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Después de Ifni - Introducción Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Adolfo Cano Ruiz
Escrito por Adolfo Cano Ruiz (RIP)   
martes, 13 de febrero de 2018
Índice del Artículo
Introducción
Prólogo
1. Después de Ifni
2. De vuelta en Valencia
3. Luis
4. Alemania
5. ¡Por fin Paris!

Capítulo 4. Alemania

Al salir del coche casi me quedo petrificado, hacía 12º bajo cero y caía una lluvia menuda que hacía daño, la ropa de abrigo que llevaba no era suficiente y me encontraba en un lugar solitario y desconocido, con la única posibilidad de entenderme de las aproximadamente cincuenta palabras de inglés aprendido en el puerto de Valencia cuando tenía unos 16 años, ‒compraba tabaco a los marineros extranjeros que llegaban al puerto de Valencia y solían hablar inglés‒. En Alemania tenían como segunda lengua el inglés, por lo que me pude, aunque con dificultad, desenvolver más o menos.

El alemán que me trajo me dejó en una plaza donde había un montacargas con capacidad de bajar coches. Se trataba de pasar una ría o canal por un túnel construido por debajo y que terminaba en Altonastrase, que era la zona portuaria, donde estaba la empresa de construcción naval Howaldtswerke en la que trabajaba un conocido de Valencia.

Los astilleros Howaldtswerke en Hamburgo.
Los astilleros Howaldtswerke en Hamburgo.

Me habían dejado prácticamente en la puerta donde estaba el ascensor, envuelto en una bufanda de lana, gracias a la que pude subsistir en los primeros momentos, amén de haberme puesto otro pantalón encima del de pana que llevaba, cosa que hice en aquel largo y solitario túnel que me llevo a la otra orilla del canal en la zona portuaria. En la gris y fría soledad me topé con la cabina de unos policías del puerto, que por señas me indicaron donde estaba la Howaldtswerke, la empresa donde encontré a mi amigo.

Se llamaba Juan y había trabajado en la UNL, de donde lo conocía. El panorama en que me encontré no era nada idílico, se trataba de un gran barracón de madera en el que había habitáculos que albergaban a unas 50 personas, acomodadas en literas de tres alturas ‒me recordó mi compañía en Ifni‒, olía a cuartel. Juan me acomodó en una de las literas. Al día siguiente Juan me acompañó a la oficina de "reclutamiento".

Pasé una noche fatal, dormí mal y poco, no solo por la incertidumbre de saber si me admitirían y me hacían el contrato, también porque la cama era tan dura como dormir en una tabla. Al día siguiente, a las seis de la mañana, nos pusimos en marcha, había que calentar el desayuno en unos hornillos eléctricos que había en una sala con unas mesas largas y unos bancos, parece que para poder tener opción a coger un hornillo había que levantarse a las cinco y media de la madrugada. Cuando salimos del barracón, sobre las seis y media, hacía mucho frío y había una niebla tal que no se veía nada a más de tres metros.

Llegamos a las oficinas de empleo. Encontré curioso que fuera de la entrada había una fuente de la que podías beber té caliente, cosa que hicimos. Pareció como si me hubiesen estado esperando, todo fue fácil, el empleado que me recibió hablaba español, pasaporte y contrato de trabajo y a empezar al día siguiente. El problema para mí fue que lo que más necesitaban era mano de obra de fuerza bruta, me destinaron a la sección de calderería, en la sección de tubería general como ayudante de un oficial.

Aunque el trabajo era durísimo, tuve suerte con Willibald ‒para mi Guillermo‒ un alemán que en la segunda guerra mundial emigró a Argentina y hablaba un español más que correcto.

La Howaldtswerke eran unos grandes astilleros donde trabajaban 12.000 personas, fue donde Hitler hizo construir la flota de submarinos y los navíos de su fuerza naval.

Me incorporé al día siguiente, antes tuve que pasar por el almacén donde me dieron un traje de un material contra el fuego y unas botas con la puntera de acero. Enfundado en aquel traje ‒que aun siendo la talla más pequeña le tuve que doblar los camales y la mangas‒ y calzado con aquellas botas, parecía un autómata al que agregaron un casco para los chorretones de soldadura que en el interior del barco en construcción caían por doquier.

Tuvieron que pasar unos días para adaptarme al tajo. El trabajo era durísimo, se trataba de plantillar tubería en el interior del barco, donde la atmósfera era irrespirable, tenías que pasar por andamios, soportar el ruido de los remachadores dentro del casco ‒que es lo que se botaba‒, cuando no un chorretón de soladura eléctrica o autógena. Una vez hecha la platilla con unas varillas de hierro en el taller ‒una gran y ruidosa nave‒, se daba la forma al tubo rellenándolo de una gravilla fina que había que compactar martilleándolo. Posteriormente, sobre una mesa de hierro con agujeros, se procedía a dale la forma de la plantilla calentándolo con un gran soplete de boquilla grande. Había que coger los tubos de una cierta envergadura y subirlos a bordo en su conjunto con una grúa, presentarlos y fijar las bridas con unos puntos de soldadura eléctrica, dejando la terminación del último tubo del ramal para el ajuste final. De vuelta a desmontarlos y bajar de nuevo al taller para que un soldador profesional soldase las bridas. Terminada la soldadura de vuelta a bordo para hacer el montaje final y finalizar con el terminal. Esto se hacía en el interior del casco, había que maniobrar por andamios cargado de un tubo o subiéndolo con polipasto. Si la tubería era de cubierta había que trabajar nevando y a 10 bajo cero y con el mar del puerto con bloques de hielo flotando. Un trabajo durísimo.

Algo de suerte tuve, Guillermo era una persona excepcional y pronto entablamos una buena amistad, al extremo que me acogieron en su familia como un amigo apreciado. Tenía mujer y una hija de 11 años y les gustaba lo español. Empezamos con una paella hecha por un Valenciano de Sueca, paella que salió para repetir. Así se comía todos los fines de semana en casa de Guillermo.

Formé parte de un pequeño grupo de españoles, en el que se encontraba Vicente el valenciano ‒que hacía buenas paellas‒, José ‒un cocinilla de Portugalete‒ y Antonio ‒un andaluz con gran gracejo‒. Un día se habló de hacer un cocido madrileño, para lo que hacía falta, entre otros ingredientes, especialmente garbanzos. Ocurrió que la Sra. de Guillermo trajo guisantes. Se hizo el cocido con los guisantes y aunque aquello no se pareció nada al cocido, como había buen ingrediente, nos lo comimos regado con un buen vino, se podía comer.

El hecho de llamarme Adolfo me favoreció, ya que tuve la sensación de que en cierto modo les recordaba al dictador y les sonaba bien. Tal era esta situación que el encargado de la sección, estando en horas de trabajo, me invitaba a un vaso de chocolate caliente ‒había una máquina expendedora de bebidas calientes dentro de la factoría, donde se podía ir a tomar algo caliente pagándolo, no así la fuente de té que era gratis‒. El encargado me invitaba a chocolate y algún que otro chupito de brandi, para que jugásemos una partida de ajedrez en una cabina que tenía en el barco, con una estufa, incluso solía agregarse alguno que otro a ver la partida. Él era un jugador mediocre y, siendo yo un jugador autodidacta, solía ganarle. Cuando ganaba él se notaba su cara de satisfacción. No recuerdo como se llamaba, pero tenía una hija de diez años a la que todos los viernes le di clases de dibujo en casa de Guillermo, junto a su hija, siempre los viernes por la tarde que no se trabajaba, era el día que había que aprovechar de 5 a 7 las clases y de 7 a... a Sant Pauli.

El sábado las buenas comidas en casa de Guillermo y por la tarde noche partida de julepe en el barracón donde solía ganar, el domingo se empleaba para el aseo personal y correspondencia, los demás días había que acostarse pronto porque había que levantarse a las cinco y media para poder coger un hornillo para calentar el desayuno. A las siete de la mañana estaba en la puerta de la sección el jefe, que conforme entrabas te daba la mano deseándote los buenos días con un lacónico "Mogen". A esa hora la niebla era tan densa que tenías que ir con las manos por delante para no tropezar. No pocas veces te sorprendía el "¡Alto!" de un policía del puerto, que salía como de la nada para ver si llevabas contrabando de tabaco.

Mi estancia en Alemania fue dura, pero viví momentos diferentes a los de la España de los 60.

Recuerdo el primer día que entré en un bar, me senté en una mesa y pedí una cerveza, había un pequeño escenario, donde una joven estupenda hacia striptease. Aquello para un español educado dentro del pecado, donde a lo más que teníamos costumbre era a ver una rodilla de mujer, sorprendía, cuando no revolucionaba las hormonas subiendo los niveles de testosterona. Mientras que los alemanes presentes aplaudían la hermosa desnudez de aquella bella joven, los españolitos nos desahogábamos de una u otra forma. Puedo decir que yo me crie en el barrio chino de Valencia, donde a muy temprana edad solía subir a las casas de putas habidas en el barrio, aun así, el striptease era una novedad, algo nuevo y excitante.

Parecía que los españoles teníamos una gran preferencia para las alemanas ‒por la novedad‒, aunque íbamos vestidos de pobre y calzados con aquellas botas con puntera metálica, que nos hacía andar de forma patosa, y éramos por lo general pequeños de estatura, pero claro, con aspecto latino, que sería lo que les "molaba".

Recuerdo que íbamos a una sala de baile donde las mesas estaban numeradas y tenían un teléfono, lo normal era que uno llamase al número de mesa donde había una chica que te gustaba, pero ocurría lo contrario, eran ellas las que llamaban indicando con el dedo a quien de los que estábamos en la mesa querían. Cierto es que teníamos que salir en grupos, porque a los alemanes el que les quitásemos sus chicas no les gustaba nada, y si encontraban a un extranjero solo lo enviaban al hospital.

Había algo también muy particular. En el "barrio chino", que se llamaba Sant Pauli, tenía en una de sus calles grandes vitrinas donde se exponían las prostitutas con poca ropa, había una ventanita por donde se gestionaba el precio.

La libertad sexual en los años sesenta la consideré excesiva, así lo entendía también Guillermo, que me hablaba de emigrar a España por salvar a su hija, que a los 14 años saldría de marcha a las dos de la madrugada, como yo las veía incluso más jóvenes. Claro que estaba en Hamburgo, y como puerto de mar siempre existe una forma de vida diferente a otras ciudades más centradas.

La calle Herbertstrasse, en el barrio de St. Pauli de Hamburgo.
La calle Herbertstrasse, en el barrio de St. Pauli de Hamburgo.

Pensaba que no era lugar para echar raíces, no por la libertad sexual, que a nadie le amarga un dulce, si por la lengua, dura como la cama al uso, por el clima rigurosamente frío y por la comida, con mucha patata y mucho ahumado, claro que hablo del Hamburgo de 1960.

Yo debía estar unos cinco o seis meses para capitalizarme con el objeto de desplazarme a Paris y solicitar asilo político, cosa que según la experiencia de Luis era posible, pero con un proceso largo, por lo que hacía falta dinero para subsistir.

Siempre he pensado que en la vida hay que desarrollar el sentido de adaptación, así que en poco tiempo me había adaptado al frío. Eso sí, ayudado por calzoncillos largos, dos pantalones, camiseta gruesa de abrigo, camisa de invierno, jersey grueso de lana y un tabardo tres cuartos, junto a unos calcetines de lana con los "botones" con puntera de acero y unos lingotazos de brandi era la forma de sobrevivir. El tiempo fue mejorando, saliendo días de sol con temperaturas ya de tres o cuatro grados sobre cero. El trabajo fue duro desde el principio, pero el pensar que sería solo por unos meses y se cobraba bien, con una moneda fuerte como era el marco, me ayudaba también a sopórtalo.

Gracias que los fines de semana comía decentemente en casa de Guillermo, pues solíamos comer en el comedor de la empresa y la comida no solía sentarme bien por la ulcera de estómago, que en aquella época lo resolvía con bicarbonato. Sobre la comida recuerdo a un cuarteto de gallegos que se hacían su pote gallego y comían los cuatro del mismo puchero, siendo la atracción de los alemanes que hacían un circulo para verlos comer, claro que uno también podía ver como comían los alemanes. Llevaban una torre de pan de molde de diferentes clases, y entre uno y otro diferente ingrediente, esto unido a una cerveza de alta graduación que solía ponerlos "contentos".

Un día el encargado por mediación de Guillermo me dio a realizar un trabajo que consistía en hacer un ramal de tubería de cuatro pulgadas. Cometí un error al saltarme las normas y pasarme de listo, hice un croquis por donde debía de pasar la tubería que no tenía grandes obstáculos y me ahorre el hacer las plantillas, cosa que ya había visto en la UNL. En el taller no sentó muy bien que llegase un extranjero a modificar el sistema, cosa que me hicieron ver en cuanto a que ellos también podían hacerlo así, pero repercutía en el tiempo y en el salario. Sin darme cuenta había tocado el sistema de productividad por el que había luchado en Valencia. Mi intención, un tanto cándida, fue la de demostrar que no solo servía como ayudante de carga. Por Guillermo me disculpé, ya que fue él quien le dijo al encargado de darme el trabajo, lo cierto es que ya no tuve el mismo trato, aunque fue ya en el mes de julio y yo tenía planeado marcharme a Paris en octubre, ya que el tiempo había mejorado notablemente. El encargado, posiblemente por darle clases de dibujo a su hija o porque me había cogido aprecio, o porque algún fin de semana se agregaba junto a su mujer e hija a las comidas en casa de Guillermo, estuvo algo huidizo unos días hasta que, haciendo Guillermo de traductor, me explicó que él me había dado el trabajo para complacer a Guillermo. Le pedí disculpas, admitiendo que me había pasado de listo, excusándome diciéndole que era el método que se empleaba en la UNL, donde había trabajado incluso sobre plano. Unos días después estábamos jugando al ajedrez yo le enseñaba algunas palabras en español y él en alemán.

Lo de las comidas en casa de Guillermo, se hizo popular, éramos cuatro españoles que yo organicé: estaba Vicente, con sus dotes culinarias nos hacía unas buenas paellas ‒cosa curiosa el azafrán en rama había que comprarlo en la farmacia‒, como arroz caldoso y otras comidas. Un vasco de Portugalete, también un "cocinilla". Antonio de Sevilla, con gran gracejo, que ponía ese punto necesario para pasar buenos ratos y, claro está, yo mismo, con el apoyo de Guillermo que era el organizador. Sin dudarlo puedo decir que fueron estos fines de semana los de mejor recuerdo en mi corta estancia en Alemania.

No sé si por falta de interés o porque el alemán era sumamente duro, más bien rudo, difícil para mí, no conseguí más que a mal pronunciar una docena de palabras.

No llegué a tener amigos reales, a excepción hecha de Guillermo, y algo con el encargado, que por extraño que parezca nos entendíamos con una mezcla de señas de medias palabras en inglés y francés, que él lo hablaba y yo un poco. Llegado el mes de mayo ya salían días soleados y se podía visitar la ciudad, que tenía bonitos parques, pero siempre íbamos a parar a San Paoli. La primavera tan esperada me hizo pasar ratos muy desagradables con mi ulcera de estómago, que mitigaba con bicarbonato, esto se unía a la ya escasa dentadura con infecciones frecuentes, que resolvía con enjuagues prolongados de agua y sal.

El clima y la alimentación no ayudaron en nada, en particular a mi estómago, que tenía que defenderse de la excesiva ingesta de alcohol para contrarrestar el frío y una alimentación dura, amén de estar inmerso en un ambiente de trabajo extremo, de ruido, de una atmosfera ‒dentro del casco‒ difícilmente respirable, de mal dormir en aquella nave, que albergaba en literas de tres alturas a casi un centenar, donde igualmente se respiraba mal, con sinfonías nocturnas de ronquidos. Tenía la sensación de no haber salido de Ifni en los primeros meses de aquella mili de malos recuerdos.

Tenía contacto por carta con el amigo Luis, que se había situado en París en el mantenimiento de las máquinas de escribir que vendía su empresa, de la que anteriormente era comercial. Se había instalado en un HLM ‒un piso social‒ en Palaiseau, a unos 18 km de Paris. Luis estaba casado con una francesa y tenía tres hijas, que en Francia se consideraba familia numerosa, por lo que tenía ciertas prebendas.



 
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