuencias de reparto de zonas de influencia (lo que fue el caso, por poner un ejemplo, de España en Marruecos en sus relaciones con Francia, que originó enfrentamientos con población autóctona interpuesta, o alianzas ofensivas/defensivas contra esa misma población que se calificaba de indígena).

El Protectorado español en Marruecos está cargado de relatos e imágenes propias del internamiento en lo ignoto, en general, (aunque Felipe II y Carlos I no ignoraban la complejidad, la conquista o incluso las alianzas con el flanco sur del Mediterráneo). Lo cierto es que los tercios y tropas peninsulares españolas actuaban por órdenes gubernamentales y no por el capricho de un oficial que hacía la guerra por su cuenta.

Conocemos no muy bien el valor, incluso el heroísmo, de las partes enfrentadas, aunque abundan los detalles references a los hechos de guerra de La Legión. Y menos conocemos lo que podríamos llamar la “encerrona” que constituyó la “Batalla de Edchera” (13 de enero de 1958). Un teatro de operaciones en donde prevalecían desierto y dunas. Dos fuerzas militares enfrentadas: por una parte, unidades de la XIII Bandera de La Legión Española (que se disolvió ulteriormente, quedando en el museo de la historia), y por otra, el apenas adiestrado Ejército de Liberación Saharaui (ELS), que actuaba como en una "guerra de guerrillas". Estamos en plena “Guerra de Ifni” y, fieles a la historia que hoy ya conocemos, en sus estertores finales. Hoy lo sabemos pero entonces, no. Dos días antes, el 11 de enero, el ELS atacó El Aaiún, sin éxito. En una “misión de reconocimiento”, dos Compañías de La Legión hacen una incursión en la zona de Edchara. El ELS, emboscado en las dunas, abre el fuego mientras que el primer pelotón de caballeros legionarios no retrocedió al tiempo que otro cubría el enfrentamiento armado y protegía diversos artefactos terrestres. Fue una verdadera masacre, cuyos últimos en “resistir”, con la mezcla de la obediencia al poder constituido y al mando que lo transmitía, el compañerismo, el valor y una fuerte carga de idealismo en plena acción de guerra, fueron el brigada Fadrique y el caballero legionario Juan Maderal que era portador de una ametralladora. Fueron los últimos en caer, solos, en acto de servicio. Posteriormente les fue concedida la Laureada de San Fernando. Según estadísticas de guerra, la “Batalla de Edchara” causó 48 muertos y 64 heridos. No se conocen a ciencia cierta las bajas y heridos del ELS. Habría que recordar que la “Guerra de Ifni” originó 198 muertos, 574 heridos y 80 desaparecidos. Edchara provocó una gran ofensiva de La Legión (IV, IX y XIII Banderas) para expulsar al ELS de ese territorio, dándose una de las pocas alianzas con Francia con ofensiva aérea (que según datos de la época, recibió luz verde del gobierno de los Estados Unidos).

El 1 de abril de 1958 comienza el “reparto” entre Francia y España que mantuvo Ifni hasta el 30 de junio de 1969, con el control del Sáhara Occidental hasta 1975, año en el que se precipitó el abandono de ese territorio a causa de la “Marcha Verde”, reinando, “en funciones”, Juan Carlos I y muy enfermo el general Franco. En ese año se firmó el “Acuerdo Tripartito de Madrid” entre España, Marruecos y Mauritania, por el que se transfería la responsabilidad de España a una administración tripartita. El Sáhara Occidental se correspondía geográficamente con la reivindicación de independencia del Frente Polisario saharaui para transformarlo en una República Árabe Saharaui Democrática, contencioso que en nuestros días está dentro de las competencias de las Naciones Unidas, aceptadas por el Reino de Marruecos. Con los elementos que hoy disponemos, se podría afirmar que la “Marcha Verde”, organizada por órdenes de rey de Marruecos, tenía dos objetivos estratégicos: el abandono del Sáhara Occidental por España y el freno a los objetivos independentistas de los saharauis, casi todos hispanófonos.

Hoy el Reino de Marruecos es el primer socio en cooperación internacional con el Reino de España. La “cuestión saharaui” (al igual que la “cuestión palestina”, aunque esta está más avanzada en autodeterminación) sigue sin resolverse. Si España hubiese permanecido unos años más en Ifni, quizá hoy la historia de saharauis y de marroquíes se escribiría de otra manera. Tanto España, con los hechos de guerra de La Legión cumpliendo, con disciplina y altos grados de compañerismo, órdenes a tenor de las leyes españolas, como también los hechos de guerra del ELS, habrían constituido bases sólidas para firmar, a nivel político, “la paz de los valientes” con sus derivados de excelentes relaciones internacionales. En África, sólo dos pueblos eran (y en parte siguen siéndolo) hispanófonos: el ecuatoguineano y el saharaui. Pocos frutos de retroalimentación para tanto honor, valor y alto riesgo que vivieron en esas dos zonas nuestras FAS, y muy en particular La Legión, como hoy ocurre en las arriesgadas “misiones de paz” de la ONU en las que participan caballeros legionarios de sus Banderas.

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