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Después de Ifni - Introducción Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Adolfo Cano Ruiz
Escrito por Adolfo Cano Ruiz (RIP)   
martes, 13 de febrero de 2018
Índice del Artículo
Introducción
Prólogo
1. Después de Ifni
2. De vuelta en Valencia
3. Luis
4. Alemania
5. ¡Por fin Paris!

Capítulo 5. ¡Por fin Paris!

Pasé en Hamburgo unos meses más de lo que tenía pensado, porque había enviado algo de dinero a mi hermano para ayudar al pequeño ‒a mis padres, buscando la niña, les salió de nuevo niño y, como lo buscaron de forma algo tardía, yo, el mediano de los tres hermanos, tenía 16 años más‒.

La idea de estar en Hamburgo hasta junio o julio la prolongué hasta finales de octubre. Después de haber pasado un invierno tan crudo, estaba disfrutando de un verano esplendido con temperaturas de hasta 18º, y mi estómago se había tranquilizado. Mis alumnas progresando ya iban tocando el pastel, lo que hacía que las niñas, al dejar el lápiz o el carboncillo y ver sus pequeñas obras con color, se sintieran con más ganas de continuar. Habían pasado la primera fase, que suele dejar en el camino a muchos que se inician en el arte, queriendo coger pinceles, lienzos y pintar una obra maravillosa cosa que hay que hacer paso a paso. Claro que me supo mal el no seguir, pero las había dejado preparadas para continuar en alguna de las escuelas de arte que había en Hamburgo. Posteriormente supe por Guillermo que las dos eran alumnas adelantadas y ya estaban haciendo obras tanto en acuarela como al óleo.

También hubo otra razón que me hizo prolongar mi estancia forzada en Hamburgo, y fue que el marco y el franco estaban casi a la par con la peseta, el primero se cambiaba a 14 pesetas y el segundo a 12 pesetas. Lo que hacía que Francia fuese igual de cara que Alemania. En España con lo ahorrado casi me podría haber comprado una pequeña casa, y en Francia seria para ir tirando unos meses, como así fue.

Fue el 25 de octubre de 1960 cuando empecé la preparación del viaje. Compré el billete a París para el día 27 con salida a las 19:00 h, cambié parte de los marcos en francos y envié unos miles de pesetas a mi hermano que serían las ultimas hasta situarme en Paris. El día 27 por la mañana fue la despedida en el taller, ya me habían dado la liquidación el día anterior y deje en el almacén el traje de faena, aunque pague diez marcos por llevarme las botas de recuerdo, para ir al baile me había comprado, al poco de llegar, unos zapatos que usaba para salir.

Alguna despedida me sorprendió, como la del encargado que me dio un abrazo, y las lágrimas de Vicente, Guillermo con la familia al completo vinieron a despedirme a la estación. Las comidas intentaron continuarlas, pero terminaron por dejarlas. Me di cuenta que había dejado afectos por la emotividad de aquellos momentos.

El viaje a Paris, que debió ser de alegría, fue tenebroso. Subí a mi vagón, al no ver ningún pasajero pensé que irían subiendo en alguna parada de estación, pero ocurrió que, pasados no más de veinte minutos, quitaron la luz del vagón, pensando que no iba nadie. Podía haberme cambiado a algún otro vagón, pero como no tenía litera opté por quedarme, ya que podía tumbarme en los asientos. Seguramente por la emoción del viaje y la situación creada, solo en el vagón y sin luz, unido a que se había hecho de noche, desencadenó una crisis en mí maltrecho estómago, que me hizo pasar una desagradable noche con mi amigo el bicarbonato. Al fin dormí dos escasas horas. Amaneció el día con un sol espléndido, ya estábamos atravesando Bélgica y veía un paisaje tristón, aunque pronto vi letreros en francés. La llegada a la Gare du Nord de París la tenía a las 7:12 h y llegamos puntuales.

¡Por fin Paris!

Gare du Nord, Paris.
Gare du Nord, Paris.

Lo que vi desde el tren era bonito, como hacia sol todo me pareció totalmente diferente a aquel Hamburgo un tanto gris. Allí estaba Luis y su mujer esperándome, nos dimos un fuerte abrazo y le di dos besos a Silvia, la mujer de Luis, que hablaba un español afrancesado que sonaba muy bien.

El sonido ambiente era diferente al de Hamburgo, el alemán siempre lo encontré brusco, como militarizado. Mi primera impresión del francés fue como algo conocido, con una cierta cercanía al valenciano. A Luis, que se sentía un tanto responsable de mi estancia en Hamburgo, lo veía contento de haberme recuperado. Fuimos a un parking donde habían dejado el coche, era un coche grande, un Citroën DS, y nos dirigimos a su casa de Paleiseau, hacía una temperatura agradable, todo lo que veía me parecía bonito. Llegamos a su casa, una casa grande de tres dormitorios, situada en un entorno con verdes arboladas. Para acoger al invitado, colocaron a las niñas en una habitación con litera de dos y una cama para la mayor que tenía doce años. Las niñas eran muy guapas, las tres eran rubias como su madre y tenían los ojos del padre, de un azul algo especial, me recordaban a una película de extraterrestres donde unos niños rubios con ojos de un azul especial dominaban a un pueblo.

Para la nueva fase de mi vida hacía falta planificarme, necesitaba aprender el francés y conocer Paris para poder desenvolverme. Luis se había adaptado en la empresa, reconvirtiéndose en el mantenimiento de los elementos de oficina. Al día siguiente a las siete salimos hacia Paris, Luis a su trabajo y yo a perderme en aquella hermosa ciudad. Compré un plano de la ciudad y del metro y me metí en el laberinto. Me había dejado a la puerta del metro République y quedamos en el mismo lugar a las siete de la tarde, tenía todo el día para perderme en aquella inmensa trama del metro parisino. No me perdí, bueno... solo un poquito, pero en la mayoría de los andenes de las estaciones había un mapa del metro electrónico, marcando donde querías ir te indicaba dónde estabas y te mostraba la línea que debías coger para llegar a tu destino, o si tenías que hacer trasbordo. Desde Républque me bajé en Étoile, visité el Arco de Triunfo y di un paseo por los Campos Elíseos. Luis me había indicado el lugar donde había un self-service en la plaza de La República. Vi una puerta de metro y me metí, estaba en la misma Avenida de los Campos Elíseos, en el plano vi que tenía que hacer un trasbordo y llegué sin ningún problema a République, donde encontré el self-service en el que comí estupendamente.

Paris, años 60. Los Campos Elíseos, al fondo el Arco del Triunfo.
Paris, años 60. Los Campos Elíseos, al fondo el Arco del Triunfo.

Terminado de comer entré en un bar que estaba casi puerta con puerta con el self-service y pedí un café, no tuve problema, me lo sirvieron, me lo bebí y pagué lo que ponía en el ticket. Cuando me marchaba me llamó el camarero, diciéndome algo que no entendía, y gracias a un cliente que hablaba algo de español, me explicó que en el precio del café no estaba incluida la propina del camarero, que era obligada de un mínimo del 10%. Fue mi primera lección de francés la propina en francés era "pourboir". Curiosamente un par de años después eliminaron el tener que dar la propina y en el ticket te ponía propina incluida. El negocio les fue redondo, porque la costumbre de dejar la propina continuó.

Había comprado un carnet de metro de diez tickets, que resultaba más económico. Con un solo ticket, mientras no salieses del metro, podías pasar todo el día viajando. Como había quedado con Luis a las siete, volví a perderme en el metro donde viví una hora punta. Los vagones estaban llenos y al llegar a la estación vi esperando una multitud, supuse que no abriría las puertas, pero se abrieron y lo que parecía imposible pasó, los que había fuera entraron, yo que había cedido mi asiento, quede preso y en situación un tanto comprometida, una chica alta había quedado presa frente a mí y tenía sus tetas en mi cara, imposible girarse, parece que la chica tenía experiencia de aquellos momentos y tampoco hizo intención. En la siguiente parada de nuevo se abrieron las puertas por si salía alguien, pero ocurrió que todavía subió más gente, así hasta una estación que tendría trasbordo, en la que bajó mucha gente, yo también, porque se acercaba la hora y no sabía dónde me encontraba para ir a République. Por el plano vi que tenía que hacer dos trasbordos. Creo que pasé el examen con sobresaliente, podía desplazarme en Paris sin problema. Me encontraba bien en aquel mi primer día parisino, aunque estuve más bajo que arriba de aquel París que terminó enamorándome. Esperé a Luis en el bar donde habíamos quedado. Llegó unos minutos después y nos tomamos una cerveza, explicándole con entusiasmo mi proeza. Podía desplazarme por París yo solo.

De camino a casa le pedí a Luis que me buscase en París un hostal donde empezar a organizarme, me dijo que me esperase unos días y me preguntó si me encontraba mal en su casa. No era el caso, pero, aunque no le dije nada, la situación de pareja ‒no muy buena‒ hacía que me encontrase algo incómodo. Al día siguiente me indicó un bar donde se reunían españoles, algunos solían ser refugiados políticos. Aproveché el día para patear París, la Tour Eiffel, vi París desde uno de los barcos turísticos que te paseaban por el Sena. Me di cuenta que todo era muy bonito, pero no estaba de turista, aunque solo habían pasado dos días.

Estando en casa de Luis me encontraba sujeto a su horario de trabajo que limitaba mi posibilidad de integrarme, por lo que dos semanas después de mi llegada me encontró una habitación en un hostal en la Rue Jean Nicot, en el distrito 7, cerca de la Tour Eiffel. La situación era buena, el hostal menos, pero ya tenía una cierta independencia. En el viejo hostal había un grupo de Ceuta que eran refugiados políticos republicanos, también un catalán, Jordi, que era comunista, recuerdo que en su habitación tenía un mapa de Europa con casi toda pintada de rojo. Luis me había acompañado al Departamento de Interior para solicitar mi inclusión como refugiado político, aun habiendo avalado mi versión en aquel casi tercer grado, me pedían dos avales de algún grupo político español inscrito en el Ministerio del Interior francés, daba por supuesto que tenía el de ARDE y conseguir otro no sería cosa nada fácil.

No muy lejos de donde vivía estaba el bar que me había indicado Luis, donde se reunían españoles y algunos de ellos eran refugiados políticos, se encontraba frente en la boca de metro Ecole Militaire, muy cerca de la Tour Eiffel, en unos días entablé relación con Juana, que era de la CNT, y Alberto, del PC. Más tarde conocí a "El Pirata", nunca supe su nombre, se hacía llamar "Pira". Al igual que Juana pertenecía a las Juventudes Anarquistas, hablamos un poco de todo, yo tenía que acomodarme a sus planteamientos un tanto libertarios, aunque me consideraba más afín a Alberto y Juana ‒Juana se sentaba alguna vez con nosotros, pertenecía a las Juventudes Comunistas, era nacida en Francia de padres españoles‒, las ideologías no se repelían, en cuanto el eje de la conversación solía converger en la dictadura franquista apoyada por la iglesia.

Boca del Metro Ecole Militaire en Paris.
Boca del Metro Ecole Militaire en Paris.

El hecho de haber estado en la Guerra de Ifni, que había sido muy comentada en la prensa francesa, hizo que el acercamiento al pequeño grupo fuera más fácil. Me preguntaban por la verdad de lo ocurrido, y mi verdad sobre los hechos, que ponía a Franco en mal lugar, notaba que les sonaba bien. Un día Luis se presentó en el bar ‒tenía que decirme algo, y al no encontrarme en el hostal supuso que me encontraba en el bar‒, a Luis lo conocían y sabían de su activismo, por lo que le tenían un cierto respeto, al hablar de mí y por lo que estaba en París, ya todos me consideraron uno más. Tiempo después me explicaron que al principio tenían sobre mí un cierto recelo, porque sospechaban que podía ser un posible infiltrado por el Régimen.

Luis me explicó que había hablado con Paco ‒del grupo republicano del hostal‒ que era muy amigo de Valentín González "El Campesino", había hablado con él por si podía encontrarme algún trabajo, cosa muy difícil sin la documentación pertinente.

Habían pasado ya dos meses y me daba cuenta que me harían falta ingresos. Hablé con Paco, que me dio la dirección de Valentín, donde tenía que ir al día siguiente a las ocho de la mañana.

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