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Sargento 1º Don Antonio Fortes Calderón 'In Memoriam' Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Manuel Jorques Ortiz
Escrito por Manuel Jorques Ortiz   
jueves, 02 de febrero de 2017

Cuando durante el periodo de instrucción en el Campamento del Grupo de Policía "IFNI Nº 1" fui llamado para un examen en la Compañía Mixta afecta al Cuartel General, iba más contento que unas pascuas. Con la impresentable facha de recluta –pantalón corto, camisa, botas "segarra" y gorro cuartelero– marchábamos Eduardo Jardí Besa y yo –él para un examen de oficinista en la 1ª Compañía– con la esperanza de obtener un "destino" para evitarnos –hay que hablar con claridad– los duros servicios que los veteranos, con su mala uva habitual, nos pintaban de feroz e inhumano, me sentí bien acogido por el cabo Juan Torres Domarco –de Elche– y por el brigada Naveira que eran quienes llevaban la Oficina de Autos de la compañía, así como la Jefatura Provincial de Tráfico, todo ello bajo el mando del capitán Don Manuel Castilla Ortega, a quien también conocí aquel día.

Fortes, en el patio de la Mixta –sin gorra–, con el sargento Alonso y un trabajador de Talleres
Fortes, en el patio de la Mixta –sin gorra–, con el sargento Alonso y un trabajador de Talleres

Al regresar al Campamento suponía que sería admitido pues me defendí admirablemente con la máquina de escribir, el brigada se identificó conmigo al constatar que ambos éramos hijos de ferroviario, mientras que el capitán a lo largo de su interrogatorio me parecía que daba cabezadas de asentimiento ante mis estudios de Derecho y mi titulo de funcionario del Estado, con destino en la Administración de Justicia. 

Pero cuando estaba a punto de clausurarse el Campamento –aquel año de 1961 duró cuatro meses– y fui llamado una mañana para presentarme en la Mixta resultó que me encontré con el siguiente panorama: el capitán se había marchado con permiso de cuatro meses y en su lugar estaba, como sustituto, otro capitán –Don José Guerra González–; el brigada Naveira cesaba ese mismo día en el puesto y se marchaba a su Galicia natal. Solo quedaba el cabo Torres Domarco y la vaga promesa de Naveira de que hablaría con el suboficial que le sustituiría en Autos –Don Antonio Fortes Calderón– para ver si me confirmaban, entre unos y otros, en el "destino" que ya tenía tan asumido como algo tangible e imposible de revocación. El interrogatorio del nuevo capitán me dio alguna esperanza, pese a que estaba rodeado de otros dos reclutas –José Gómez, sevillano, y Carmelo Medina Ruiz, de San Fernando– que parecían de su absoluta confianza. No obstante, concluido el Campamento el 18 de Julio de 1961, se me pasaportó al día siguiente a la Mixta –junto con otros cuarenta y dos reclutas de la Policía– y fui muy bien acogido por el capitán, por el cabo Torres Domarco y por el sustituto de Naveira, el sargento 1º Fortes con quien tuve el honor de compartir la Oficina de Autos y Jefatura de Tráfico durante un largo año, persona a la que tomé tan gran afecto que los años no solo no lo han borrado sino que entiendo se ha robustecido.

Al publicar unas modestas memorias de mi paso por Sidi Ifni, basadas en el diario que llevé durante la "mili" –IFNI 1961-62: MEMORIAS DE UN SOLDADO–, en las páginas 232 en las páginas 232 a 236, de la segunda edición del año 2009, al referirme a esa gran persona, lo siguiente:

D. Antonio Fortes Calderón ‒Sargento 1º‒. Era de estatura más bien baja, grueso, de 48 años de edad ‒había nacido en 1.913‒ que aunque vestía el uniforme colonial como el brigada Naveira, no parecía estar tan "orgulloso" de él. Estaba casado, no tenía hijos y había nacido en Ceuta; desde niño se había relacionado con magrebíes y hablaba ‒también escribía‒ el árabe "dariya" o "cherja" lengua común de los marroquíes, y el dialecto de los Ait Baamaranis ‒utilizado en Ifni‒. Llevaba 25 años en el Territorio ‒desde 1.936‒, destinado primero en la oficina de Asuntos Indígenas, pasando posteriormente a formar parte del organigrama del Gobierno General de la provincia, y había estado al frente de la oficina de "Autos" en otra época, de la que le había desplazado su compañero Naveira. Volvía pues a un antiguo destino y supongo que con no muy buena fama de cara al capitán Guerra ‒seguro que Naveira le habría dicho por lo menos lo que a mí me dejó caer, o sea lo de "poco trabajador e incompetente".

Este hombre tan poco militar ‒en el sentido peyorativo de la palabra "militar"‒, de una bondad monacal, vivía obsesionado por la circunstancia de que estando muy próximo su retiro por edad ‒me parece que le faltaba menos de dos años‒ era tan solo sargento 1º, cuando según sus cálculos debía ser brigada o subteniente. Lo achacaba a que al estallar el Movimiento Nacional, el 17 de Julio de 1.936, no se había presentado voluntario para pasar a la Península, ‒se indignaba al recordar que le tachaban de "emboscado"‒. A partir del 16 de Agosto en que el Territorio se unió a la sublevación militar. Por sus conocimientos del árabe, y su destino en la Oficina de Asuntos Indígenas, había participando activamente en la recluta de nativos para los seis Tabores de Tiradores de Ifni, que se enviaban a la Península durante la Guerra Civil.

Aunque sus ascensos habían sido pocos y espaciados, sus destinos le habían reportado buenos beneficios, ya que no ocultaba el tener propiedades en Las Palmas ‒de allí era su esposa‒, y que al retirarse instalaría una academia de enseñanza para conductores, en aquella capital.

En las interminables horas en que "no se hace nada" en la oficina, o sentados a la puerta de la misma, se dejaba llevar por divagaciones como esta: me preguntaba por mi sueldo como funcionario de Justicia que percibía en mi vida civil, y al contestarle que la suma total eran 1.800 pesetas mensuales, me explicaba que él ganaba 20.000 pesetas al mes, tenía casa facilitada por el Ejército y pocos gastos, y por ejemplo, cuando se iba de permiso colonial se llevaba 100.000 pesetas, el sueldo del mes anterior y los de los cuatro meses del colonial, y encima percibía el importe de los billetes de avión entre Sidi Ifni y el sitio más alejado de la Península ‒La Coruña‒, aunque por sus amistades viajaba gratis en la estafeta aérea, y su único inconveniente era acudir al Gobierno Militar de La Coruña, antes de regresar, para que le sellaran su pasaporte, acreditando que había estado allí.

El sargento 1º Fortes era quien ‒por dejación del capitán‒ examinaba a los aspirantes a conductores ‒soldados de reemplazo que aprovechaban la coyuntura para llevarse a su casa el carné de 2ª, e incluso de 1ª para los que habían cumplido los 23 años de edad‒, y todo el mundo sabía la pregunta de circulación que se le haría: la señal indicativa de las vías con prioridad, que como es obvio en Ifni no existía ninguna,, y la prueba de conducción ‒subir una ligera rampa, sin utilizar el freno de mano, y a mitad de la misma pararte sin que el vehículo se fuera hacia atrás‒. Todos aprobaban ‒había una manga ancha impresionante, aunque estos se examinaban, otros no hacíamos examen, pero por lo menos estábamos en Ifni, mientras que, los recomendados del capitán, no se movían de Sevilla‒ y aquellos soldados que cumplían los 23 años después de licenciarse, se dejaba todo el expediente preparado para aquel momento, en el que se expedían los carnés y se les remitían por correo a la dirección que ellos mismos habían plasmado en un sobre debidamente franqueado. Las tasas provinciales, tanto para el carné de 1ª como el de 2ª, eran 259,50 pesetas que se abonaban al iniciar los trámites para la obtención de aquél.

Zoco Nuevo en el que Fortes poseía dos tiendas
Zoco Nuevo en el que Fortes poseía dos tiendas

En cierta ocasión el Sargento 1º Fortes me sorprendió al descubrirme que dos de las tiendas del Zoco Nuevo eran de su propiedad, aunque tenía al frente de ellas a sendos moros, y antes las habían regentado su padre y una sobrina ‒el padre había tenido otro puesto en el Zoco de Tilliun, donde había vivido, pero era civil‒ ya que me pidió le ayudara en la confección del inventario que tenía que hacer, porque había concertado su traspaso.

Que era un buen negociante no cabe la menor duda. En Marzo de 1.962 solicitó su permiso "colonial" reglamentario con el solo objeto de comprar un coche, bien un Opel Rekord Olimpia o un Mercedes, para lo que se desplazó a Las palmas –puerto franco– en donde su precio era de 20.000 y 100.000 pesetas, respectivamente. Traerá el vehículo a Ifni, donde lo matriculará, y cuando se retire podrá llevarse el coche sin pagar ningún tipo de impuesto ni arancel aduanero.

Su trato para conmigo fue tan humano como el que hubiera podido tener para el hijo de que carecía y en ocasiones, cariñosamente, me llamaba "Manolín".

En este patio se hacían las “prácticas” de vehículos
En este patio se hacían las “prácticas” de vehículos

Anteriormente a la publicación de mi libro de memorias, el catalán Josep M. Contijoch, que hizo la mili en el Grupo de Policía en la quinta que les tocó soportar la guerra de 1957-58, y que estuvo destinado en el Grupo Mixto –precedente de la Compañía Mixta en la que yo serví– y precisamente en la oficina a las órdenes directas del sargento Fortes, en su interesante libro "SIDI IFNI (IMPRESIONES DE UN MOVILIZADO)" hace diversas referencias al mismo, según es de ver en las páginas 135 y 136:

Esa Oficina la dirigía el comandante de Estado Mayor, Don Alfredo Nogales Marín –que vivía en la Avenida de Canarias, nº 5– sustituido cuando el servicio lo demandaba, por el comandante José Iglesias. La plantilla de la Oficina la formaba el brigada Antonio Naveira, un sargento –Antonio Fortes–, el archivero, el cabo Felipe Abad y yo mismo en calidad de mecanógrafo... Fortes era ya mayor en aquella época –pasaría de los cincuenta años–. Persona de mediana estatura, rechonchito, con el pelo negro encrespado, calva occipital incipiente, ojos vivos y facciones correctas. Vivía en la calle Coronel del Oro nº 3. Llevaba más de veinticinco años en el Territorio y hablaba el árabe como los nativos, a los que frecuentaba interpelado por motivos profesionales. Fortes estaba estancado en el escalafón militar y una ocasión me contó el motivo, que no era otro que no haberse presentado voluntario para el frente de la Península en los tiempos de la guerra civil. Por esa razón "sabía que moriría de sargento".

Hablando recientemente con otro de los policías de aquel reemplazo –José Sabater Fernández–, con destino en el Grupo Mixto, salió a colación el sargento Fortes, del que guardaba una grata memoria como persona. Y aunque no estuvo nunca a sus órdenes directas ya que en su oficina estaba el compañero –Contijoch–, sacó la conclusión de que era un eficiente militar, muy considerado con sus subordinados, que tenía el respeto y la consideración de cuantos componían el Grupo en aquel difícil periodo, conclusión que está seguro es a la que llegaron tanto Contijoch como el alicantino Leoncio Segura, el policía encargado del "poste" de abastecimiento de gasolina dentro del Cuartel... En resumen, cuantos lo conocieron y trataron durante el servicio militar hablan bien, muy bien del querido y recordado sargento Fortes.

Complejo del Grupo Mixto y el Estado Mayor de Ifni
Complejo del Grupo Mixto y el Estado Mayor de Ifni

Casualmente hace unos pocos años entré en relación gracias a Internet con María del Carmen Acebo Fortes, que hacía amplias referencias a Ifni y por su segundo apellido pensé si podía ser pariente de nuestro sargento. Efectivamente, era sobrina carnal, hija de una hermana de aquel.

La sobrina en la tienda Antón de la calle 6 de Abril
La sobrina en la tienda Antón de la calle 6 de Abril

Tras varias peticiones por mi parte conseguí que María del Carmen me enviara unas cuartillas aclaratorias y definitorias de su tío Antonio, que no creo tenga inconveniente en que las transcriba:

Mi tío Antonio nació en Benamargosa –Málaga– siendo el tercer hijo del matrimonio formado por Francisco Fortes y Antonia Calderón. La mayor de los hermanos fue mi madre, Ángela, después la seguía Francisco; el nacimiento de Antonio llevó consigo la muerte de la madre. Como el padre trabajaba en Ceuta dejó a sus tres hijos pequeños a cargo de una tía en mi pueblo. Cuando mi tío tenía once meses su padre –mi abuelo– se volvió a casar para poder tener a sus hijos junto a él y se los llevó a Ceuta en donde mi dicho abuelo, que hablaba árabe, trabajaba como capataz para un ingeniero asturiano apellidado Álvarez que en aquellos tiempos se dedicaba a la obra pública, construyendo el muelle "Dato" en Ceuta. Viajaban frecuentemente en tren desde Ceuta a Tánger y recorrían el Rif buscando vetas de minerales. El ingeniero iba acompañado de su familia, de la familia de mi abuelo, y llevaban con ellos un maestro y un médico. Mi madre me contaba que mi tío Antonio de niño era muy feliz y que donde le gustaba estar era en las madrasas con los niños nativos; allí es donde aprendió con fluidez el árabe, y el bereber o cherja, hablado y escrito. Siendo muy joven un caballo le dio una coz y le tuvieron que extirpar un testículo.

Mi abuelo comenzó a trabajar como contable con Juan March y cuando el golpe de estado de Franco, gente de Ceuta adicta al Alzamiento hablaron con los tres contables y les dijeron que tenían que ingresarlos en el Hacho para "protegerlos" de los republicanos; mi madre y mi abuela le llevaban comida, ropa limpia y demás. No estaba formalmente preso, iba libre... Tenía muchos amigos y uno de ellos que le visitó le aconsejó que huyera, que estaban allí para matarlos ya que sabían demasiadas cosas de Juan March, y como uno de los tres contables "desapareció", en un día que pidió permiso para bajar a Ceuta para arreglar unos papeles, cogió a mi abuela y se fue a Tantán con mi tío Antonio. De allí se fue a Tiliuin y montó un comercio; supongo que sabían que estaba allí pero lo dejaron tranquillo. Más tarde mis padres al quedarse solos también se fueron para Sidi Ifni.

Ingresó –mi tío Antonio– muy joven en el Ejército, convencido por un jefe militar amigo de mi abuelo y por los idiomas que hablaba. De Ceuta fue destinado a Tantán y en un permiso en Gran Canaria conoció a mi tía Lidia, recién llegada su familia de la Argentina –la familia de mi tía eran un montón de hermanos–. Tras casarse volvieron a Tantán y desde allí lo destinaron al puesto de la Policía de Tiugsa-Tagragra, en donde fueron felices ya que en los destacamentos "todos eran amigos de todos"; igual que fuese un coronel o un cabo... ¡Todos se necesitaban! Por cierto que en aquel destacamento de Tagraga nació Maruchi –María Teresa Suárez Lorenzo–, la primera "europea" que venía al mundo allí, que fue amadrinada por una hermana de mi tía Lidia que pasaba una temporada con ellos en aquel lugar.

El puesto de Policía de Tagragra
El puesto de Policía de Tagragra

Cuando te comentó que ojalá no se hubiesen venido de los destacamentos es porque mi tía cambió mucho cuando llegó a Sidi Ifni. Aquí la gente no era igual "siendo los mismos"; se dio cuenta de las diferencias sociales. Ella cosía muy bien y todas –llamémosles las "oficialas"– miraban a las demás por encima del hombro y mi tía se moría por poder entrar en el Casino... Y así dejaron de ser felices, aunque no lo aparentaban. Mi tía era una mujer dulce, que hablaba con cariño, pero mi tío no era un hombre feliz.

Cuando se jubiló –como subteniente de Infantería, con destino en el Gobierno General de Ifni– montó en un pueblo de Canarias una granja de chinchillas; pero eso llevaba demasiado trabajo para una persona sola.

Su preocupación por el dinero, después de jubilarse, era que se compró un piso en Las Palmas, para lo que le mandó poderes a un hermano de mi tía, y un año que fueron de colonial, descubrió que el piso se lo puso a su nombre el cuñado, no al de ellos –su explicación fue que como no tenía hijos, cuando se muriesen pasaría a él–. Mi tío, lógicamente, lo denunció y ganó el juicio; mi tía no quería llevar a juicio a su hermano, le decía que lo dejara ya que al final iba a ser –el piso– para ellos, pero mi tío dijo que él también tenía hermanos y sobrinos.

Tantán –puro desierto– donde estuvieron mis tíos y mis abuelos
Tantán –puro desierto– donde estuvieron mis tíos y mis abuelos

Un sufrimiento que siempre tuvo mi tío fue su hermano Francisco. La abuela –la segunda esposa de mi abuelo– sentía pasión por mi tío Antonio, no tenía mucho cariño por mi madre ni por mi tío Francisco. Este tío mío –Francisco– sufrió una meningitis de niño; a partir de esa enfermedad fue un niño raro –me contaba mi madre, con sufrimiento–. Ingresó en la Legión al poco de fundarse, con permiso paterno; vivió unos años con una mujer casada que era madrileña –por aquel tiempo se acercaban muchas mujeres a los puertos francos a ejercer la prostitución–. En el caso de esta mujer, su marido estaba en la cárcel, supongo que quería a mi tío, vivieron unos años juntos y tuvieron una hija, registrada como hija de padre soltero –Francisca Fortes Calderón–; cuando el marido de esta mujer salió de la cárcel abandonó a mi tío y le dejó con la niña; la ingresó en un colegio de Málaga y se trastornó, tirándose a la bebida.

Tras su licencia en la Legión mi tío Francisco se fue a vivir a Madrid desde donde, de vez en cuando, escribía cartas a su hermano Antonio quien, en más de una ocasión fue a verle en Madrid, comprándole ropa y pagándole el Hostal para un mes; le llevaba a la casa del Legionario y le arregló el cobro de la pensión que le correspondía. Es de suponer que la marcha de mi tío Francisco a Madrid debió ser en busca de la mujer que amaba; su final, muy triste, fue en un hospital de tuberculosos de Asturias.

Ángela, la hermana mayor de Antonio Fortes
Ángela, la hermana mayor de Antonio Fortes

Hasta aquí el relato efectuado por Carmen Acebo Fortes por el que entiendo ahora, tras el paso de cincuenta y seis años, la alegría "triste" del sargento 1º Fortes; su reserva ante iguales y superiores –no era entusiasta en los saludos y mucho menos adulador–, así como la devoción que mostraba hacia el soldado de quinta que estaba directamente a sus órdenes. En la carta que envió a mi familia, cuando me licenciaron, felicitaba a mi padre y le envidiaba por el hijo –yo– que reunía las cualidades que él hubiera querido para un hijo propio. Nunca he recibido un elogio mayor... De no haber tenido el padre que tenía –del que me siento tan orgulloso– hubiera sido un auténtico placer ser hijo de Don Antonio Fortes Calderón.

Don Antonio Fortes Calderón
Don Antonio Fortes Calderón

¡Descanse en paz, mi Sargento!. Donde quiera que se encuentre, seguro que estará en el grupo de los buenos y de los justos. Si hasta allí pueden llegar los sentimientos de quien fue su subordinado, le harán saber una vez más que en usted encontré la conducta humana y hasta fraternal que otros me negaron en aquellos dificiles tiempos de Sidi Ifni.

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