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Memorias de un policía de Sidi Ifni (y VI) Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Manuel Jorques Ortiz
miércoles, 13 de mayo de 2009

Después de tantos años transcurridos, todavía Josep es capaz de ir desgranando hechos vividos en aquel Sidi Ifni de sus años mozos, imposible de olvidar, y nos cuenta:

De cómo y porque no hay que meterse en asuntos amparados por la religión mahometana

Vista parcial aéra de Sidi Ifni
Vista parcial aéra de Sidi Ifni

De los sectores en que la población de Sidi-Ifni había sido dividida para la vigilancia de la policía, el nº 3, casi en el extrarradio y habitado exclusivamente por nativos, sin comercios y, casi, sin movimiento de personas, era para la pareja de patrulla el más aburrido. Dos horas de día o cuatro por la noche eran un auténtico “plomo” para aquellos veteranos que habían superado las prevenciones y resquemores de los primeros servicios callejeros. Así que oír voces en perfecto español gritando ¡no, no, no quiero ir, no! y salir del tedioso deambular los dos policías, fue todo uno. Una corta carrera hasta el final de la callejuela donde se hallaban les dio de bruces con un moro, de unos 60 años de edad, que llevaba a una niña de unos 12 o 13, con las manos atadas con una cuerda de la que estiraba el hombre. La conducía como si de un animal se tratara, calle arriba. Ciertamente que era un hecho insólito para una mentalidad occidental y cristiana, pero no lo debía ser tanto para el nativo aquel que no quería soltar su presa, chapurreando en mal castellano “yo comprar mujera, ser mía, yo pagar”. Pero como la niña lloraba y suplicaba que no la soltaran, que no quería ir con aquel viejo, la pareja de policía, bien impuesta (según creía) de sus obligaciones, la hizo desatar y se llevaron a ambos hasta la casa de la chiquilla, de donde salió el padre, gritando como un loco que no quería a su hija, ¡yo vender, yo vender!, y de ahí no había quien lo sacara. Acudió la madre que abrazó a la niña, y con aquel escandaloso griterío que había atraído a un grupo de moros curiosos, decidieron llevárselos a todos a la Comisaría local para entregarlos al cabo de servicio, quien tras tomar nota los citó para el día siguiente, a las once de la mañana, ante el capitán jefe.

Aquellos ingenuos policías que creían haber realizado un servicio ejemplar, del que algún día hablarían a sus nietos, resultó que fueron llamados por el capitán, a su despacho, quien severamente les pidió dieran su versión de los hechos. Según iban relatando lo acontecido el oficial iba poniendo cara de pocos amigos, y finalmente les explicó que “en cuestión de religión y costumbres” de la gente del país, los españoles no tenían competencia de clase alguna, y que si alguna vez se encontraban ante parecidas circunstancias se tenía que hacer “la vista gorda”, vamos, mirar hacia otro lado y consentir que se vendieran seres humanos, sobre todo si se trataba de una mujer que era “propiedad exclusiva” del padre, quien podía hacer con ella lo que le diera la gana. Así terminó la aventura y nuestra perpleja pareja de policías nunca más supieron de la niña y el viejo.

El maremoto de Agadir 

Agadir en la actualidad
Agadir en la actualidad

En los primeros días de Enero de 1.960 la ciudad marroquí de Agadir, situada a unos ciento cincuenta kilómetros, al norte, de Sidi-Ifni, sufrió un devastador maremoto que causó centenares de muertos y desaparecidos. Los temblores de tierra fueron percibidos en nuestro Territorio, y la prensa mundial se hizo eco de la catástrofe humana sufrida por el país vecino con el que España (no se olvide) se hallaba en un estado de “guerra latente aunque aletargada”, erizado de trincheras y elementos fortificados de resistencia. No obstante, la solidaridad de nuestro país (empezando por el propio Ifni) fue la más inmediata y generosa. Aviones “Hércules” desde Canarias y la Península llevaron a la ciudad mártir de Agadir todo tipo de ayuda, y en Sidi-Ifni se realizaron colectas recogiendo comida, ropa y dinero para enviarlos a los damnificados, a la vez que se organizaba un festival, en el Cine Avenida, en el que los muchos “artistas” que hacían la mili realizaron una estupenda y variada función, llenando a rebosar el aforo del local un inolvidable domingo de Enero de 1.960. La recaudación se fue integra, también, para Agadir. Una vez más España estuvo a la altura de las circunstancias, ante el pueblo marroquí del que solo hemos recibido odios y traiciones. 

Oposiciones a Cabo 2º de policía 

Aquel invierno de 1.959-1.960 iba a enseñar a nuestros soldados de Ifni como era el frío africano una vez que se ocultaba el sol; las cuatro horas de vigilancia nocturna por las estrechas, tortuosas y oscuras callejuelas, eran un tiritar constante bajo los livianos uniformes diseñados para el clima caluroso. El único consuelo era encontrar en el distrito patrullado algún horno de pan, regentado por moros, en el que entrar unos minutos, para calentarse frente al fuego y de paso comprar un par de bollos recién hechos.

De cabo-comisario de guardia
De cabo-comisario de guardia
En esos fríos días de Enero el Grupo de Policía convocó un concurso-oposición para el ascenso a una plaza de cabo 2º vacante en la Compañía, y como el inquieto de Josep Carrera ya había visto y hecho todo aquello que a un policía de 2ª (raso) le era dado realizar, se apuntó al curso de promoción, junto con otros compañeros. Las clases las daba por las mañanas el teniente Moya, de forma clara y amena, de tal manera que dejó un grato recuerdo a sus alumnos, que obtuvieron provechosas enseñanzas para aplicar, no solo a la vida militar, sino en el futuro civil que les esperaba con la licencia. Militares de ese talante (que no abundaban en Ifni, precisamente) nunca sabrán el bien que hicieron a aquellos con pocas letras, pues sus lecciones y consejos les sirvieron para enfocar sus vidas por el camino de un futuro más prospero y tranquilo. Desde aquí les damos las gracias a la vez que no podemos reprimir una exclamación: ¡Ojalá, todos hubieran sido así! 

Llegados los exámenes Josep fue aprobado y por lo tanto se le impusieron los galones de cabo, se le aumentó el salario y dejó de patrullar la calle. Desde la oficina-comisaría de la Local, la función del cabo era pasar revista a las parejas que patrullaban durante cuatro horas sus respectivos distritos, que antes de salir del acuartelamiento debían llevar el pelo bien cortado, afeitados, ropa limpia (y sin olores), zapatos con brillo, armamento en perfecto estado (pistola y porra de día y mosquetón y cuatro bombas de mano por la noche). Cuando se hacía el relevo de las patrullas las parejas daban las novedades (si las habían) que el cabo anotaba y las pasaba al teniente de guardia. Así, día tras día en el cuartel en donde, también, atendía la vigilancia de los calabozos cuando había detenidos. El destino era cómodo pero aburrido, ya que la falta de acción convertían los días (y aún faltaban muchos para la licencia) en algo insoportable para un espíritu tan inquieto como el suyo.

Otros acontecimientos y final de la mili

La playa, los anfibios y el barco para volver a casa
La playa, los anfibios y el barco para volver a casa

Después de los muchos años transcurridos, cuando cualquiera de los miles de mozos que pasaron por Ifni, deja fluir el curso de sus recuerdos y sentimientos, tan distintos del recluta y el veterano, pero tan unidos unos a los otros, suelen fijarse en aquellas pocas horas de las tardes, en que finalizadas las muchas tareas teóricas y prácticas que se desarrollaban en el campamento, acudían en busca de “paisanos” policías veteranos con su aire de suficiencia, de “estar de vuelta” de todo lo referente a la milicia, con la pretensión, sin duda, de deslumbrar al recién llegado y convertirse en su “padre”, lo que daba lugar a sucesos como el de aquel individuo veterano que hallándose dentro de una chabola hablando con los reclutas de la misma, al entrar el cabo instructor y ponerse todos en pie y posición de firmes, tal como estaba mandado, advirtiéndoles que en media hora iba a pasar revista de petates y limpieza, el veterano (que permanecía sentado) dirigiéndose a los reclutas les dijo que no hicieran el menor caso al “gilipoyas” del cabo, quien no siendo nadie se creía un general dando órdenes. Hubo un intercambio de frases entre ambos con advertencia del cabo de que era su superior y exigiendo que su oponente se pusiera firmes, y al ser contestado con frases obscenas y despectivas, motivó la presencia del sargento, ante el que si se cuadró, recibiendo una descomunal bronca, con acusación de que había incitado a un grupo de soldados en periodo de instrucción a la desobediencia, lo que le podía suponer un “reenganche”. Le ordenó salir del campamento, marcando el paso, prohibiéndole volver por el recinto. Al final no se cursaron partes por escrito y el incidente quedó en nada, aunque todos aprendieron que actitudes que en la vida civil no pasan de una mera anécdota, en la militar le puede a uno causar un perjuicio irreparable. 

El cabo Carrera tiene que volver a la vida civil
El cabo Carrera tiene que volver a la vida civil

Existen cuatro fechas en la vida de todo soldado de reemplazo que perduran para siempre: El de la separación de su familia al emprender del viaje, la llegada al lugar de destino, la jura de la bandera y, tras un largo año, el licenciamiento. Aquel año de 1.960 también se celebró la Jura, en la explanada del campo de aviación, y después un magno desfile militar en el que la Policía tuvo una brillante actuación. Claro que para que todo saliera bien, antes habían tenido que trabajar y sudar de lo lindo. A los tenientes todo les parecía mal y de esa opinión eran los sargentos; los cabos instructores tenían que multiplicarse con el grupo que tenían asignados (los quince quintos de su chabola), estimulándoles su amor propio, utilizándose el sabido método del “palo y la zanahoria”. Unas veces castigos, endurecimiento de la disciplina y de los trabajos rudimentarios, en otras con halagos hacia el orgullo de ser policías, el mejor Cuerpo del Territorio. Como se ha dicho, el desfile de los reclutas fue muy aplaudido por el público que lo presenció, y desde el comandante, pasando por el capitán, tenientes y sargentos, todo eran felicitaciones y buenas caras. Los cabos instructores suspiraron con alivio y finalmente hubo una buena comida para conmemorar la efeméride. 

A partir de ese momento (mes de mayo) los flamantes policías tenían que ir relevando a los veteranos, a quienes no les quedaba otra tarea que la de enseñar a sus compañeros todo lo que ellos habían aprendido de sus predecesores, a esperar el paso de los días (muy largos) que faltaba para que los licenciasen, fechas llenas de angustias y “macutazos” (siempre había alguna noticia sobre la posibilidad de que se alargara la mili), hasta que de repente llega la orden de entregar la ropa militar y el armamento, recuperando el atuendo civil, y como masa inútil e inservible para el Ejército, a la que se le ha sacado todo el jugo posible, se vuelve a estabular a los curtidos jóvenes en cualquier local mínimamente habitable, hasta que (en el caso de Sidi-Ifni) pueden contemplar en alta mar un buque que les devolverá a sus hogares. Si el desembarco había resultado una aventura arriesgada, el viaje en sentido inverso no lo era menos. Solo había que contemplar los pequeños y frágiles anfibios sobre la arena de la playa y las sobrecogedoras “siete olas” sobre las que tendrían que “volar” para salvarlas y llegar al barco anclado. El sargento Rubio, encargado de organizar el embarque de los que habían sido sus policías, les explicó que el navío que divisaban era el “Ciudad de Valencia”, y que el orden se había establecido por Cajas de Reclutas, por lo que empezaron a agruparse aquellos que habían salido juntos aunque por sus destinos, en diferentes unidades de Ifni, los habían separado al llegar. De esta forma, en un primer viaje se fueron compañeros entrañables (a los que posiblemente no se les volvería a ver), como aquel madrileño Juan-Antonio Romero Alañón, y hubo que esperar tres días a que volviera el barco, y otra vez los componentes de la Caja de Lérida no formaban parte de aquella segunda expedición. Nueva espera (solo quien lo ha pasado sabe a que “saben” esos días) y a la tercera fue la vencida. El “Ciudad de Valencia”, incansable les acogió en sus bodegas para conducirlos a Cádiz y, desde allí, en tren a sus puntos de destino, descargando en cada ciudad importante o capital de provincia a quienes, casi un año y medio antes, había recogido en los mismos sitios. Una de esas paradas fue en Alcázar de San Juan, donde bajó el entrañable amigo Juan Tarancón Borja, que se dirigía a Albacete. Un adiós que ha sido un “hasta luego” ya que han continuado el trato iniciado en Ifni, hasta nuestros días, prolongándose la fraternidad a sus esposas e hijos. Como Madrid es el centro neurálgico de las comunicaciones ferroviarias en España y, a su vez un final de trayecto, los licenciados que venían desde Cádiz pudieron pasar unas horas libres en Madrid. Allí tendría ocasión Josep de reencontrarse con el amigo Juan-Antonio Romero Alañón, conocer a sus padres y hermana, entrar en su casa. Todo diferente al ambiente en el que habían convivido y que, de alguna forma, lo que les unió ahora les separaba. 

La mítica Vespa en la que Josep hizo su última etapa
La mítica Vespa en la que Josep hizo su última etapa
El nuevo tren militar que partió de Madrid unas horas después, llevaba rumbo a Aragón y Cataluña, y con el sonido de cada uno de los traqueteos se iba formando una musiquilla que anunciaba el final. Al apearse en la estación de Lérida comprendieron que la mili en Ifni había concluido, que aquellos meses pertenecían al pasado y solo perduraría en la memoria de sus protagonistas. Un último abrazo a Genaro Carrillo, aquel pastor de cabras analfabeto, cuyas intimidades amorosas y familiares había conocido al escribir y leer sus cartas… Dirigiéndose Josep al comercio que uno de sus hermanos tenía en la capital, empezó a disfrutar de la alegría de volver con los suyos, conocer el nerviosismo de la madre, allá en el pueblo, al que se traslado mediante un nuevo medio de locomoción: El asiento trasero de aquella mítica scooter Vespa conducida por su hermano. Diez interminables kilómetros bañados por el fuerte sol veraniego para llegar al pueblo, a la hora de la siesta, donde explotó el entusiasmo de familiares y amigos. Aquellos gritos de la madre “¡Mi hijo ha vuelto, mi hijo ha vuelto de la guerra! Abrazos, besos, preguntas, comparaciones con la mili en África de otros vecinos (Ceuta, Melilla), pero Josep Carrera era quien más lejos había servido a la patria común de los españoles. 

Ninguno de aquellos españoles que pasaron por Ifni ha sido capaz de explicar cómo y porqué los recuerdos de aquellos tiempos y de aquella árida tierra se han incrustado en sus corazones. Los lazos de amistad con los compañeros se anudaron de tal forma que nada ha podido desatarlos, siendo cada día más fuertes. Pero es que esa fraternidad se hace extensiva a cualquiera que pasó por allí, que llevó en las hombreras la media luna y la estrella de África y en la guerrera el escudo con el camello. Inmediatamente se establece una corriente de simpatía y afecto incomprensible para los que no estuvieron en Sidi-Ifni. Ese territorio que fue provincia española, que ha desaparecido de los mapas y de los libros de texto donde estudian los escolares, que es desconocido para el noventa y nueve por ciento de nuestra sociedad, nunca morirá mientras que quede uno solo de los españoles que allí servimos a lo que en aquellos tiempos se llamaba patria (España), como meros soldados rasos, con desinterés, abnegación y disciplina. 

Josep Carrera Mor, año 2.008
Josep Carrera Mor, año 2.008
Hoy Josep, que enviudó recientemente, continua residiendo en su pueblo notal, ya jubilado, cuidado por sus familiares y amigos, añorando aquellos tiempos tan lejanos en los que un simple agricultor leridano fue convertido en policía para guardar el orden en tan remoto lugar como era (y es) Sidi Ifni. Sus aventuras y desventuras fluyen de sus labios acompañadas de una eterna sonrisa. Es muy hermoso escuchar a este catalán hablar de su amor a España y de su orgullo de haber servido a la patria con las armas en la mano. 

Gracias amigo y compañero del Grupo de Policía Ifni nº 1, aquel Cuerpo en el que servimos tantos españoles y que hoy está en el baúl de la Historia, cerrado bajo las famosas siete llaves, llaves que para nosotros fueron las siete olas (las siete “marías”) que separaban la playa de los barcos del horizonte atlántico.  

 

FIN 

 

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