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Homenaje a los prisioneros Imprimir E-Mail
Artículos - Artículos digitales
Escrito por Miguel el Bona   
viernes, 05 de mayo de 2017

Fuente: Foro "Melilla: Cuando fuimos soldados - Relatos de la Guerra de Ifni-Sahara 1957/58" (6/11/2016)

Uno de estos prisioneros fue Alfonso Carlos Alsúa.
Veterano de los conflictos armados de Sidi Ifni al final los años 50 combatió contra las cabilas en el Grupo de Policía de Ifni nº1 y fue capturado y hecho prisionero durante 18 meses.

El 5 de Mayo de 1959, después de dieciocho meses de cautiverio, fueron entregados a representantes del gobierno español cuarenta prisioneros de guerra, entre los que se encontraban tres mujeres y dos niños de corta edad. El acto tuvo lugar en Casablanca, ante el Sultán Mohammed V, que había recibido a los cautivos de manos del cabecilla de nuestros enemigos, un individuo llamado Hammú, antiguo sargento de la Legión Extranjera Francesa, sin duda manejado por el propio Sultán y su hijo, futuro Hassan II.

"Me avisaron en noviembre de 1956 que hacia febrero del siguiente año (1957) me tenía que alistar en el cuartel de Pamplona (Navarra) para mi reclutamiento (reemplazo del año 1956). En el momento de mi reclutamiento, no sabía el 'viaje' que la vida me iba a deparar durante aproximadamente dos años. Viaje lleno de infortunios y vivencias difíciles de digerir y que, a través de estas líneas, tengo a bien contar un relato verídico".

La guerra ignorada de Ifni.
La guerra ignorada de Ifni.

Este escrito está redactado fielmente, contado con sus propias palabras, tal y como él lo vivió.

"Un año antes de mi alistamiento a la Caja de Reclutas número 50 de Pamplona, me habían hecho lo que se llama 'la medida' para mi posterior reclutamiento. Ingresé en Caja el día 1 de agosto de 1956, con la clasificación de Soldado. Yo estaba trabajando en San Sebastián (Guipúzcoa) en la construcción. Recibí una carta en mi casa paterna en Garisoain (Navarra) y mi madre me avisó. El día que llegué al cuartel de Pamplona, me subieron con otros compañeros a un tren para trasladarnos a Cádiz".

Pasaron la noche en el trayecto hasta destino. Creo que, visto lo que les iba a pasar, estuvieron en dicho cuartel de transeúntes durante 15 días.

"Nos dejaban pasear por Cádiz y pasar el tiempo como queríamos", comenta Alfonso sonriendo sabiendo ahora la dureza de los días posteriores. Tras esta experiencia, 1.000 reclutas subieron a un barco y estuvieron navegando hasta Fuerteventura (Islas Canarias). Permanecieron en esa isla canaria un mes.

"Durante la travesía que duró tres días con sus dos noches, hubo una tormenta y todos estábamos mareados, agarrados a los palos o a la barandilla del barco y vomitando. También recuerdo que todos dormíamos en cubierta. El barco disponía de camarotes, pero estaban destinados a los oficiales".

"De la noche a la mañana, un sargento vino con una lista de 90 nombres en la que yo estaba incluido y nos dijeron que íbamos 'voluntarios' al Grupo de Policía de Ifni nº. 1, por pertenecer a dicho reemplazo. Pero la razón verdadera de haber ido a Marruecos fue por la quinta que nos tocó. A la mañana siguiente nos metieron en una corbeta y después de ocho horas de viaje, desembarcamos en la región de Ifni (África Occidental), en plena mar, con el agua hasta el pecho, porque no había puerto. De ahí nos llevaron al cuartel de la Bandera Paracaidista de la ciudad de Sidi-Ifni (Ifni) e hicimos la instrucción durante un mes. Por cierto, me gustaría desde aquí agradecer al Cabo Tuero, asturiano, paracaidista, porque en la instrucción era muy duro y todos le odiábamos por ello. Pero luego supimos lo que hizo por nosotros. Su dura preparación, nos ayudó mucho durante el combate".

Alfonso sigue contando que el primer día que llegaron ametrallaron todo el campamento.

"El campamento se componía de tiendas de campaña en las que entraban seis personas. Al oír el ataque, los que llegábamos nuevos nos metimos debajo del poyete de piedra de la tienda de campaña, pasando mucho miedo y sin saber lo que nos iba a deparar más adelante nuestro supuesto voluntariado. En este campamento, conocí a un cabo furriel de Estella y al enterarse de que yo era también navarro y que vivía cerca de dónde él vivía, me alimentaba muy bien dándome bocadillos".

Estuvieron en el campamento durante un mes y después de ese tiempo, los 90 que llegaron a Sidi-Ifni fueron separados.

"A unos cuantos nos destinaron a Tagragra. A nosotros, los Policías de Ifni, nos tocaba coger a los moros para hacerlos presos y llevarles a Canarias. Lo malo de todo esto", cuenta Alfonso con una mueca, "es que dichos moros, después de alrededor 3 meses, volvían de nuevo mucho más gordos de lo que habían ido. Digo esto porque conocía a algunos y nos venían a saludar y dar la mano tras su vuelta". La misión de estos policías era coger a los moros de la cabila a media noche (se puede definir como una casa en la cual hay un gran grupo de gente dónde la mayor parte de ellos tienen un descendiente común). "Algunos nos abrían la puerta pero otros no, con lo cual teníamos que saltar la tapia y entrábamos a cogerlos. Algunas veces pasábamos miedo por los pequeños tiroteos que se producían. Los atentados empezaron a partir del mes de Mayo de 1957. Los que estábamos en los puestos interiores éramos acosados continuamente. Así mismo siguieron hasta aproximadamente el 9 de agosto de 1957, un domingo".

Alfonso cuenta sin ninguna vacilación los acontecimientos pasados en esta fecha:

"Nos cortaron la línea telefónica con un puesto que teníamos en el interior, más hacia el desierto. Tuvimos que salir doce personas (dos soldados de transmisión, dos moros de la policía y ocho policías españoles) para hacer el arreglo. A las cuatro de la tarde, cuando terminamos de arreglar la línea telefónica, llamamos al cuartel diciéndoles que los moros se comportaban de una manera extraña (normalmente los moros se acercaban y nos hablaban, se reían o simplemente miraban lo que hacíamos y esa vez no) y que nosotros estábamos ya cansados después de la dureza del día. Nos contestaron que nos enviaban una camioneta a recogernos. Una vez hecha la llamada y nada más recorrer 500 metros, nos ametrallan e hicieron que nos metiéramos en una vaguada. Ahí, estuvimos luchando durante una hora contra ellos. Por fin, conseguimos escaparnos de ahí llevando un herido español. Los moros policías desaparecieron. Repelieron la agresión pero la historia no había terminado ahí".

"Subimos por el monte Tamucha y dimos la vuelta a la montaña. Cuando bajábamos cara al cuartel, vimos que subía una camioneta con nuestra policía. Al verles, y para que supiéramos dónde estábamos y que éramos nosotros sus compañeros, tiramos ráfagas al aire. La respuesta de los de la camioneta fue dar la vuelta y largarse al cuartel, dejándonos ahí. Pensaban que éramos moros que les atacaban. Estuvimos andando hacia el cuartel durante dos horas, dos horas y algo más o menos, exhaustos y hambrientos. Al llegar al cuartel, nos enteramos que nuestro capitán había ido en nuestra búsqueda en una camioneta y al encontrarse con el tiroteo (el primero del combate), dio media vuelta y se largó al cuartel. Mandó luego a un teniente a que nos buscase y éste último, creyendo que también los moros les atacaba al oír nuestra ráfaga de posición, dio la vuelta con su camioneta y se largó al cuartel. Después de descansar, al día siguiente, el teniente nos llamó a los que habíamos vivido la aventura del día anterior uno por uno y nos casi amenaza diciéndonos que no se supiese nada de lo que había pasado con él y con el capitán", comenta Alfonso resignado. Ese fue el primer combate que hubo en la llamada La Guerra Olvidada.

"Me gustaría hacer hincapié en un compañero Brigada Gamazo, con el que tuve muy buena relación, ahí, en Tagragra. Era una persona excelente y de muy buen carácter. Se podía entablar conversación con él. Hoy en día está fallecido". Alfonso sigue con su historia: "A los cinco días (hacia el 14 o 15 de agosto de 1957) vinieron dos compañías de Paracaidistas, dos o tres compañías de Tiradores de Ifni y aviación, y fueron a por los que nos habían tiroteado. Hubo prisioneros y algún muerto por parte mora. Por nuestra parte no hubo ninguna baja. A partir de ahí, nuestro trabajo consistió en buscar a los moros, no como antes, sino bélicamente, con tiroteos por cualquier motivo. Abastecíamos (de munición y de comida) también los puestos de Tamucha, Habidur,… Los moros nos odiaban". En una de esas 'peleas', Alfonso fue herido con un compañero suyo. Cuenta que, mientras se curaban, desde el cuartel veían los combates que se producían cerca. A su compañero y a él les trasladaron finalmente al hospital de Las Palmas. De Tagragra les llevaron al Hospital de Sidi-Ifni pero al no haber sitio para ellos, les llevaron a las islas canarias. Alfonso tenía metralla en el cuello y en las piernas. Su compañero tenía más metralla que él en las piernas. "Estuvimos quince días en el Hospital, pensando e ilusionándonos cada día que pasábamos ahí en que nos iban a llevar de vuelta a España, pero todo se truncó al llevarnos otra vez a Tabelcut".

"Yo creo personalmente que nos llevaron al Hospital para que descansáramos y así volver con más fuerzas al combate". Alfonso también cuenta que durante su trayecto en avión al Hospital canario (un Junkers), andaban con mil ojos ya que viajaban con los moros presos. Dicha situación hacía que tuviera la metralleta bien agarrada cerca suyo 'por si las moscas'. A su compañero de Jaén y a Alfonso les llevaron, tal y como lo relata a Tabelcut y ahí estuvieron tres semanas como de vacaciones, porque no pasó nada. "La noche antes de cogernos, hubo una alerta general. Pasamos todos la noche en vela, no sólo el teniente y el cabo, sino todos. A las 6 de la mañana, la mitad se fue a dormir, vestidos y con el armamento cerca nuestro por si atacaban. En la casa estábamos nueve policías, la mujer del cabo primero de la Guardia Civil y sus dos hijos y varios policías autóctonos. A mí me tocó velar y fue ahí cuando empezaron los ataques. Estuvimos defendiendo el puesto hasta las 4 de la tarde y nos arrinconaron en la terraza de nuestro puesto. Era una terraza de 16 metros cuadrados aproximadamente. Estando ahí, vimos pasar dos aviones de combate franceses a gran altura. Dieron varias vueltas alrededor nuestro y se fueron. Otro día pasó a baja altura un Junkers español. Nosotros tiramos bombas de mano y nos hizo 'un guiño de alas'. Con esto, nosotros pensábamos que nos había visto, pero no pasó nada. Teníamos poca comida, estábamos casi sin munición y lo peor de todo, no teníamos radio con la que comunicarnos".

"Así estuvimos aproximadamente tres días, del 23 al 26 de noviembre aproximadamente, ellos atacando y nosotros defendiéndonos en la terraza de la casa. Los moros que pertenecían al ejército español, se pasaron casi todos al bando de nuestros enemigos durante ese ataque. El 26 nos apoderamos de nuestro puesto. Tiramos hacia abajo porque el hambre apremiaba. Me acuerdo que al bajar, un compañero madrileño y yo nos encontramos una botella de whisky marca 'Caballo Blanco'. Él pegó un trago y me dio la botella a mí que yo no había bebido nunca whisky, y le pegué otro trago y me supo a agua".

"Al no haber mucho ruido de tiroteos, pensamos que los moros se habían acobardado y nos habían cedido nuestro terreno. Nos dejaron toda la noche 'respirar' tranquilos. A la mañana siguiente, el 27 de noviembre, empezaron a bombardearnos con morteros. A media mañana apareció un moro rebelde perteneciente al llamado Ejército de Liberación con una camioneta y una bandera blanca del puesto marroquí. Nunca supe lo que pasó, solo que el teniente nos dijo que nos entregaba al ejército marroquí, él incluido. Nos dejaron salir del puesto de combate con nuestro armamento y la bandera española y nos llevaron hasta Mirleft. Allí, el ejército marroquí nos desarmó. Pudimos comprobar que el armamento de los moros era casi todo español, mejor que el nuestro. A mi parecer, no había bandas rebeldes marroquíes, sino el ejército de Mohamed V disfrazado de guerrilleros".

"A continuación nos dieron de cenar y a media noche nos sacaron de uno en uno, atándonos seguidamente las manos detrás del cuerpo y llevándonos a un autobús. En el autobús nos ataron al asiento con una cuerda por el cuello, otra por la cintura y otra en los pies, todo esto con las manos atadas atrás. Así nos tuvieron una noche entera en el autobús, yendo por las montañas. Nos llevaron a un puesto y estuvimos seis meses. Metieron al cabo primero y a su mujer en una habitación, al teniente aparte y nosotros en un agujero dónde no nos dejaron ver la luz del sol en durante seis meses". Alfonso con el ceño fruncido, sigue contando lo peor de su experiencia que viene a continuación. "Lo pasamos muy, muy mal. Dormíamos en el suelo (tierra). Sufrimos durante 6 meses malos tratos, vejaciones y torturas cada día. Una de las torturas era ponernos al sol de puntillas, la cabeza hacia atrás hasta que caías al suelo y ahí nos pegaban; nos ponían la metralleta en la sien y oíamos como echaba hacia atrás el cerrojo del arma (al final les pedíamos que nos matasen ya que no podíamos más); estábamos muchas veces con el agua a ras de los tobillos,… Las patadas y los tortazos eran cosa común diariamente. No comíamos, salvo un nabo al medido día y nos daban agua sucia que decían era café. Al tener mucha hambre, no nos importaba lo que nos dieran, nosotros lo comíamos y lo bebíamos. Nos quitaban pelos del pubis y nos los metían en la boca. Estábamos llenos de piojos. Voy a omitir muchos más datos dado su dureza. Fue cruel, muy cruel. No podéis imaginar cuánto". Lo que sí le asombró en ese momento a Alfonso era que le quitaron todo lo que llevaba encima salvo un crucifijo, el cual todavía conserva. Su mujer, Manuela Barrera, lo llevó puesto el día que se casaron, el 6 de Junio de 1963. Tras ese periodo de tiempo, les movieron de sitio y todo cambió. "No comíamos apenas pero algo más que antes. Podíamos salir a un patio al sol. Nos pusieron colchonetas para dormir. Los malos tratos cesaron", dice con alivio Alfonso. Allí se encontraron con más prisioneros. En total eran 40, niños incluidos. Alfonso conoció en ese lugar a un prisionero francés, Ignacio Cacciaguerra de Córcega, con el cual intimó bastante.

"Recuerdo que era la época en que nos dejaban salir al patio a barrer, también solíamos lavar su ropa y en premio nos daban un pedazo de pan,… Estábamos con jóvenes moros los cuales no habían combatido y todo era más armonioso que los seis últimos meses pasados (solían reírse de nosotros pero en plan broma y pegarnos patadas en el culo cuando no les dábamos la razón en algún dialogo). Todo esto era leve, como las típicas bromas que se hacen entre amigos. Lo que no podíamos hacer era hablar ni entretenernos con nadie mientras trabajábamos. Yo oí un ruido en una puerta, un “tic-tic-tic-tic” y, sin que el moro me viese, traté de contactar con la supuesta persona que hacía aquel ruido. Me dí cuenta de que era francés. Nuestros encuentros fueron así de sencillos hasta que un día le 'liberaron' y le encerraron en una habitación aparte, pero que estaba en el mismo patio que el nuestro".

"Salía con nosotros a tomar el sol. Cierto día desapareció. Luego supimos que fue él el que dio la voz de alarma diciendo que había prisioneros españoles en la prisión que estuvo él". Alfonso comenta sobre lo sucedido: "Creo que fue eso que hizo que las autoridades españolas de la época reaccionaran. Nos liberaron, por fin. Si Mohamed V no hubiera pensado en hacer ese viaje además de estar presionado por las circunstancias francesas, no sé lo que hubiera pasado con nosotros".

"Fue una guerra tan oculta por la censura, que hasta se dudó de que hubiera existido". Según el boletín Nacional de las bajas, le dieron como desaparecido/muerto, el 21/06/58 en una lista publicada en el Anexo al Escrito número 1342. "Por fin, el día 6 de mayo de 1959 fuimos entregados al embajador español en Marruecos en presencia de Mohamed V, rey de Marruecos en ese momento, y su hijo Hassan II, ambos desaparecidos actualmente".

Notificación de la 'Desaparición' de Alfonso Alsua.
Notificación de la 'Desaparición' de Alfonso Alsua.

Comunicación al padre de Alfonso.
Comunicación al padre de Alfonso.

Fue finalmente destinado a efecto de movilización al Regimiento de Infantería Cazadores de Montaña número 7 de guarnición en Pamplona. Alfonso continúa:

"En toda esta historia se podrían haber incluido nombres, pero muchas veces es mejor dejar en anonimato ciertos sucesos. Sólo quería contar esta experiencia al haber leído varios artículos sobre este tema los cuales algunos estás muy lejos de la realidad", dice Alfonso.

"Para terminar, me gustaría contar algunas anécdotas. Estando yo en prisión hubo una Reunión de Cáritas en Pamplona dónde acudió un alto jefe militar. Mi hermana, que también estaba presente en esa reunión, preguntó al militar por los presos españoles. Este negó rotundamente que en Marruecos hubiese presos españoles. Más adelante y ante la evidencia, el militar se retractó y reconoció que habían ocurrido pequeños incidentes pero no pasaba nada. Yo, personalmente, me pregunto ¿una guerra que costó a España 1.000 bajas entre muertos y heridos, no fue nada?. Que vengan a mí y que me lo cuenten. Cuando estábamos en el desierto y para no pasar frío durante la noche (pasaba de 40 ó 50 grados a -1 ó -2 por la noche) nos metíamos en la arena para calentarnos con el calor acumulado durante el día. Se veía a las hienas a lo lejos y a los alacranes. Para mi sorpresa, he visto a muy poca gente ser picada por estos 'bichos'".

"En los días señalados, los moros dejaban comida sobre la tumba de sus muertos. Lo que hacíamos nosotros, cuando se iban, era robársela porque pasábamos bastante hambre. También diré que en esa época que estaba en el Sahara y antes de estar prisionero, nos lo pasábamos muy bien en la cantina del cuartel, como cualquier joven… ¡imaginaros! Sobre todo antes de salir al combate. Ganábamos 750 pesetas al mes, mucho para estar en la guerra y antes de salir al combate (salíamos a las 12h de la noche), nos lo gastábamos todo en la cantina del cuartel en bebidas. Tengo un recuerdo para un compañero que murió heroicamente en Tamucha (Ifni). Se llamaba Salvador Álvarez Moreno, de Falces, Navarra. Su familia se enteró de su muerte a mi vuelta a casa. Su padre vino a visitarme al pueblo de Garisoain, dónde vivía a preguntar por su hijo. Simplemente había sido dado por desaparecido en combate".

Alfonso Carlos Alsúa

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